Durante sus juegos de infancia construyó un fuerte lazo con su tierra y su gente: aprendió el quichua y desempolvó reliquias. Hoy es un antropólogo de renombre.
Rodríguez Lara estaba en el poder cuando a Alfredo Costales lo llamaron al Palacio Presidencial, al despacho del Mandatario. Era director de la Misión Andina del Ecuador (dependencia encargada de integrar al indígena al proceso de desarrollo del país, dirigidos hacia la agricultura), en los años 70, y con la llegada de la dictadura, el deseo de acabar con dicha Misión apareció abruptamente. Repasa lo acontecido: “Empezó a echarme su sermón de cómo era posible que, estando en una institución de carácter público, dijera cuál es la suerte, la forma en que están viviendo los indígenas en el país y que así lo hiciera quedar mal”. “Señor Presidente”, le dijo, “Es obvio que voy a hacer conocer los problemas al país. Primero: soy ecuatoriano. Segundo: quienes sufren las consecuencias de nuestro estado agrario son los indígenas”. La conversación fue subiendo de tono. Luego escuchó el término “traidor” y eso fue suficiente. “Yo soy un ecuatoriano como usted y no tiene por qué decirme traidor”, le respondió al Presidente. Inició la “debacle”, que terminó con Alfredo Costales Samaniego lanzando un insulto, levantándose de su silla y golpeando la puerta al salir.
Hasta ahora no encuentra la razón por la cual el militar no lo hizo detener. Quizás le sorprendió que le haya hablado así. Lo cierto es que cuando llegó a las oficinas de la Misión, ya sabían lo que había pasado y lo alzaron en hombros.
Oriundo de Riobamba (de Lan Lan, para ser exactos), tiene en su memoria bien marcada la biblioteca de su padre, amante de la literatura y la historia, así como la cercanía con los indígenas que trabajaban en la hacienda familiar, durante su niñez. Por eso no recuerda un ‘momento’ en el que haya aprendido a hablar quichua, simplemente lo hizo, pues la única manera de relacionarse con otros niños era esa, hablar su idioma. Fue algo que se convirtió en parte de la forma de vida de entonces e, incluso, con el tiempo, en una herramienta para su trabajo, al tener que viajar por todo el país, haciendo estudios antropológicos en muchos lugares.
“Señor Presidente, voy a hacer conocer los problemas al país; quienes sufren nuestro estado agrario son los indígenas”
Estudió leyes y periodismo a inicios de los 50. Leyes por seguir la voluntad paterna y periodismo porque tenía tiempo libre por la tarde para hacerlo. Nunca ejerció la carrera de comunicador, aunque sí se ha dedicado a la escritura de libros y artículos, publicados en varias revistas. Una de sus primeras publicaciones salió a sus 18 años. En ella relataba el descubrimiento y excavación de una tumba en los terrenos familiares. “Entre las cosas que descubrí había esqueletos de aves de la región tropical, como papagayos y loros. Realicé cortes estratigráficos, fotografié los descubrimientos y utilicé el lenguaje del arqueólogo”, recuerda. Hubiera querido estudiar eso, pero no existía la manera. Al ser peón y luego asistente de una excavación que los reconocidos arqueólogos John Coller y John Murray realizaban a su paso por Chimborazo, recibió –de parte de ellos- la recomendación de que estudiara Antropología. Los científicos se sorprendieron por su empeño y capacidad de trabajo. E hizo caso.
Esto se tradujo en una beca en México y luego un retorno al país para realizar labores en el área aprendida. Fue parte del equipo que preparó y organizó el Primer Censo Nacional, en el Gobierno de Galo Plaza Lasso; eso significó viajes por diversos puntos y así consiguió “abrir los ojos al mundo de la Antropología Social”. Con otros expertos integró la fundación del Instituto Ecuatoriano de Antropología y Geografía, que tuvo vida hasta 1968. Lanzaron 13 informes, siendo los primeros trabajos de su índole en Ecuador. En ese tiempo, el deseo por evidenciar lo que estaba oculto era superior a cualquier temor o dificultad. “Todo era a mula o a pie”, dice. En esos viajes llegó al contacto con los indios colorados del sector de Santo Domingo, realizando la primera publicación sobre la etnia. Recuerda que para llegar de la plaza de Santo Domingo a Chigüilpe podía tomarse horas, en esa época. Hoy es cuestión de 5 minutos.
Y fue justamente ese deseo por revalidar a quienes han sido ocultados que decidió salir con estruendo del salón presidencial y quizás dejar a ‘Bombita’ Rodríguez Lara con un gesto de incredulidad. Ese mismo día lo llama un amigo del Ejército: lo van a detener. Pide ayuda a padres franciscanos y lo esconden en una de sus casas, hasta que la llamada del mismo amigo le informa que podía salir, que no había problema. “Me había dado el Municipio, en ese entonces, el Premio Tobar al mejor libro escrito y quien debía entregármelo era el Presidente. Todo tranquilo entonces, todo tranquilo”.