Tomada de la edición impresa del 07 de noviembre del 2008

FOTO: Ricardo Bohórquez

Hugo Herrera Martínez.

Hugo Herrera Martínez: El maestro del montubio

Datos


Hugo Herrera Martínez nació en Guayaquil, el 12 de junio de 1918. Hijo de Humberto Herrera y Marina Martínez, contrajo matrimonio en 1942 con Marina Romero, con quien procreó siete hijos, todos ellos profesionales. Hoy está unido con Elisa Bravo, a quien conoció por su trabajo como profesor.

 

Realizó sus primeros estudios en la escuela municipal Carlos Monteverde y los secundarios en el centenario colegio Vicente Rocafuerte. También estudió Contabilidad en el Instituto José Mendoza Cucalón. Pese a sus amplios conocimientos,  nunca cursó la universidad.


Su carrera como profesor de primaria la inició en 1960, en Chojampe, tras ser contratado por el Municipio de Puebloviejo, en la provincia de Los Ríos. A partir de ese año recorrió decenas de recintos y poblados, ya sea como profesor o como alfabetizador. Se retiró en 2004.


Una de sus virtudes, asegura, es su elevado civismo. Su mayor frustración -recordarlo lo lleva hasta las lágrimas- fue cuando, debido a su corta estatura, no fue seleccionado por sus superiores para ir a combatir en el sur del país, durante la guerra contra los peruanos, en julio de 1941. 

Pocos, como él, tienen a su haber la alfabetización y educación de miles de campesinos en los lugares más recónditos e inhóspitos del Litoral.


Instalado en una pequeña imprenta del suroeste de la ciudad -de esas que todavía ofrecen calendarios del año pasado-, Hugo Herrera Martínez, 90 años, intenta pasar a limpio una existencia llena de borrones, tachaduras y miles de horas frente a unos alumnos que nunca terminan de graduarse porque siempre, cada vez que se le desboca la nostalgia, los revive, a todos, con nombres y apellidos, haciendo fila de menor a mayor.

Tanguero empedernido, a veces considera que sí, que ha sido como un paria al que el destino se empeñó en deshacer y que la vida le debe mucho, desde que un buen día de 1960  se vio en una escuelita de caña con cuatro bancas, con 8 estudiantes de todas las edades, y una pizarra justo a la medida de sus sueños, dispuesta a recibir cuanto verbo, suma o sustracción él tuviera a bien escribirle.

Nunca hubo nombramiento de por medio y tampoco un salario digno. Por eso -recuerda- ninguno de sus colegas aceptó refundirse en ese fin de mundo cuyo solo nombre les causaba risa, Chojampe, lugar donde había convalecido de sus dolencias congénitas el escritor Joaquín Gallegos Lara, pero también donde los monos solían columpiarse, descarados, por las ventanas de las casas a cualquier hora del día y donde las vacas hacían temblar la escuelita nada más rascarse en sus puntales.

Sin embargo, él aceptó. Armó dos cartones con libros de todas las asignaturas y se marchó a lo que sería su nuevo mundo; con su evangelio de raíces cuadradas y batallas libertarias detalladas en cuadernos para primero a sexto grado, caritas alegres, pájaros distantes y montubios desconfiados lo vieron cruzar el río aguas abajo en una tarde de la cual se le escapan los detalles.

Entonces se instaló en la escuela y comenzó una labor ardua, histórica, desde cero, alfabetizando abnegadamente a gentes de hasta 60 años, acostumbradas nada más al garabato y a sus animalitos. Sin más compensación que un arroz con menestra y cocolón -en los días de suerte-, a todos ellos les fue enseñando que la Patria no solo son la tierra ni los montes, los ríos ni los valles, sino la gente que la habita, que la trabaja y que la sufre, o sea, ellos mismos...

“Todo aquel que siente verdaderamente el civismo desea  que le den la oportunidad de demostrar su amor por la patria”

Debieron pasar muchos años,    muchas clases y muchos otros lugares -de esos que solo se usan en campañas políticas, dice- para que se diera por satisfecho.

Mientras otro tango -Rubias de New York- se cuela despacito en la conversación, el maestro Herrera, enfundado en una camisa de modesta costura, desarma un cartón y muestra otra de sus grandes pasiones: el dibujo. De entre todas sus creaciones destaca una Libertad Lamarque coquetísima y un cangrejo con una pata en cada página y el seño sombrío.

Cuenta que lo del arte le viene por los cuatro costados. Tuvo un tío compositor al que luego interpretó el dúo Benítez y Valencia; el consagrado poeta Remigio Romero y Cordero frecuentaba la casa de un tío suyo y su hermano le enseñó a tocar la guitarra a Pepe Jaramillo. Luego él trabaría amistad con otro grande: Carlos Rubira Infante. Como para no quejarse de las influencias.

 De aquella época data Tallahué, un indio bravío al que le dio vida para que se enamorase de una mujer blanca y muriese de amor por ella, tal como él moría de amor por sus alumnos y su magisterio.

Malherido, pero no muerto, el maestro hoy medita en la posibilidad incierta de no haber sido él, sino su hermano gemelo, el que debió sobrevivir a un trágico alumbramiento en ese lejano junio de 1918. No, no es amargura, es que la vida nunca le ha dado grandes motivos para estar agradecido, más allá de ver a sus alumnos leyendo y escribiendo. Así lo piensa y así lo consigna cuando recuerda que, justamente debido a la crisis económica, solía caminar más de 60 cuadras desde su casa en Guayaquil hasta la Dirección de Estudios solo para que le dijeran que no había plata, que Quito no había mandado las partidas y que volviera el otro mes, por si acaso...

Fue en una de esas idas y venidas que un carro despistado lo atropelló y le fracturó la cadera, dejándole sin posibilidades de continuar lo que inició hace casi 50 años, cuando las laptos y los pen drives solo eran artilugios de desmesuradas profecías y las tizas lo podían todo.
Jorge Ampuero

jampuero@telegrafo.com.ec

Otros



Rss
Weather Image 32 ° Guayaquil, Ecuador Weather Image 17 ° Quito, Ecuador Ver más Powered By The Weather Channel