Tomada de la edición impresa del 20 de noviembre del 2008

FOTO: M IGUEL CASTRO / El Telégrafo

Silvino Tomalá.

Silvino Tomalá: El de las santas manos...

Datos


Silvino Tomalá Reyes nació en la comuna San Antonio, parrroquia Manglaralto, en 1958. Está casado con  Sara Barzola, con quien ha procreado cinco hijos, uno de los cuales, Édgar, de 24 años, dejó sus estudios en la Escuela Politécnica del Litoral para ayudarlo en el taller de escultura. Está orgulloso de él.


Estudió la primaria en la escuela de Santa Elena Vicente Rocafuerte. La secundaria no la siguió porque ya, a los 15 años, se vio trabajando en labores agrícolas, combinadas con obras de albañilería. Su casa fue hecha por él, aunque utilizando la arena salada del mar que, dice, no es muy durable.


Sus primeras obras como escultor las realizó a los 24 años en varias iglesias de la Península de Santa Elena, en especial en la de Olón, por encargo del sacerdote suizo Omar Stali, quien se quedó absorto al verlo realizar un retrato. También se dedicó a restaurar obras religiosas.


Tomalá ha realizado varias exposiciones de sus trabajos, entre las que destacan una en la Universidad Católica de Quito; también en la Feria Internacional de Turismo, FITE, en Guayaquil, (2007 y 2008). Sus obras han sido enviadas a países como Alemania, Suiza y España.


Con su obra “El resurgimiento de la Perla del Pacífico” quedó finalista este año en el concurso de la Feria Artesanal al Aire Libre, FAAL, organizado por el Municipio de Guayaquil. Asimismo, la Municipalidad del ex cantón Santa Elena lo ha distinguido como Mejor Ciudadano.

Inspirado por la resaca marina y el revoloteo incesante de las aves, ha esculpido la historia del Ecuador y de los santos que, asegura, lo cuidan cada día.


Pese  a que Silvino Tomalá ha tenido la raza subordinada al mar desde hace siglos, jamás navegó aguas adentro en busca del “pescadito nuestro de cada día”, porque lo suyo siempre fue darles formas a las cosas.

Un sol con plenos poderes castiga implacable a la hora meridiana a toda la comuna de San Antonio, en la parroquia Manglaralto, mientras Silvino perfila la gubia justo en dirección a uno de los amantes de La Primavera, de Auguste Rodin. Imperturbable, el artista da rienda suelta a sus manos morenas y rudas, analizando los detalles eróticos del clásico francés sobre una madera dócil, que acoge sin reservas su soplo creador.

Hace una pausa y asegura, con una voz humilde que socava su grandeza, que eso que está viviendo, allí, en un pequeño portal de tierra y bajo un techo magnánimo -es decir, todo su taller-, lo soñó hace tiempo, cuando, aun siendo escolar, imágenes fantásticas de personajes antiguos lo despertaban sobresaltado a media noche, como indicándole el derrotero que habría de seguir en un periplo que, al cabo de unos años, ya no tendría retorno ni desvíos posibles.

Sin poder sobrellevar más las imágenes que lo obsesionaban y satisfacer sus íntimos deseos, a los 24 años de edad -menos gordo pero igual de curtido- conoció a un sacerdote de origen suizo cuyo nombre, Omar Stali, hoy apenas puede deletrear. Fue él quien le dio, en 1981, la soñada oportunidad de trabajar en la iglesia de Olón, al comienzo como albañil y, después, en un arranque de suprema osadía, lo  dejó meterse con las imágenes que tanto veneraba la grey católica. Entonces llegaron el decorado del altar, después los nacimientos y, por último, toda una generación de santos y cristos que se diseminaron por capillas e iglesias de media Ruta del Sol.

Sus palabras suenan a rezo por ese sacerdote benefactor quien, no contento con tenerlo como una especie de Miguel Ángel peninsular al servicio del Papa, le propuso enviarlo a San Antonio de Ibarra para que perfeccionara un arte que, a esas alturas, ya no necesitaba perfección.

“Quisiera trabajar en este oficio de escultor hasta el fin de mis días, así me quede ciego...”

Mientras evoca su efímera estadía en la Sierra, el beso de los amantes de Rodin se intensifica y la mano de uno de ellos intenta acercarse más a la concupiscencia. Silvino se lo permite.

Recién casado, con un hijo al cual mantener y una recomendación de Stali, a quien nadie conocía por esos lares, al maestro le cerraron las puertas de todos los talleres ibarreños nada más verlo como  un “mono que, seguramente, llevaba malas intenciones” y quería robarse alguna de las obras maestras que allí se concebían.

Ya casi a punto de regresarse -recuerda-, a las 5 de la tarde, cansado de deambular y de insistir, un desconocido viandante que se encontró en el camino lo recomendó donde los maestros Héctor Garrido y Carlos Dibujé, los mismos que antes lo habían rechazado sin consideración alguna.

En un rincón de uno de los talleres, pues no había otro lugar disponible para un advenedizo con sueños de grandeza, pasó 15 días de intenso aprendizaje, en los que puso en práctica ese canon de 8 módulos exactos que le enseñó Stali para darle forma a todo cuanto su mente pudiera imaginar, desde las gaviotas que completan el paisaje hasta la rompiente marinera que arrulla a la comuna, llevando y trayendo los sueños de su gente.

Después de ese corto internado, regresó a darle a la madera sin descanso: cedro, roble, guayacán, teca, guachapelí, todas se dejaron seducir por el cincel de un hombre que, pese a solo haber terminado la primaria, tenía el genio creador de cualquier maestro del Renacimiento, a los que solo conocía por libros y revistas.

Quizás bendecido por los santos a los cuales cada vez y cuando les curaba sus heridas causadas por el tiempo, Silto -su nombre artístico- cuenta que su obra mejor lograda es un tótem de 12 metros de largo que le llevó cinco meses esculpir. Pese a que en él cuenta en detalle gran parte de la historia del Ecuador, solo le pagaron 3.000 dólares y la persona que se lo encargó jamás le permitió que lo firmara o le pusiera su impronta personal. Permanece altivo en un centro turístico de Guayaquil pregonando desde sus raíces prehistóricas la maestría de un hombre que, no por ser “anónimo” para la mayoría, ha dejado de ser su creador.

Más allá de que la gente conozca o no quién lo hizo, a él solo le satisface saber que pueda disfrutar de su talento, ese que, luego de muchos años, le ha enseñado con vívidos testimonios que un árbol derribado nunca más dará sombra, pero, igualmente, puede que ese mismo árbol, desde algún rincón de una capilla, dotado de ojos piadosos y manos generosas, les sirva de consuelo a miles de personas.
Jorge Ampuero

jampuero@telegrafo.com.ec

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