Tomada de la edición impresa del 19 de noviembre del 2008

FOTO: ALEJANDRO REINOSO / El Telégrafo

Marcos Serrano.

Marcos Serrano: Al final de la escalada

Datos


Nacido el 11 de octubre de 1957. Está casado con Paulina Dueñas y tiene 6 hijos: María Soledad, de 22; Marcos Ignacio, de 21; José Rafael, de 19; María Bernarda y Maite (gemelas) de 18; y Fátima, de 13. Con su familia ha escalado montañas como el Pasochoa y el Guagua Pichincha.


“La vivencia con los amigos es importante en el montañismo”, dice Marcos. En principio es una actividad de grupos reducidos, en el que todos se vuelven responsables unos de otros, lo que genera una gran solidaridad. “Esa dinámica se va afianzando con el paso de los años”, concluye.


El montañismo, si bien es una actividad que supone un cambio de mentalidad, también tiene sus riesgos. “Uno de los momentos más duros es cuando un amigo muere en la montaña. Es una forma de decir que esto que hacemos, que es hermoso, también tiene peligros que hay que observar”.


Ha escalado miles de veces (tantas que ya no lleva la cuenta). Ha pasado por todas las montañas del país y varias de América, en Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Alaska. Cuando se especializaba en Neurología, en España, esperaba las vacaciones, ansioso, para escalar los Pirineos.


Asegura que seguirá haciendo montañismo hasta que el cuerpo le dé. “Evidentemente, cuando ya no tenga la misma energía física, subiré las lomas con las que empecé. Cerraría un círculo. No me veo sin hacerlo, aunque a veces he tenido que dejar de escalar por las ocupaciones”.

En la cima de una montaña encuentra la conmoción de sus ánimos más hondos. Marcos es un médico que nunca olvidó el paliativo de la naturaleza.


El doctor está en su consultorio y recuerda ese primer deseo, fascinación y despertar por la experiencia de la escalada. Tenía 14 años cuando participó de una excursión, más bien una cacería, en la parte norte del Cayambe. “Por la tarde se despejó la montaña –cuenta, sonrisa inquieta- y se puso muy linda con los últimos rayos del sol. Me quedé completamente sorprendido, aunque había nacido en Quito y subido al Cruz Loma, al Rucu Pichincha, en esa ocasión me conmoví”. Se pone didáctico, como entrando en calor, y explica el término que mejor se aplica a su actividad: “Por estar en el medio de los Andes, la palabra que se usa acá es andinismo; pero el término más adecuado sería montañismo”.

Desde ese momento, pasando por otras salidas, prácticas y lecturas sobre el tema, la cumbre despejada de las montañas, como un anhelo terco, le daba vueltas en la cabeza. Todo como una aventura entre los amigos del barrio. Dos años después entró a un grupo de montaña y empezó a escalar. Cada salida alimentaba el corazón. “Era un grupo amateur -recuerda-, como la mayoría de los grupos de montaña. Hasta cierto punto fue difícil porque los grupos son estructuras cerradas, de gente que lo lleva haciendo por mucho tiempo. Uno es el nuevo y eso cuesta”. Pero a él le tomó poco tiempo integrarse, quizá por esa pasión traducida en disciplina.  Esa fue la experiencia necesaria: la oportunidad de salir con gente con más conocimientos y con el deseo de ‘pasar la antorcha’ a los que detrás venían.

Esa actitud es algo que el doctor Marcos Serrano mantiene, que disfruta y es parte ineludible de su relación con la escalada: pertenece al grupo de Ascencionismo del Colegio San Gabriel, que tiene más de 60 años de vida y en el que participa  ayudando a los nuevos entusiastas del montañismo a aprender y desarrollar la experiencia. El grupo está dividido en dos secciones, una en la que incluye a los estudiantes de la institución y otra en la que están los mayores. “Practicamos montañismo de manera muy activa. Los últimos dos meses no ha habido fin de semana que no hayamos salido a escalar”, cuenta. El grupo se junta los miércoles, en una reunión que él espera todas las semanas, informal, para compartir el resplandor de un amor común. Se siente parte de un proceso en el que sale ganando, vive esa pasión y la extiende a otros.

“Siempre digo: No hago montañismo… yo soy montañista. No practico la medicina, soy médico”

Pero escalar, desde luego, no es lo único a lo que ha abocado su vida. Es neurólogo. Tiene su consultorio al norte de Quito y, si bien no ve una clara ligazón entre lo uno y lo otro (“En lo único que podría ver igualdad es en que para ser médico y escalar hay que tener mucha paciencia”), el punto en común es algo que más bien es esencia misma de su personalidad: la entrega: “Siempre digo: No hago montañismo… yo soy montañista. No practico la medicina, soy médico”.

Su profesión también le ha servido para distinguir síntomas en él y en sus compañeros de montañismo, sobre todo de enfriamiento de manos y pies y agotamiento. Además, le ha ayudado a instaurar una ‘cadena’ de comportamiento en el montañismo: control, esfuerzo y recompensa. Es más bien una imagen que viene de su segunda ascensión, ya como parte de ese primer grupo al que perteneció. Era al Illiniza norte, un día muy malo, con mucho frío y en el que tuvo mucho miedo. “Hasta ahora se siente miedo, en ciertos lugares te da. Es el temor a no lograrlo, a tener un accidente… Pero para escalar uno no puede manifestar el miedo, entonces aprendes a controlarlo”. Al llegar a la cumbre, remite, no se veía un paisaje mágico ni nada de eso. Estar ahí era saber que se había llegado y no se debía subir más: “Fue tan satisfactorio haber vencido el miedo, el cansancio y el frío, que realmente dije: esto es lo mío, y no me he vuelto a plantear otra cosa”, sentencia. Esta visión es algo que comparte de manera directa con sus dos hijos, con quienes ha llegado a la cumbre de varias montañas.

Sabe lo que hace, lo define de la mejor manera que encuentra: “Esta práctica no es una actividad deportiva… es una forma de entender la vida. Si uno sigue subiendo y la sigue cultivando, adquiere algo que sirve para la vida”. El montañismo, más que un ejercicio físico, es la construcción de una mentalidad: “Muchas veces me ha tocado articular esa forma de ver las cosas en mi vida inmediata… Si he podido subir el Chimborazo con muchas dificultades, por qué no puedo hacer esto o aquello…”. El frío hiere como una incisión, pero al otro día el sol se iza como un estandarte, y flamea. Como la esperanza quizá, o como la fe, más bien, en uno mismo. Y ya se sabe qué le hace la fe a las montañas.

Eduardo Varas
evaras@telegrafo.com.ec
Retratista

Otros



Rss
Weather Image 32 ° Guayaquil, Ecuador Weather Image 16 ° Quito, Ecuador Ver más Powered By The Weather Channel