Tomada de la edición impresa del 18 de noviembre del 2008

FOTO: MIGUEL CASTRO / El Telégrafo

Adela Borbor Rodríguez.

Adela Borbor Rodríguez: La fragua del manantial

Datos


Nació el 16 de julio de 1938 en Manantial de Chanduy. Hija de Francisco Borbor Bailón (+) y de Hilda Rodríguez Asencio (+). Sus años de juventud transcurrieron como los de cualquier chiquilla de la península. Ayudó en las labores de la casa, y cuando tuvo la edad suficiente, se enamoró.


Se casó con Eduardo Cruz Avelino y tuvo 8 hijos: Jorge (+), Orlando (+), Adalberto (+), Julia, Doris, Elizabeth, Nelly y Gilbert Francisco. Es viuda y ha encajado la muerte de tres hijos. “Uno de ellos, Orlando, se me ahogó en un viaje de pesca”. Sigue viviendo en la casa que su esposo construyó para ella.

 

Maneja su teléfono celular, pero no lo haría si no fuera porque fue un regalo de uno de sus nietos. “Me sirve mucho para mantenerme comunicada con mis hijas, y me pueden llamar hasta de los Estados Unidos algunos de mis nietos; es más, así me localizó la gente del Gobierno para mi premiación”.


“Abracé al Presidente la noche de la condecoración, y le dije que contara siempre conmigo. Le agradecí por haberse acordado de mí, y a través de lo que hago, de uno de los rincones más pequeños y alejados del país”, dice, y sus palabras se confunden con las llamas y, detrás de ellas, con la polvareda.


Ha ido alguna gente hasta el taller de Adela Borbor. Se han instalado incluso antropólogos norteamericanos, con sus cámaras de fotos y de video durante días enteros, para atestiguar y registrar la labor de esta mujer, que es una de las últimas que conserva este antiguo oficio.

Parecería que esta mujer sencilla y longeva, que administra una fragua artesanal en su amado y rústico Chanduy, tuviera también hecho en bronce el espíritu.


Un mínimo retazo de tierra, todo cuadriculado de señales, es lo que halla el visitante cuando sus pasos lo llevan a Manantial de Chanduy. Aquí, los árboles, vestidos con su camisa de polvo, de cuando en vez se sacuden con la fuerza del viento y recuperan el color original de su follaje. Casi en la cima del cerro, la de doña Adela Borbor es una de las últimas casas. Y a pocos pasos, está su rústico taller. En efecto, dentro de una cabaña construida con ramas de mullullo y caña guadúa, cada vez que Adela, manejando el antiguo fuelle con la zurda, permanece pendiente de que la candela de su horno alcance la temperatura precisa, una crepitante orquídea de fuego se refleja en sus pupilas. “Hay que esperar a que el bronce se ponga rojito”, indica, con mirada vivaz como la de las flamas. 

Menuda de tamaño y moviéndose, incansable, de un lado para otro por todo el taller, ejecuta una laboriosa sinfonía con los instrumentos que son sus herramientas. “Hay que aprovechar el tiempo, aquí empiezo a trabajar a las cinco de la mañana”. 

Adela se inició aprendiendo de sus padres (“a su vez, ellos aprendieron de sus mayores”) a los 35 años, tras decidirse a ayudar a su esposo, pues las faenas de pesca eran inciertas. “Es que a veces había, y a veces no”. Ella ya tenía a sus hijos y de lleno se vio entre barro y moldes para la fragua.

Adela necesita pocos ingredientes para obtener el barro con que hace sus moldes, y recorre las cercanías para hallarlos. Agua, arcilla y excremento de burro son suficientes. Ella toma un fragmento entre sus manos, lo pulveriza y muestra su palma extendida: “la paja necesaria para unir el barro sale de aquí, de los restos del burro, porque se necesita la grasilla de su digestión”. El bronce lo compra en Ancón. Y para armar la fogata, usa como combustible enormes pedazos de bosta de vaca. “Esto, y el carbón de algarrobo, es lo mejor para avivar la llama”.

“A veces los abejones se meten
en el crisol, y dañan el bronce; y el bronce tiene que estar  puro para que no se quiebre”

Sus compañeros inseparables son los guantes y sus tenazas. Luego de curtir los moldes por una semana, Adela fabrica los elementos para la cabalgadura: frenos, estribos, argollas, tornillos, sacavueltas y chumaceras; y también marcas para el herraje, según las iniciales del cliente que las solicita. Los encargos mayores eran antes de los grandes almacenes de Guayaquil, a los que llevaba piezas por sacos. Llevaba tres o cuatro sacos de frenos y estribos cada vez. Ahora, fabrica cuando hay pedidos de los dueños de caballos o de haciendas de los alrededores. Hay que cuidar todos los detalles. “A veces los abejones se meten en el crisol, y dañan el bronce, lo mismo que cualquier impureza; y el bronce tiene que estar completamente puro para que no se quiebre”. Además, mantiene piezas de repuestos para su taller.

Sabe perfectamente que piezas suyas están en los museos de Los Amantes de Sumpa (Santa Elena), Río Alto y hasta de los Estados Unidos, pues conserva los catálogos. No fue sorpresa para ninguno de los que la conocen su condecoración hace unos meses por parte del Gobierno Nacional. La primera edición del Premio “Rosa Campuzano” recayó en la disciplina de artesanía, en sus manos. Muchos opinan que la tenía bien merecida, pero ella: “agradezco que un presidente se haya acordado de mí y de mi trabajo”. Como su casa recibe a mucha gente durante todo el día, tiene bien guardada su condecoración; “usted sabe, se me puede confundir o perder con tanto ir y venir”.

No es el único oficio de Adela. También cose, lava, es partera y cuida su chacra, donde siembra ciruela, granada, guayaba, gracias al tanque elevado instalado por la Espol hace 3 años. “Esos pájaros –señala a las aves que surcan la mañana- son los que me hacen la necedad, pues se me comen las ciruelas; de allí que tengo a mi hijo Francisco para que los espante y me riegue las plantitas”. La chacra se salpica cada temporada de árboles y plantas, que le añaden un refrescante verdor al paisaje que rodea su casa. También siembra toronjil, albahaca y demás hierbas que sirven para curar “el mal de ojito, aunque hay gentes que creen así como gentes que no creen; también veo si las criaturas vienen atravesadas en el vientre de sus madres y ayudo en los partos”.  

Ella es quien fabrica estribos, pero nunca los pierde, pues su carácter siempre es afable. La multifacética Adela. La imparable Adela. Al pie de su horno, y trabajando como desde hace varias décadas, se mantiene, erguida como un añoso y  robusto cacto de la costa.
Luis Carlos Mussó
cmusso@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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