Su oficio es la herencia fulgurante de su padre, a él se ha dedicado por cuarenta años; pero sus clientes son muy particulares: algunos van a cortarse el pelo varias veces en un día.
Dice que en el hospital le gusta trabajar temprano, para, apenas se bañen los pacientes, aprovechar. Y así ha hecho desde hace ya tres decenios. ¿Anécdotas? “Uuuyyy, mi hermano”, su rostro se encandila: resulta que durante uno de esos atroces inviernos tropicales, que ciñen de agua los edificios y baquetean en los patios del puerto, un paciente al que llamaban pingüino llegó empapado. “Estaba que chacoteaba el hombre, a la intemperie”. De repente ingresó otro, nuevecito, recién llegadito, alterado. Entonces pingüino le gritó: “¡Oe, ven córtate el pelo!”, y el otro que se turba, que decide abalanzarse –puños aptos- sobre el pobre hombre-pájaro ensopado. Allí mismo, bajo el toldo de un diluvio uniforme. “Cosas que a uno le toca ver, si es el peluquero del manicomio”.
Herencia paterna, el oficio, así como el nombre: Segundo Pozo. La infancia dejó un decálogo, un acopio de experiencias y de técnicas para la faena. No era como ahora, remite, que hay academias. Antes, el trabajo se transmitía con el fulgor de una suerte de ocio artesanal, que se disfrutaba y daba de comer: “Un día mi papá me dijo: párate allí, para que veas”, recuerda. Le entregó una peinilla junto a una tijera. Le dijo que pusiera la peinilla sobre el muslo, y que pasara la tijera por encima, simulando cortar. Era una forma de amaestrar los dedos. “Sube y baja con la peinilla; pa’ arriba, pa’ abajo”. Luego, aprendió a ‘pilar’ la navaja (“que no eran las gilletes de ahora, ojo”) con una correa de cuero llamada ‘descarne’. En tres meses agarró a sus primeras víctimas: “Vivíamos cerca de la plaza central, y mi papá llamaba a los indígenas que cargaban los canastos para que yo les cortara el pelo. Así fui aprendiendo… ¡Claro, él después les arreglaba lo que yo les había hecho!”.
“Uno a los pacientes los estima, porque todos convivimos en el mismo sitio, jornada tras jornada”
La infancia posee su espacio físico, constatable: la P.P.G y 6 de Marzo. “Mi barrio era lo más lindo”, suelta, tristón, “en aquel tiempo la gente era más inocente. Jugábamos a la pega, a los pepos, al trompo y la rayuela”. Pero el fútbol, asegura, era sobre cualquier cosa el universo para un furor sanguíneo. “Aún juego, todas las semanas, siempre de nueve”, sonríe, y entre los labios entreabiertos clarea un poco de oro. Luego confiesa: “Extraño al Barcelona de 1990”; Segundo parecería llevar tatuado el proverbial verso que reza que “todo tiempo pasado fue mejor”: por aquellos días en el viejo barrio, aprendió, también, su otro oficio, el de aparador, con un tío que fabricaba maletines de cuero. Al respecto repite: “No era como ahora”. Y cómo podría serlo, si había un cuero al que le decían ‘el ruso’, duro como lengua de suegra, al que había que darle y darle. “Hoy es todo caucho y plástico… Antes el cuero había que destallarlo, con un cuchillo llamado chaveta… usté lo afilaba con una lima y una piedrita”.
Y fue esa capacidad con las manos, precisamente (que Segundo preserva como un eco ancestral), la que lo llevó a Venezuela a finales de los setenta. “Venezuela era un poco como España ahora, la gente emigraba buscando oportunidades”. En Caracas hizo varios oficios manuales en la fábrica de unos italianos, pero regresó pronto. Un amigo lo estaba aguardando con el dato: “Mira, hay una vacante de peluquero en el Lorenzo Ponce, pero a la final tú no te vas a enseñar porque… bueno, la comida es mala”. Ríe nuevamente, y otra vez se avispa el centelleo.
Pero como quería casarse con la novia de toda la vida, dijo sí, voy y punto. Así entró, y así empezó la lidia con los pacientes que se alteraban en pleno corte y se echaban a correr, o con aquellos que le decían: “Pozo, córtame el pelo”, y no entendían nunca la respuesta de: “pero si ya te lo corté”. Claro, es una lidia también cargada de cariño: “Uno a los pacientes los estima, porque todos convivimos en el mismo sitio, jornada tras jornada”. Lo dice seguro, sentado en su vieja peluquería de Sauces tres (estacionada en una peatonal sembrada de almendros y bullicio) donde quema las tardes. Cruza un nubarrón que mancha el cielo, Segundo se acomoda en su asiento y sus palabras también se eclipsan: recuerda a los internos que se han lanzado de los pisos altos del pensionado, o a aquel que, mientras aguardaba en la cola para ser atendido por él, cayó fulminado, como un árbol cuyo desplome fractura un orden simétrico. “El corazón”, masculla, como indagando.
Hoy resuelve “con experticia” muchos estilos. En el tiempo de su padre, refiere, había un solo corte: el rebajado, o ‘media peluca’, como le decían. Lo otro era el “pele a mate”, pero ese estaba reservado para los vagos de escuela. “¡Y a mí me pelaba mi propio papá!”, exclama. “Ahora es una manía, antes era un crimen”. ¿Y el corte que más le piden en el Lorenzo? Entrecierra los ojos negruzcos, como diciendo ‘qué tontería’: “No pues, allá no piden moda”.