Es menuda. De piernas cortas. El cuerpo prieto y la carne elástica. Pie pequeño; calza 36. Cuando habla es seria. Sin embargo, en su rostro sereno se adivina una sonrisa. Una sonrisa que anuncia satisfacción, también retazos de orgullo; ese orgullo de la gente del pueblo profundo, que no es avasallador, pero busca el reconocimiento, la aceptación que toda persona requiere. Dice que nunca ha quedado en quinto lugar, peor en sexto. A la vista nadie apostaría unas monedas por ella. Su voz sencilla y natural resuelve cualquier duda: "El peor lugar que he ocupado es el cuarto. Casi siempre gano". Se considera una campeona. Perder no es una opción para ella. Su piel tiene el color que el sol deja como huella cuando quema. Es un tono adquirido de tanto estar en la calle batallando por la vida. Alguien podría definirlo como el color cholo y áspero de la pobreza.
La calle junto a su casa está poblada por constantes ruidos de carros. Los buses pasan raudos como cuando Felícita corre. Su casa es un lugar sin abundancias. Apenas una pequeña sala, que también funciona de comedor, donde se observan un montón de trofeos y medallas que dan testimonio de su calidad como corredora; un dormitorio, la cocina y un baño.
En el barrio es una pequeña celebridad. Cuando sale a trotar para la foto los vecinos la observan curiosos y risueños. Para ellos es la atleta sin lujos, ni poses. A ella un poco la avergüenza la exposición fotográfica y para pasar el rato se va de largo en el relato.
"No pude desarrollarme porque a mis padres no les gustaban esas cosas, eran chapados a la antigua"
Su vida de correrías empezó en una pequeña competencia del colegio Provincia de Galápagos, en donde estudió la secundaria cuando ya era adulta. Recuerda que no deseaba inscribirse en la carrera porque pensaba que iba a quedar botada, que quizás llegaría última. Sin ninguna preparación y empujada por los anhelos de su profesor, intervino. Fue algo para lo cual no hizo planes. "Empecé a correr y después de un rato miré hacia atrás, me di cuenta de que no había nadie. Se me acercó un profesor en una moto y me dijo: ‘Vamos Felícita que va primera’. Cuando llegué a la meta, esperé un rato y empezaron a llegar mis compañeras. Entonces descubrí que sí podía competir y también ganar". Como dice la canción de Rubén Blades: "Sorpresas te da la vida". La frase le sirvió de inspiración y se lanzó con decisión a cuanta carrera se le atravesara en el camino. No esperó por más. Fue a correr en la competencia de Citizen y llegó primera en la categoría senior novato. No era tarde para empezar a ganar. Felícita tenía 29 años y estaba en segundo curso del colegio, había pasado mucho tiempo cobijada a la sombra de su padre, quien era muy celoso y no deseaba verla enredada en ningún asunto que no fuera la casa, tanto que hasta la retiró del colegio; solo pudo volver a estudiar cuando su padre murió.
Su primera salida del Ecuador fue a Pasto, Colombia. Se conectó con unos atletas quiteños. "Ellos hicieron un combito y me pagaron el viaje. Quedé en cuarto lugar y gané 150 pesos. Con eso viajé a la competencia de Cali, ahí llegué en tercer lugar". Ha corrido en Bogotá y en la internacional Río Cali, también en la maratón de Frontera a Frontera entre Ecuador y Colombia.
Sus frases amables son para todos aquelos que la apoyaron al principio. Recuerda. por ejemplo, a Juan "Chandinga", que la preparaba en la pista de la piscina olímpica de Guayaquil; también a Juan Huerta y Eloy Pazmiño, quienes le enseñaron algunos secretos del atletismo; no olvida a Juan Peña, que la inició en las carreras de fondo; reconoce que Juan Araujo le aportó la técnica para correr en la Sierra; hace una deferencia para Miguel Yúnez, quien la apoyó para su primer viaje a Bogotá; habla del profesor Pelayo, sargento de la Armada con el que entrena actualmente, y a la Federación Deportiva del Guayas, que estos últimos años la ha respaldado.
Recuerda sus tiempos de escuela cuando participaba en las competencias internas. "No pude desarrollarme porque a mis padres no les gustaban esas cosas. Eran chapados a la antigua", dice. La competencia más larga en la que ha intervenido es la maratón de 42 kilómetros de Guayaquil. Claro, después de la vida.