En su infancia vivió con el lagarto “Juancho” y la rata “Tufi”, dio refugio a una familia de conejos y amó a las palomas. Para ella, los animales son un cariño inclaudicable.
Lorena Bellolio recuerda muy bien un paseo que realizó a Argentina junto a su esposo. “Van a decir que soy una loca”, advierte. La llevaron a conocer varios sitios, emplazamientos importantes de la cultura local. El tango, de por medio, y luego un pedazo de carne de ternera de casi 30 cm de largo. Entonces, el imposible -para ella- acto de sobrellevarlo. “Yo no como carne y la ensaladita no era más que pedazos de lechuga. Llegó un rato en que empecé a agotarme, pero eso no era todo”. Narra que los llevaron a conocer una hacienda, y en ella un gaucho les contó qué significa ser lo que él es. “Mientras tanto, su pobre caballo estaba a un lado, y ahí me enteré de que esa rueda que le ponen en el hocico es para que pueda mover la lengua y así aliviar el dolor que siente por su labor”.
Suficiente, se dijo. Siempre la carne era ternera, “¡pero la ternera es el bebé de la vaca, y no me quiero comer ningún bebé!”. Entonces, como un bálsamo, una perra cachorrita corrió a jugar con ella, y fue allí, quizá, que su pasión por los animales se convirtió en concepto. Porque lo asume de esa manera: “El animal tiene la capacidad de dar algo que el ser humano ha perdido… amor”.
Quizá fueron las palomas, las de Castilla y las tierreras, esas que trazaban espirales sobre las plazas de Guayaquil, o a corta distancia de sus manos infantiles, en el balcón de su casa, las que engendraron el amor que después se consolidaría. Pero el que llama la atención es el recuerdo, a los 10 años, de un pequeño lagarto que sí llegó a sus manos: “habían matado a la madre, quedó huérfano y yo lo tuve”. La mascota, por esos días, tenía sólo centímetros. Pasó el tiempo, creció, y ella lo guardaba en su blusa: el hocico le llegaba a la altura del cuello y la punta de la cola hasta las rodillas. Se llamaba “Juancho”, como la caricatura. Luego desapareció. Así llegaron los conejos (los que rescataba de los mercados) y las garzas que quedaban en los cruces de caminos, que ella tomaba y llevaba a ramales del Estero.
“La gente debe entender que estos, al final, terminan siendo problemas de los seres humanos”
Ah, no hay que olvidar a la rata, “Tufi”, un descubrimiento de su hermana menor (que pensó era un ratón) y que luego creció, convertida en parte de la casa, en la mascota que iba de un lado al otro. “Nadie quería visitarnos porque veían a la rata correr en la sala”, dice. “Tufi” se crió en libertad. Lorena tiene una foto de la rata junto a pequeños gatos, disfrutando de una comida. Después se cambiaron de casa y ante la presencia de un perro cazador, “Tufi” debió vivir en una jaula. “La tristeza la mató”, sentencia Lorena.
“Me gusta esa frase que afirma que quien no vive para servir, no sirve para vivir”, dice Lorena, quien ha trabajado durante mucho, más allá de los animales, a favor del otro, del que está alrededor. Colaboró con varias instituciones y organismos que trabajaban en el rescate de niños de la calle y mujeres en la cárcel… pero el contacto con los animales se mantuvo intocable, apenas veía uno abandonado, buscaba llevarlo a un albergue o donde alguien que lo pudiera reubicar. A su llegada a Quito siguió recogiendo animales callejeros (especialmente perros) y los llevaba donde un veterinario para reubicarlos, hasta que un día le recomendaron que fuera a la fundación Protección Animal Ecuador, para entregarlos. Lo hizo, y entró en contacto con ella.
Pero no fue sino un par de meses después cuando todo dio vueltas, en 1999. “Yo digo que cuando erupcionó el Tungurahua yo también lo hice”. Recibió una llamada del entonces director de la Fundación para pedirle ayuda. Ella dijo sí, sin siquiera reparar de qué se trataba. Partió a Baños, junto a otros voluntarios, y sorteando caminos e impedimentos para ingresar, consiguieron rescatar a perros, gatos y un burro, incluso, que habían sido abandonados por sus dueños durante las evacuaciones. El trabajo duró casi cuatro meses, y significó el traslado de las criaturas hasta albergues acondicionados por varias fundaciones, en Ambato. Todos los perros y gatos fueron reubicados, “la última perrita, Lassie, se la llevó mi hermana”, precisa.
De ahí en adelante ha estado en pie de lucha, cargada de alegría pero dispuesta al sacrificio (el tiempo con la familia, las horas de sueño… ). Ha dado brava pelea para oponerse a las corridas de toros, tradición secular en Quito, así como para ejercer presión sobre las autoridades responsables de impedir el escandaloso tráfico de especies silvestres y amenazadas. Lograr comprensión, ese es el objetivo. Y amplía su juicio con una frase de inapelable elocuencia: “La gente debe entender que estos, al final, terminan siendo problemas de los seres humanos”.