En su vida como sastre, siempre estuvo a la sombra de la moda que imponía Europa. Lo que nunca imaginó es que luego de unos años los europeos serían sus mejores clientes.
Todos aquellos intentos que no sirvieron de nada, que no pudieron alejarlo de la confección, hoy se sienten tan absurdos… Estaba destinado a ser un sastre toda su vida y hoy, a pesar de todo, de los buenos y de los malos momentos, no se arrepiente de nada.
Sastrería y Modas Andrés, su pequeño local, está ubicado en el popular barrio La Mena 2, en el sur de Quito. Un mercado y una calle adoquinada anticipan la llegada. Desde ahí, desde su casa a medio construir, Oswaldo Pachacama parte todos los días hacia las zonas más pudientes de la ciudad. Ahí viven y trabajan sus clientes, en su mayoría extranjeros, sobre todo polacos e italianos.
El reconocimiento de hoy se lo ganó desde los 14 años, cuando dejó el colegio y empezó a trabajar como aprendiz. “Pensé que la vida me ponía obstáculos, una familia de ocho hermanos y el sueldo de mi papá, pero con el tiempo, con esfuerzo, podré superarlos, me dije”.
Junto a Luis Arturo Taco, en plena Plaza Arenas, aprendió el oficio durante diez años. Confeccionaba ropa para hombre por las mañanas y por las noches concluyó sus estudios en el colegio, centrado siempre en su sueño de ser médico. “Con el título de bachiller pensé que iba a trabajar al día siguiente en otra cosa. Dos tabacaleras me dijeron que no”.
Luego de un intento por ingresar a la Facultad de Medicina y otro paso por la Escuela de Filosofía de la Universidad Central, se impuso un nuevo reto, aprender a confeccionar ropa de mujer, e ingresó a la sastrería Orbea (centro de Quito). Desde ese entonces la moda italiana era un referente de la costura ecuatoriana. Y claro, Oswaldo aprendió durante muchos años de revistas europeas.
Pero hubo algo que le cambió la vida: su esposa Hilda, que en esos años trabajaba en sastrería Orbea y era cuñada del dueño. No dudó ni por un momento en arriesgarse por ella: “y en faltarle el respeto a mi jefe. El amor pudo más y me estimuló a aprender corte, sabía ya mucho de confección y era la parte que me faltaba, además de abrir mi propio local”.
“El amor me estimuló a aprender corte, sabía ya de confección y era la parte que me faltaba, además de abrir mi propio local”.
Ya con su negocio recibió la propuesta de trabajar, de forma independiente, para la exclusiva tienda El Barón. Ahí vistió a innumerables políticos y reconocidas figuras de la cultura como el pintor Gonzalo Endara. Pero todo se terminó cuando hace 12 años se desarrolló la industrialización de la moda en el país, Italia producía trajes en masa y eso casi terminó con su oficio.
Con cuatro costureras que trabajaban para él, sentía el peso de muchas familias. No había trabajo y un día decidió salir a las calles a buscar clientes en oficinas y hogares. De a poco tenía encargos en bancos y universidades. Alguna gente lo apoda “El sastre a domicilio”, por eso.
Lo que Oswaldo no imaginó es que llegaría a confeccionar para los personeros de algunas embajadas, entre ellas la de Italia, una ironía de la vida. Paolo Legnaioli, ex embajador, no hace mucho lo retó a confeccionar un traje complejo de una revista de modas, con tela que compró de su país, a más de 200 dólares el metro. Y lo hizo. Así también más de cincuenta ternos para Stefano Moscatelli, hoy cónsul en Córdoba, Argentina.
Un día, sin poder contener la duda, preguntó: “¿Por qué ustedes se fijan en un sastre humilde de la Mena 2 para vestirse?”. Y le respondieron que su talento de cortar y confeccionar a mano era algo difícil de encontrar en su país. “Un diseñador cobra miles de dólares”, aseguraron. Esos “miles” distan de sus tarifas, que van de 80 a 100 dólares por un traje y 150 por un frac, como el que confeccionó para el hijo del cónsul de Polonia, Tomas Morawski, para un acto de los estudios que cursa en Europa.
Oswaldo, aparte de sastre, se siente un anatomista, aunque no pudo llegar a ser médico. Le basta observar segundos a una persona para saber qué traje le conviene. También sus medidas. Sabe un tanto de sicología, la vida enseñó que con las mujeres se debe ser más paciente: “porque buscan la perfección, especialmente en su apariencia”.
A pesar de que su profesión resulta anacrónica y todavía no le permite terminar de construir su casa, hoy le tiene un agradecimiento enorme, porque así pudo educar a sus cuatro hijos, conocer a su esposa y asumir retos a diario. Suena tan absurdo para Oswaldo aquello de que pudo vivir otra vida. Tan absurdo.