Ayudó a Emilio Estrada, Carlos Zeballos y Presley Norton a “armar el esqueleto del Ecuador”, descubriendo cerca de 20.000 objetos precolombinos.
El hombre parece haber pospuesto su sonrisa indefinidamente, hasta cuando ya nadie le pregunte por qué, pese a estar ligado a los más importantes descubrimientos arqueológicos del país, la historia lo ha ignorado.
Diera la impresión de que, resignado a un injusto anonimato, en una casa de balcones vacíos y sitiada toda por árboles añosos, sobrevive a merced de sus recuerdos, algunos tan trascendentales y decisivos que convocan a la duda, al asombro, a la pregunta afilada que apuntale y confirme una trayectoria sin medallas ni pergaminos, pero realmente de lujo.
Hojeando su vida como en defensa propia, cuenta cómo el destino, accidentalmente, en 1956, lo puso a escarbar la tierra en busca de las huellas de quienes, hace 6.000 años A.C., justo allí, en Valdivia, a escasos metros de un mar de inigualable arrogancia, dieron muestras de una cultura que se ha negado a morir o que, mejor, le ha encargado a él, a Esteban Orrala, huaquero jubilado, su supervivencia.
Tal simbiosis no es simple coincidencia, asegura, habida cuenta de que fue él, justamente, quien, tras sufrir una “provechosa caída”, halló las primeras imágenes de las llamadas valdivias precolombinas, en los terrenos de la finca Nueva Holandesa, en donde vivía junto a sus padres.
Con escasos conocimientos de lo maravilloso de su hallazgo, el entonces muchacho se puso en contacto con Emilio Estrada Icaza, arqueólogo de reconocida prestancia, quien en busca de asentamientos por esos lares y sorprendido por las figuras primigenias, no solo les arrendó las tierras para profundizar las excavaciones, sino que decidió reclutarlo como parte de su equipo investigador.
“Nuestros ancestros han dejado sus huellas para que nosotros valoremos todo su legado y conozcamos el pasado”
Junto a él comenzó una intensa actividad hasta encontrar una infinidad de vasijas, cántaros y figurines que posibilitaron armar “el esqueleto de la historia ecuatoriana”. Catador imprescindible, era el encargado de seleccionar los hallazgos: piedras, conchas, utensilios. Luego los llevaba a Guayaquil para ser sometidos a las pruebas del carbono 14 y así corroborar su calidad. Con Estrada trabajó dos años. Luego se hizo cargo de los trabajos Julio Viteri, un profesor de la Espol que le daría un consejo crucial.
Dada su gran capacidad y conocimiento del terreno, también participó casi por diez años junto a Carlos Zeballos y Presley Norton en otros descubrimientos importantes, como las culturas Machalilla y Guangala.
Transcurrido el tiempo, nutrido ya de una vasta experiencia -había ayudado a descubrir nada menos que unos 20.000 objetos- y con un torrente telúrico corriéndole por las venas, se dio a la edificante tarea de reproducir algunos de los objetos descubiertos. Fue tal la maestría con que los hizo que Viteri, sorprendido, pensó que eran auténticos. Tras explicarle que había armado una colección completa de ellos, este le pidió que continuara con tan encomiable menester ya que, aun siendo réplicas, ellos darían fe de la milenaria cultura.
Así lo hizo y desde entonces su vida ha sido un cotidiano moldear y cocer el barro como el mismo pan, tan barato y necesario, en esa especie de bazar de “antigüedades modernas” donde crea en soledad ininterrumpida.
Su técnica, fiel al conocimiento ancestral, deriva en una especie de ritual: la arcilla, traída especialmente desde Manabí o Loja, es amasada sobre una artesa, siempre a mano, para darle el acabado que se busca; una vez hecha la figura, se la deja secar por 3 ó 4 días. Después se la pule con una fina lija, se la decora con una pintura mineral llamada engobe y, finalmente, se la hornea a 800 grados, ni más ni menos, para que se solidifique y adquiera la forma que gustará a los gringos, “los únicos que las valoran”.
Al final del día, las palabras le han ablandado el rostro, como el testimonio de quien, con la prisa de levar anclas, necesitaba con urgencia decir su verdad definitiva.
Una brisa ajena a sus cavilaciones pasa revista a una centena de valdivias yuxtapuestas en el portal, listas para ser purificadas por el fuego y, quizás, con un poco de suerte, salir en valijas extranjeras a vivir el “sueño americano”. Y puede que Esteban Orrala, arqueólogo desconocido, se llene los bolsillos con unos pocos dólares, mas nunca ese deseo irredento de que, si alguna vez se reescribe la historia del Ecuador, esta consigne su nombre aunque sea, como su primer hallazgo, por accidente. Y tal vez vuelva a sonreír...