Tomada de la edición impresa del 27 de noviembre del 2008

FOTO: Alejandro Reinoso

Anyta Roblero Zambrano.

Anyta Roblero Zambrano. Diagnóstico: ganas de vivir

Tiene 21 años y lleva cuatro luchando, junto a 51 guerreros, contra un obstáculo que no le roba la esperanza. Ni la risa.


Edad Media. Un monasterio benedictino se conmueve por varios crímenes extraños. Las víctimas mueren envenenadas, en medio de suplicios atroces. La superstición y el miedo rondan. Son tiempos en que la Inquisición quema en la hoguera cualquier disidencia intelectual. Todo es dogma: todo es cielo o infierno. Pero un Sherlock Holmes de la época, William de Baskerville, resuelve el acertijo: el asesino es el jefe de la biblioteca, un monje ortodoxo y ciego llamado Jorge de Burgos, quien ha envenenado las páginas de un libro de Aristóteles. Todo aquel que las pasa al leerlo, envenena sus dedos y su saliva. Y muere, gobernado por dolores que le atenazan las tripas y le revientan las vísceras.

¿Qué contiene el libro maldito, qué líneas profanas son tan pecaminosas que el monje condena a la muerte a sus lectores?... Pues apenas un alegato a favor de la risa, a la que Jorge considera un pecado mortal, una debilidad de almas paganas que merecen achicharrarse en la Gran Paila Universal.

700 años después Anyta Roblero Zambrano ríe a carcajadas recordando el argumento criminal de aquel monje loco, y de aquel libro que cuenta la historia medieval: El nombre de la rosa, uno de sus preferidos, escrito por otro sabio, Umberto Eco.

Ríe. Porque ella habría muerto cien veces en una época así.

Ella, una quiteña veinteañera, segunda de un matrimonio que tuvo otros dos hijos (y con tres hermanos más de padre), estudiante universitaria, baja de estatura y breve de cuerpo, de ojos sabios y sonrisa fácil, y cuyo ánimo parece estar blindado a prueba de balas.

Y de cáncer.

De cáncer por tercera vez, Linfoma no Hodgkin, que le acaban de detectar hace mes y medio, luego de dos batallas ganadas a la enfermedad, en 2004 y 2007. Y luego de superar una metástasis en el 2007 (“en la mejilla, era tan grande que parecía que mascaba de ese lado un gran chicle, jajaja”) y una insuficiencia cardiaca que la acompañó desde los 9 años hasta un día en que se fue, tan sin aviso como había venido.

Ríe Anyta y no hace excepciones: se burla de ella misma, y de eso que otros llamarían limitación y que para ella es oportunidad.

-Disculpe: ¿puede ser el cáncer una oportunidad?
“Sí, claro: una oportunidad de darse cuenta…”.

Fue hace cuatro años. Era octubre y había decidido dedicarse de lleno al atletismo. Pero dos meses más tarde le detectaron cáncer y tuvo que someterse a un tratamiento, el primero de quimioterapia en su vida. Se quedó en huesos, perdió su cabello, le salieron ojeras interminables y su piel se puso frágil como la de un bebé. Salió del shock con tiempo y ganas, y con la ayuda de su madre María Teresa y de sus compañeros y profesores que la alentaron a no desmayar y graduarse.

Desde entonces le tiene tomado el pulso a la enfermedad y a sus reacciones. Después de aquella casi traumática primera vez, supo que nada es irreversible, ni siquiera los diagnósticos sombríos: “Yo no tengo cáncer, yo lo que tengo es ganas de vivir”.

Ganas.

“Hay que darse cuenta. Hay que agradecer todo, hay que saber valorar que siempre tenemos más de lo que creemos”

De papas con librillo, por ejemplo, ese antojo que la asalta con fuerza antes de entrar a cada sesión de quimioterapia, algunas de las cuales duran 6 días. ¿Cuántas? Las suficientes para haberla dejado sin venas. Por eso, “hace dos días me pusieron un implante que hará las veces de conducto” por donde le inyectan el veneno que mata las células cancerígenas. Hoy empieza una nueva tanda.

Ganas de volver al deporte, ese que practicó con éxito, aunque ahora en una modalidad distinta porque la segunda vez que tuvo la enfermedad una parte de su cuerpo se rindió: le amputaron la pierna derecha.

También fue inesperado el segundo ataque. Luego de la primera batalla ganada, ya en la Universidad, decidió practicar alzamiento de pesas. En 5 meses logró objetivos que cuestan años: levantó más del doble de su peso corporal (92,5 kilos, por los 43 que pesaba) y se llevó medallas en un selectivo provincial, todas, y una de plata en un torneo nacional, incluyendo un récord absoluto. Entonces soñaba con ir a las olimpiadas de Beijing. Y también (y todavía) con Johnny Depp, “un papacito, o bueno, papito ya” al que, muerta de la risa, dice que va a ver en cuanta película grabe “porque es un buen actor, jajajaja”.

Ganas de seguir en la institución que le dio acogida, Fundación Jóvenes contra el Cáncer, (a la que llegó hace un año y 8 meses), iniciativa de Gustavo, el padre de Álex Dávila, un gladiador que se fue a los 16, con los hombros carcomidos y el alma intacta. Hoy son 52 los gladiadores, de entre 14 y 21 años. Allí se juntan y sonríen, luchan y se energizan, se contienen y a la vez vuelan.

Ganas de volver a trabajar; de enamorarse. “No importa si es guapo o feo, qué me voy a fijar en el físico yo, aunque los feos son los más muérganos”, dice y ríe, como si así espantara a los sinvergüenzas y recordando que el último “era re-feo el pobre, jijiji”. Ganas de un hombre “que sea inteligente y ambicioso, pero, sobre todo, que se quiera a sí mismo”. Ganas de seguir pensando en que “a cada dificultad, una solución. Porque el ser humano no es tonto: es estratégico. Tenemos que encontrar solución a nuestros problemas, tenemos que darnos cuenta…”. Por eso aconseja luchar sin pausa, reír con ganas. Abrazar con fuerza.

Ganas tiene Anyta.

Sobre todo unas, las únicas que le enlagunan sus ojos y le descosen la voz, porque contra la enfermedad de la nostalgia solo hay una cura. No ve a su padre, Jaime, un inmigrante ilegal en Estados Unidos, desde hace 7 años. Y, desde hace dos, tampoco a su ñaño, ‘El flaco’, el mayor de todos.

Ganas de seguir. “Yo avanzo, con la ayuda de mis compañeros... A mí que me pongan música alegre, de banda de pueblo. Yo no soy “sírveme-la-copa-rota”. No, no, no. Yo lucho. Yo quiero ser feliz”.
Rubén Montoya Vega

Director

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