Su oficio de puntadas con aguja e hilo lo asemeja a quien con paciencia hace y deshace sus tejidos, para ganarle un poco más de tiempo a la existencia.
La mañana era soleada y se presentaba como inofensiva. A pesar de ello, la temperatura se dejaba guiar por aquella canícula. Como todos los años en el ingenio Valdez, en ese 1965, el machete y el garabato eran los compañeros y, al mismo tiempo, las herramientas conocidas al dedillo por los jornaleros. La pesada jornada de la zafra tensaba sus músculos, empapaba con inclemencia de sudor las sendas frentes de los zafreros. “Eso sí que es puro sol”. Alberto se detuvo por un momento a descansar y se retiró para guarecerse a la sombra de un carretón de caña de azúcar. El conductor nunca se dio cuenta de su presencia cuando se acercó por el lado opuesto y encendió el motor. El accidente lo obligó a internarse en un centro de salud por dos meses. “Óigame, la rodilla me llegó hasta la quijada”. Aunque la compañía y sus jefes respondieron, quiso desde entonces dedicarse a otra cosa.
A sus diecisiete años, se hallaba buscando un oficio honrado al cual dedicarse, y de repente encontró asilo en el taller de costura del maestro Juan Jijón. “Allí aprendí los secretos de la costura; primero observé y después fui ayudante hasta que quise hacer otros horizontes en una ciudad más grande”.
"Lo más difícil es la obra de manga; por los componentes de la leva y el pantalón para el terno"
Ya en Guayaquil llegó a la zona de la famosa cachinería, la llamada Matavilela por el escritor Jorge Velasco Mackenzie. Primero en Pío Montúfar y Colón por 24 años, y luego en Colón y Pedro Moncayo hasta el sol de hoy. “Me ubiqué aquí porque hay muchos puestos de compra-venta de ropa nueva y usada”. Decidió ejercer con la máquina de coser. “Fui el primero o uno de los primeros en esto de remendar piezas de ropa aquí en la zona; aunque después esto se pobló por completo y son más de tres cuadras de la Pedro Moncayo con talleres de costura o con unos que trabajan solitos”. Su primera compañera fue una Singer de puntada recta, y siguió fiel en asuntos de marcas con la siguiente máquina de coser que tuvo. La actual, que lleva funcionando con él algo así como un cuarto de siglo, es en cambio una White Lily a la que, aunque conserva su pedal, se le ha incorporado un motor, y a la que da mantenimiento una vez a la semana: él se convierte en mecánico nada improvisado, y con destornilladores, aceitero, y un fuelle de viento para limpiar el polvo, deja en impecables condiciones su herramienta de trabajo. Le llegan por igual pantalones de hombre y de mujer también. Y sus clientes son los habitantes del sector, canillitas, vendedores, pero también gente que lo conoce y lo tiene como referente de costura y sinónimo de puntadas correctas.
A cada momento acuden personas con suéteres, pantalones, blusas y demás prendas para que el Burrito las deje como nuevas. La chapa de “Burrito” le viene de la gente que lo ve trabajando desde muy temprano, a eso de las 08:30 hasta las 18:00, cuando el sol se pone y las sombras se inclinan en respetuosa genuflexión para permitir el descanso a todos los mortales. “Lo más difícil en este oficio es la obra de manga; por los componentes de la leva y el pantalón para el terno”. Pero la mayor cantidad de veces que es solicitado es debido a alguna cremallera que se averió, unos botones que hay que pegar o una blusa a la que hay que ajustarle el cuello y las mangas.
Nunca olvidará aquella ocasión en que se acercó un hombre de mediana edad para que le arreglara unos pantalones y unas camisas. Le dijo que le encargaba a su niño hasta dar una vuelta y dar tiempo a que la ropa estuviera lista. El caso es que el hombre no llegó ese día, ni al siguiente, ni al siguiente; así que tuve que llevarme al chico y darle de comer y donde dormir”. Se había ido a seguir bebiendo y regresó después de una semana, con un policía porque no recordaba dónde había dejado la ropa y a su hijo. “Hasta unos pescados que también dejó se pudrieron, pero eso sí, el policía lo repeló por ser tan descuidado con su muchacho”.
A sus 60 años, no necesita lentes para enhebrar el hilo en la aguja. Lo hace con destreza y la pericia que le ha conferido la experiencia. Los anteojos que cuelgan de su cuello le sirven “para ver de lejos”. Sus manos son ágiles, sus pies accionan el pedal del motor igual que como hace décadas. Para él, Guayaquil se ha vuelto bastante informal. Sus amigos pasan dejándole un par de cigarrillos de vez en cuando, canillitas se acercan a ofrecerle números de lotería todas las semanas. Trabajo no le hace falta. Por algo tiene bien ganada su chapa de “Burrito”.