Con escrutadora paciencia, riguroso pulso y, sobre todo, respeto por la creación y por la historia, Ivette Celi sostiene su oficio de restauradora.
Estaba en el colegio cuando decidió intervenir en un concurso interno de arte. La pintura y otras manifestaciones artísticas habían estado dando vueltas en su casa, en manos de sus abuelos maternos, María de Jesús Flores y Víctor Piedra, entonces se animó. Hizo un dibujo con plumilla que para ella no era la gran cosa, y quizá para el jurado del concurso tampoco, porque no llegó ni siquiera a ser seleccionada. Así, el dibujo quedó guardado en su pupitre, durante una semana. El lapso transcurrió sin novedad hasta que recibió una llamada del rector para que fuera a su oficina. Ivette Celi se acercó al lugar, pensando que iba al paredón (“por motivos que no vienen al caso recordar”, dice). El rector fue muy claro en su pedido. “Véndeme tu plumilla”, le pidió. Ella rió, ¿por qué le iba a vender eso? “Chévere, se la regalo, si quiere”, y se la dio, con dedicatoria.
Días después, la volvieron a llevar al rectorado. Esta vez le enseñaron el dibujo enmarcado y colocado detrás del escritorio. Para ella se veía bonito. “Deberías estudiar arte”, le dijo el rector, y en ese momento ella tomó la decisión. Recuerda, sin embargo, que el estudio no significó un empuje a la creación. Un temor rondaba sus sienes: “Me di cuenta de que esto no iba a traer un futuro muy rentable, pero he vivido del arte toda mi vida y no me ha tratado mal”. Decidió entonces no dedicarse a la creación de obras, para ella eso no era una prioridad, y optó por la restauración. Eso, a la hora de trabajar, lo tiene bien claro: “La restauración exige respeto a una creación ya hecha” sentencia, reconociendo que sí, que hasta eso sirve para manifestar algo de creatividad.
“Me di cuenta de que esto no iba a traer un futuro muy rentable, pero he vivido del arte toda mi vida y no me ha tratado mal”
Estudió arte y luego restauración y museografía en Quito, trabajando en proyectos que la han llevado a ser parte de recuperaciones patrimoniales en Quito, Montecristi y Guayaquil, formando parte de los equipos que han transformado la cara de las ciudades, que han devuelto cierto pedazo del pasado. Así llegó al puerto (donde permaneció 6 años) en 1999, a trabajar en el proyecto del Maleón 2000, inicialmente en el hemiciclo de la Rotonda, restaurando el mármol y el bronce y luego con el resto de esculturas del sitio, incluyendo la Torre del Reloj y parte del Renovado Mercado Sur. “La experiencia en Guayaquil fue muy buena. Hay mucha gente que dice que ha sido un derroche de dinero, pero cuando vas al Malecón no encuentras pelucones, encuentras a gente de pueblo, gente que viene de otras poblaciones a caminar por el centro. Cuando llegué a Guayaquil, nosotros hacíamos apuestas de la cantidad de turistas que pasaban por el Malecón, 3, 4… Pero cuando ibas los fines de semana al Mall del Sol, la gente llegaba en buses, a pasear. Ahora esa gente, que viene de provincias, de otros lugares, va al Malecón, no les llama la atención nada más”, afirma.
En el 2002, decidió cambiar de horizonte, probablemente de una manera sorpresiva. Entró a Petrocomercial, al área de contratos. “Aprendí de contratación pública, me especialicé en contratos y los mecanismos existentes… pero a diferencia de otros que quieren entrar, yo a los 6 meses decidí salir”, confiesa. Ese mismo día recibió una llamada para realizar los estudios de restauración arquitectónica de 21 casas localizadas en la calle Numa Pompilio Llona, de Las Peñas, el único barrio en Guayaquil con reminiscencias de lo que fue antes la ciudad. En esta etapa, toda la experiencia en contratación pública sirvió para llevar adelante los estudios.
Luego retorna a Quito, en el 2006, trabajando para el Fonsal en la coordinación de estudios para la restauración de la Iglesia de San Francisco, uno de los trabajos que más ha disfrutado. Permanece en la capital, trabajando en museografía en el Museo de la Ciudad, considerando sus búsquedas e intereses como un todo, como un acto de recuperación. Con la historia, dice, se reconstruyen los aspectos actuales de la sociedad. Si se conservan elementos es, más que todo, un asunto que busca activar y preservar la sensibilidad hacia lo propio. “Que busca darle sentido a cosas como el respeto al hogar, a la casa, al espacio que nos une. Así desarrollamos responsabilidad también ante los demás, que están inmersos en ese espacio tanto como nosotros”. Y lo dice con vehemencia, como quien levanta una catedral.