Tomada de la edición impresa del 25 de noviembre del 2008

EL TELÉGRAFO

José Bravo Sánchez.

José Bravo Sánchez: La dignidad hecha liturgia

Datos


Nació en Portoviejo un 12 de septiembre de 1943, hijo de Sebastián Bravo (+) y Ana María Sánchez (+). De su infancia, recuerda las correrías con otros chiquillos, cuando todo era vagar y divertirse. Todo hasta el día del accidente. Pero siguió con la pelota; “en cualquier posición, que me daba igual”.


A su amigo Heriberto Villafuerte (no sabe a ciencia cierta si seguirá vivo o no, pero se lo agradece en el alma) le debe haber aprendido a leer y escribir. “Es que yo era muy vago para esos asuntos de la escuela; pero cuando se me empezaron a reír los otros niños, me propuse aprender, hasta que lo hice”.


Tiene cinco hijos: Fátima, Jorge, Ana, Maritza y Jessenia Bravo. Durante toda su vida ha fumado, pero lo dejó hace 8 años. De igual manera, abandonó la cerveza hace 3. Aunque se le pasó por la cabeza vender cerveza en su casa en Muey. Y aunque compró algunas jabas, desistió de la idea.


“Yo voto, cómo no, si soy ciudadano; agarro el bolígrafo entre la quijada y el muñón derecho -es que soy diestro- y firmo cada vez que me toca”. “Antes -agrega José, mirada espesa- recordando votaba en la parroquia Febres Cordero, pero ahora voto en Muey, que es la parroquia José Luis Tamayo”.


Ha obtenido su carné de discapacitado. “Antes, nos decían minusválidos, pero hay una nueva concepción en cuanto a quienes no pueden manejarse completamente y no pueden valerse del todo porque no han sido bendecidos como los demás”. Dice que aquello es bueno, un avance.

El accidente en que perdió sus brazos, siendo muy pequeño, no le ha impedido una vida normal: tuvo hijos, se tomó sus cervezas, fue al fútbol e hizo del trabajo un asunto de orgullo.


Tenía seis años y sus días eran de travesuras, como los de cualquier niño de esa edad. Y no le pareció que fuera tan cierta la advertencia de su padre cuando le dijo que se alejara de un cable de alta tensión, que se había desprendido y colgaba, tentador. El pequeño José aguardó a que su padre se ausentara, y como parte de sus juegos pensó utilizar el mencionado cable. Poco caso le hizo al suelo encharcado por la época invernal en ese Portoviejo de su infancia, pero al agarrar el cable, su mano izquierda quedó adherida con un golpe de “ni sé cuántos voltios”. Lo primero que se le ocurrió fue desprenderse con la otra mano, pero ésta también quedó irremediablemente pegada al aciago trozo de energía. No fue posible salvar sus brazos. Con sus piernas, severamente quemadas, casi sucede lo mismo pero, al fin, no fue necesaria la amputación.

A los 13 años abandonó su querida Manabí para buscar otros terrenos de aventura. Vivió durante muchos años en Guayaquil, en el corazón del Suburbio Oeste, en la parroquia Febres Cordero. Hasta que al fin, “mis huesos descansan aquí, en Muey. Yo tenía un terrenito, y debo agradecer mucho a don Iván (llama así a su cliente número 1), quien me obsequió la casa donde vivo”.

Yergue la cabeza, hace una mueca que inclina sus bigotes poblados, y rememora tiempos idos ya: “Siempre he vendido lotería, aunque al principio me ayudaba con los periódicos también”. Recorría Manta, Jipijapa, Chone, y toda la provincia, en sus principios. “Siempre voy en camisa con bolsillo en el pecho, para que ahí me puedan colocar las monedas o billetes con los que me pagan”.

Su jornada se inicia muy temprano; pero a veces no puede salir a trabajar sino hasta las siete u ocho de la mañana; “es que no me van a vestir a la hora que es; si fuera por mí, me iría a vender desde que clarea”. Y termina a eso de las cinco o seis de la tarde. Es que le gusta obrar con toda la independencia que el caso permite.

“... antes hasta para robar los mañosos eran decentes, ahora lo quieren hincar a uno”

Las cooperativas de transporte le dan pasajes de cortesía. Y desde que llega a Guayaquil, hace su recorrido metódico.

Claro que la ciudad ha cambiado; dice, cubierto por la gorra que cubre, en parte, su calva. “Yo me puedo dar cuenta porque trabajo en Guayaquil, y vivo en Muey; antes el agua de la llave era rica, ahora hasta me hace daño; antes comía arroz con manteca de chancho y ahora resulta que todo eso te daña a la larga”. Le viene a la mente el lapso en que vivió en la residencial París, en Villamil y Mejía. Comía en los bajos almuerzos de S/. 2,50 (sí, sucres).

No puede vocear, pero recorre el centro de la ciudad de cabo a rabo. Toma los enteros de lotería entre los dientes, y no para hasta que decide levantar sus bártulos y retirarse. Ha tenido experiencias desafortunadas. A veces le han pagado con billetes falsos. Y en cierta ocasión, en plena esquina de Hurtado y Vélez, un muchacho le arrancó los guachitos de la boca. Pero no alcanzó a recorrer mucho tramo con su botín: la muchedumbre lo agarró, deteniéndolo a unos 20 metros. “Me lo trajeron y lo pusieron a mi disposición; así que también le di su par de patadas, para que se le quitara lo mañoso; pero un ancianito le rompió el bastón en la cabeza”. Ahora, les pide a los clientes, salvo a aquellos que son asiduos y siempre le compran, que le muestren los billetes, porque le ha quedado rondando la desconfianza; “uno se queda como gato escaldado; y en cuanto a cómo van los tiempos, antes hasta para robar los mañosos eran decentes, ahora lo quieren hincar a uno”.

A veces, se involucra en una especie de simbiosis, o mini-sociedad de auxilios mutuos: algunos locales le encomiendan cambiar los billetes (“a veces, me dan sumas como de 400 dólares”), y él va a los bancos a hacer esas gestiones. “Como soy discapacitado, no hago cola sino que voy a la de la tercera edad; además, ya tengo 65 años”. A cambio, los locales le dan el almuerzo (puede ser un restaurante, una tasca o una picantería; él no discrimina).

Dice estar al tanto de los resultados en el fútbol; y no solamente del nacional, sino del español. Para fines de año, la compañía de “don Iván” le regala un bono navideño; aunque la esposa de don Iván le recomienda ir a misa. “Me dice que vaya, pues me considera uno más de la compañía; pero yo no soy muy amante de asistir a la iglesia: prefiero estar en la calle, esa es mi liturgia”.
Luis Carlos Mussó
cmusso@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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