Antonio y Gina son una pareja que sufre de enanismo y se ganan el día a día haciendo caras pintadas, pero en sus pechos palpitan muchos otros anhelos.
Sur de Quito. Centro Comercial Atahualpa. Un viernes en la tarde. Decenas de madres, padres, hijos e hijas, acuden habitualmente al supermercado. Hay una cierta alegría, un fin de semana está por venir.
Entre tanta gente, luces y ruido, se encuentran Antonio y Gina, una pareja de novios que pintan caras. Esperan que algún niño o niña le pida a sus padres detenerse para que dibujen en su rostro un gato, una noche estrellada, una media luna… Pero no están atentos solo a ganar $1,50 por cada trabajo que realicen, en su mente hay sueños que los entusiasman.
Antonio tiene 29 años y Gina 24, los dos sufren acondroplasia (también conocida como enanismo), una enfermedad genética que se presenta en 1 de cada 25.000 nacidos y que se caracteriza por un acortamiento de los huesos largos de las extremidades, mientras que la longitud de la columna vertebral se mantiene.
A pesar de que los dos nacieron en Huaquillas, se conocieron recién en 2004, en Guayaquil, cuando la televisión buscaba una versión irónica del grupo Exporto Brasil, que se llamó Miniporto. Para ese entonces Gina era una chica retraída “que nunca salía de casa y les juraba a mis papás que me iba a quedar con ellos de por vida. Los tres para siempre, decía”.
Cuando se enteraron de que Gina padecía de acondroplasia la llamaron del programa televisivo. Para ese entonces Antonio, que también recibió la invitación, llevaba casi una década trabajando en diferentes circos, pero luego de algunos accidentes “caí en cuenta de que esa vida era peligrosa”.
“...nunca salía de casa y les juraba a mis papás que me iba a quedar con ellos de por vida. Los tres para siempre, decía”.
Antonio tenía una historia diferente a la de Gina. A pesar de ser bajo de estatura no hizo caso a los obstáculos que se le presentaron. Desde siempre fue un chico de barrio, al que le gustaba jugar fútbol y compartir con sus amigos las primeras experiencias de la adolescencia. Al principio soñaba ser abogado, con el tiempo se dio cuenta “de que los números eran lo mío y que quería ser administrador de empresas”.
Llegó a estudiar en un instituto su carrera anhelada y se dio cuenta de que “al ser pequeño o enano, como nos llaman, iba a ser muy difícil conseguir un trabajo. Un amigo me encaminó en un circo cuando tenía un poco más de 17 años…”.
A Gina no le caben dudas de que Antonio es un gran actor, mago, animador y payaso. “La gente dice que somos graciosos. Yo todavía no me acostumbro a las presentaciones”, sentencia y precisa que desde hace dos años y medio trabaja en Quito con su pareja.
Sueña con ser diseñadora de modas. De hecho toda la ropa que viste ha sido elaborada por ella. Confeccionó los dos vestidos de encaje que lucía esa tarde de viernes, uno sobre otro; así como las manillas de colores vivos y el abrigo rosado.
Pronto estudiará diseño en cursos más serios. Sin embargo, por el momento promociona con Antonio El show de los enanitos (de caras pintadas, animación, magia y malabares). Todo depende de la arista desde la cual se mire, piensa Antonio: “Al menos tenemos trabajo y, como la mayoría de la gente, vamos construyendo un futuro”.
El plan a mediano plazo es consolidar una productora de eventos para niños en Quito, que les permita estudiar en la universidad. Hay sueños más profundos, como casarse. Tener hijos, en cambio, es la gran interrogante. Tienen el 70% de posibilidades de que sus descendientes nazcan con acondroplasia. Esa idea
acosa a Gina: “porque yo sufrí mucho. Cuando salía de mi casa sentía los murmullos de la gente que se burlaba de mí”.
Antonio fue quien le enseñó a ver de frente al mundo, sin tapujos, y por eso lo ama. Ahora ella, en realidad, es más extrovertida que él, quien muestra una cierta seriedad, a momentos. “Gina es muy dulce”, y por eso, y otras cosas inexplicables, dice amarla.
Ese sentimiento es el estímulo del día a día, en una ciudad en la que trabajan junto a dos millones de personas. En un lugar que no ha sido diseñado para los dos. Gina dice que tiene problemas para ir al cajero, subirse a un autobús, alcanzar las perchas superiores del supermercado: “Si bien hay un avance en el caso de los discapacitados, para las personas pequeñas no”.
A pesar de eso, como la gente que ven pasar en el centro comercial, sienten esa cierta alegría porque el fin de semana está por venir, y quizás algo más venga con él.