Hace diez años se encontró con un molusco sagrado lleno de resonancias ancestrales. Desde aquel día, se ha dedicado a esculpir esa joya del mar
No muy lejos, a solamente un tiro de piedra, la playa tendida a uno y otro lado semeja un par de alas desplegadas de arena de color sepia. Las condiciones climáticas que le confiere a Salinas el ser la punta más occidental de esta parte del continente la convierten en cuna de especies distintas y singularísimas. A una de ellas, la concha spóndylus, le ha dedicado René Armijos los últimos años de su existencia, desde que la vio por primera vez.
“Sencillamente la concha spóndylus despertó una honda pasión en mí debido a su textura, su forma y la gran gama de colores que posee”. Y es que sus tonos van del morado al naranja, pasando por el rosado, el amarillo, el beige, el mostaza, el café, el rojo y el blanco. Incluso ha tenido que bautizar algunas conchas por sus peculiares tonos, entre las cuales está la “rojo caballo”. “Parece mentira, pero se presta fácilmente para ser trabajada”, comenta sacudiendo su coleta atada con una cinta.
A los doce años abandonó su pueblecito de los Andes y se decidió a probar suerte en Guayaquil. Según René, una conspiración universal se armó para lograr que entrara a trabajar en el taller de joyería de Antonio Aspiazu. Era una esponja capturando técnicas para engastar piedras. Hacía piezas en metales preciosos como el oro y también con piedras preciosas. “Estoy agradecido con esta experiencia porque le dio dirección a mi vida; como oficial de joyero me afinqué en mi vocación y aprendí a especializarme en lo que sería mi profesión”.
Ha hallado copioso material de inspiración en Shumiral, el pueblo en que nació. “Era un edén de abundancia; mi niñez se refleja ahora en mi edad madura”.
Este oficio le ha permitido plasmar sus delirios y expresar sus sentimientos a través de tesonera labor. “Nací para hacer estas cosas”, se define en pocas palabras. “Hacer lo que a uno le gusta y descubrir/se en el camino es muy bello”. Trabajó por igual en ágata, jaspe y calcedonia.
“Fueron unos pescadores de aguas profundas, quienes me presentaron el molusco”
De mirada serena y ademanes pausados, gesticula al recordar ése, su encuentro con el spóndylus, hace unos diez años. “Fueron unos buzos, unos pescadores de aguas profundas, quienes me presentaron el molusco. Hasta hoy, cuando van por pulpo y otras especies, de vez en cuando toman spóndylus”.
Los inicios fueron de duro aprendizaje, “incluso tuve que soportar la pérdida de una que otra pieza por no utilizar las herramientas adecuadas”. Son cinco operarios los que cortan y pulen piezas de concha. Previamente han tomado de bodega las mejores. Ahora, a pesar de que su taller está en Salinas, mantiene puntos de venta en Montañita, Quito y Guayaquil. Y genera trabajo: las cajas de madera de balsa para las joyas resultantes de su labor son hechas por mujeres de la localidad de Olón. Por eso piensa que a esta nueva provincia de Santa Elena hay que darle impulso y embellecerla para que siga formando parte del patrimonio cultural, histórico y natural del país Tras cortar cautelosamente una pieza, declara, emocionado: “esta ya de por sí es una joya; solo hay que engarzarla en plata y estará lista para exhibirla”.
Ha sido una tarea cuesta arriba al principio. Muchas piezas fugaban hacia Bolivia, Perú y Chile. “Pero desde que nosotros pusimos el taller, los comerciantes peninsulares prefieren vendérnoslas directamente”. Cada vez que trabaja, imagina que hace miles de años también los ancestros de la cultura Las Vegas lo hacían, solamente que con otras técnicas, tanto para su extracción como para el acabado. “Además, la concha sagrada fue la primera moneda que se utilizó en estas tierras; quién sabe si los amantes de Sumpa la disfrutaron”.
Piensa en el ambiente y cree que cada cinco años debería permitirse la captura de spóndylus, durante 6 meses; para nuevamente acceder a una veda de cinco años. “Personalmente me gustaría apoyar estas causas. Los pescadores y orfebres se benefician, pero no hay que abusar del recurso ni explotarlo masivamente”. Así, se tendría en alta consideración el material, como ocurre con la esmeralda en Colombia y Brasil, o el lapislázuli en Chile.
“Si hablamos de spóndylus, hablamos de fertilidad y naturaleza; pero también de una joya preciosa. Debería ser una marca de Ecuador”. Mientras tanto, René continúa a cargo de su taller. Con paciencia pule una pieza con su disco de diamante hasta darle el acabado preciso, antes de engastarla en su cuna de plata. No hay obstáculos en su trabajo: sus sabias manos conocen el camino.