Pintor, escultor y fotógrafo, Pedro Herrera es, sobre todo, un surrealista convencido, un hombre en pie de lucha contra todo lo que castre la imaginación.
“¿Dónde están los teléfonos?”, alguien pregunta, y él responde: “No son necesarios para entrar a este mundo”. En pleno barrio de Santa Prisca, en la entrada norte al centro de Quito, se ubica su estudio, que a lo lejos, no aparenta ser más que uno de esos sitios donde se obtiene una foto instantánea de carné, por unos cuantos dólares. Sin embargo, su taller es una muestra del universo en el que vive Pedro Herrera Ordóñez: fotógrafo, escultor, pintor y, sobre todo, una suerte de surrealista convencido, que advierte en una de las paredes: “Aquí solo miramos con los ojos de la mente, arráncate el velo de la razón…”.
Esa advertencia es indispensable, no tanto por lo que se observa a primera vista, sino por lo que se puede ir encontrando en un recorrido por su lugar. ¿Qué hora es?, los relojes están al revés y sin minutero, aparentando diluirse como en aquel cuadro de Dalí. Hay dos calaveras de monos capuchinos, que hoy tienen una especie de motor por detrás y un panal de abejas decorado por bellas hojas casi marchitas. En otro salón, reposa la mandíbula del esqueleto de un caballo frente a una nueva instalación, que parece nacer desde la tierra. La banda sonora es una ópera gótica moderna. Quizá es un sueño placentero, quizá una pesadilla.
Sus cuadros son fotografías y óleos a la vez, en realidad en sus obras “todo es válido” y se refleja una extraña preocupación por la naturaleza, la clonación, el automatismo, las máquinas… Tras presentar su obra en Ecuador, realizó exposiciones en Estados Unidos, en Los Ángeles, Nueva York y Las Vegas. Además, es Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Central de Ecuador, y ha sido Director del Museo de Artesanías del Ministerio de Trabajo y Recursos Humanos, donde ejerció, además, como periodista.
Su mundo nació y pervive por y para los sueños: “Son presagios y liberación. La gente usualmente les tiene miedo. Pero para mí es una forma de encontrarme con mi ser primario, que no se ha contaminado aún y quiere ver”. Ese contacto lo siente desde que estaba en gestación. Desde ahí, dice que recuerda el sabor ácido de las naranjas y limones que se le antojaban a su madre. Luego las historias que le relataba su padre, un sencillo comerciante, amante de las tradiciones de la Sierra ecuatoriana, que dejó la semilla en su hijo, de que otros mundos posibles hacen “más soportable a la realidad”.
“Si me enojo soy irreverente, pero a la vez socialmente adaptable, si no terminaría en una institución para todo lo que no se entiende…”
Hubo un anhelo antes que el de ser artista y era volar. Un día, cuando no tenía más de 8 años, ingresó a la pista del aeropuerto de Quito, aparentando, sin querer, ser el hijo de un piloto. Llegó a la cabina de mandos. Y luego, cuando estuvo a punto de despegar, una azafata se dio cuenta del engaño. Terminó, a temprana edad, en el Penal.
Ese fue el comienzo del duro encuentro con el mundo “real” en el que vive: “Cuando me enojo soy demasiado irreverente, pero a la vez socialmente adaptable, porque si no terminaría en una institución para todo lo que no se entiende… ”, sonríe. Cuesta creer que tiene mal carácter. Pedro es amable y posee una cierta bondad que le hace sorprenderse fácilmente en conversaciones con los demás.
Su estudio, que ya tiene unos 12 años, se creó sin querer, cuando los fines de semana buscaba rostros en el centro de la ciudad. Regalaba fotos de carné a los voluntarios y él se quedaba con una copia para su archivo. Con el tiempo se dio cuenta de que podía vivir de eso: “Hoy tengo cientos de clientes que no me abandonan porque reflejo lo mejor de sus adentros”.
Su vida, por eso, se vuelve aún más interesante. En ese humilde estudio, decorado a su manera, se gesta una obra que, cuando fue expuesta en Madrid en 2002, recibió elogiosos comentarios de los cantautores Luis Eduardo Aute y Joaquín Sabina. Este último escribió una frase para él: “La cámara de Pedro ve más de lo que se ve”.
No le importa ser conocido, a pesar de que sus cuadros inspiraron a una serie de poetas ecuatorianos, ni que lo tilden de loco. Lo llena, simplemente, trabajar por las noches en ese escenario suyo y, cuando puede, viajar hasta la selva ecuatoriana. Ahí busca meteoritos, y montado en el delirio de nuevas experiencias, “quiere ver un ovni”, una nave que trascienda la altura de sus sueños.