Llegó a Caracas buscando los réditos del “boom” petrolero. Logró trabajar y adaptarse, pero supo también que, en el exilio, los compatriotas son familia.
Son tantos años los que no ha caminado por su natal 24 de Mayo (provincia de Manabí). Ni siquiera recuerda cuántos. “Tenía 17 cuando dejé el colegio -cuenta-, mi vida, para acompañar a mis padres a buscar un futuro en Caracas, Venezuela, en pleno “boom” petrolero de finales de los setenta”. Dejó el país y tuvo más suerte que sus tres hermanos que se quedaron por décadas en Ecuador.
A pesar del desencuentro, ya que le costó entender el trato de los caraqueños, hoy Jorge Olguín es un hombre feliz. Da confianza a su familia y a quienes lo rodean. Es un líder que ha sabido asumir un papel, que por cierto, no buscó. Llegó de imprevisto, como las cosas que más se aprecian.
Hace un poco más de dos años visitó las canchas de California Sur, ubicadas en la zona industrial, cercana al río Guaire. Ese, que era un punto de unión para los ecuatorianos, de a poco, había empezado a lucir vacío. Se preguntó: ¿Qué podría unir de nuevo a la comunidad? Y su respuesta fue inmediata: “El deporte”. Con un grupo de amigos comenzó desde 2005 un campeonato de indorfútbol.
Ese objetivo, que solo parecía provocar un momento de distracción, fue más allá. Hoy el campeonato es el pretexto para que tres puestos de comida ecuatoriana oferten desde hornado, corviche, empanadas de verde, hasta caldo de gallina, “y que a partir de este encuentro se hayan formado cooperativas de vivienda y de ahorro entre compatriotas”.
Domingo, 11h30. A punto de llover. En Caracas el clima es así cuando se acerca la Navidad. Pero eso parece importar poco o nada. Más de 400 personas llenan las canchas y sus alrededores. Catorce equipos de ecuatorianos, o de descendientes de ecuatorianos, disputan una corona y un premio económico por definirse.
La tecnocumbia, presente. Suena desde los parlantes de un auto y se escucha al menos a una cuadra a la redonda. Un equipo tiene el escudo de Barcelona de Guayaquil, el otro juega con la camiseta de la Roma, disputan un partido con el marcador 3 por 2. Un poco más allá, algunos “serranos” arman un encuentro de ecuavolley.
“… a partir de este encuentro se han formado cooperativas de vivienda y de ahorro entre compatriotas”
Y mientras todos se divierten, Jorge apunta los datos de los 7 partidos en una carpeta. Es una especie de juez, que separa las peleas más fuertes. La tarde llega, pero él se queda hasta el final. Le anotan dos cervezas, y aunque reservó un ceviche con arroz, no tuvo tiempo ni de probarlo. Dos señoras pelean porque una de ellas vio mal a la hija de la otra. Jorge interviene, quiere una conversación íntima con las mujeres, acosado en medio de los insultos. Apela a la tranquilidad; eso se siente con los gestos que hace a lo lejos. Después de unos minutos el problema se soluciona.
Ahora pide que se limpie hasta el último papel del suelo. Algunos ecuatorianos, como ocurre en muchos sitios de Caracas, lanzan la basura al río. En todo caso la cancha queda limpia. Regresan a sus hogares.
Jorge es, obviamente, uno de los últimos en salir. Lo esperan sus dos hijos, Jorgelis (una niña que tiene dos años), Jorge, de 19, y su esposa Joeny, venezolana. En su Chevrolet blanco, donde su familia se recrea, trabaja de lunes a sábado. Es taxista y a pesar de que no pudo graduarse en la universidad, como sus hermanos que se quedaron en Ecuador, eso no le avergüenza.
Se gana la vida limpiamente en una ciudad caótica con casi cuatro millones de habitantes, donde el tráfico es insoportable y hace mucho calor. Sin embargo es ahí donde puede llegar a ganar unos 1.300 dólares mensuales, imposibles, cree, en Ecuador.
Luego de su partida, nunca regresó. Por miedo, resentimiento, ocupaciones. Muchas razones y ninguna. “Simplemente me faltaron ganas”. Hoy, luego de tantas historias que dicen que su pueblo natal permanece casi intacto y que, por el contrario, Manta, Quito y Guayaquil ahora son modernos, le impulsaron a pensar que podría retornar en sus vacaciones junto con su familia.
Extraña el olor, la calidez, hasta la comida manabita. Lo demás le resulta lejano. Sin embargo, cree firmemente en que hay un punto de unión entre compatriotas: “Somos trabajadores, sinceros, alegres, buena gente a la final. Aunque también somos desorganizados y eso siempre nos pesa…”.
Cuando llegó a Venezuela se sentía solo. Hoy lucha en sus ratos libres y en alguno que le roba a su trabajo, para conseguir entrenadores profesionales y formar a niños y niñas, descendientes de ecuatorianos, en el deporte. Ese es su próximo proyecto. Hay cientos de personas que lo respetan y lo respaldan. Cree que este es el momento para volver.