Tomada de la edición impresa del 28 de septiembre del 2008

FOTO: Carlos Pozo

Jorge Chicaiza.

Jorge Chicaiza: El danzante anónimo

Datos


Jorge Chicaiza fue personaje del documental Minadores, de la ecuatoriana Paola Rodas, que se estrenó en la última edición del festival Encuentros del Otro Cine. En él se develan las difíciles condiciones en que varias familias de minadores viven desde hace varias generaciones.


Jorge vive en el barrio La Lucha de los Pobres y actualmente realiza prácticas de docencia  en el colegio Manuel María Sánchez, con los últimos cursos. Es profesor de la materia optativa de danza para los terceros años de la Facultad de Filosofía de la Universidad Central del Ecuador (UCE).


Cree que el perfil bajo que maneja, a pesar de pertenecer a un gran número de grupos de danza, le sirve para concentrarse exclusivamente en perfeccionar su arte. Su trabajo, de todas maneras, ha llamado la atención. Hoy recibe el apoyo de la Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador.


Su grupo fue invitado a la Jornada Libertaria. También presentaron su repertorio en el encuentro de danza, a propósito del XV Congreso de la Organización Latinoamericana y Caribeña de Estudiantes. Sus hermanos Lourdes y Orlando viajaron a España a buscar un nuevo futuro.

Es minador y estudiante de contabilidad, además de maestro de danzas tradicionales en la Universidad Central. Allí encontró un mundo a la medida de su destino.


Desde los ocho años su futuro estaba sentenciado. Debía trabajar como minador en el ex botadero de Zámbiza, así como su madre María y sus tres hermanos. La vida a Jorge Chicaiza no le dio tiempo para imaginar o jugar como a otros niños. Inevitablemente tuvo que madurar temprano, asumir que debía contribuir económicamente con su hogar. El tiempo y las condiciones fueron sus enemigos.

Sin embargo, desde los 11 años sentía que había algo más que su trabajo y sus estudios en la escuela Juan Genaro Jaramillo. No se equivocó. Entre sus primeros recuerdos están las fiestas tradicionales de Latacunga y la algarabía con la que danzaba su padre Bonifacio. Entonces encontró un mundo en el baile folklórico, un respiro hermoso y necesario.

Apenas a los 12 años, ya con el criterio de un adulto, se fijó como meta bailar y también estudiar una profesión. Presentía que no iba a poder vivir de lo primero y era necesario lo segundo. Hoy a sus 31 años es un bailarín consolidado, que ha obtenido experiencia en el grupo de danza del Centro Ecuatoriano de Teoterapia Integral (CENTI), en el Ballet Ecuatoriano Sarance, en el Frente de Danza Independiente, y está a punto de graduarse de Licenciado en Contabilidad.

A esos proyectos, que se fijó desde chico y que cumplió año tras año casi de manera sistemática, se sumó la intención de dejar en otros la esencia de las danzas tradicionales que tiene el Ecuador. “Ese es mi deseo más noble, mi pequeño aporte al país”, dice. 

De Jorge Chicaiza y de sus proyectos se conoce poco en Quito. Es un trabajador anónimo, de esos que pasan desapercibidos por la calle. Un desconocido, incluso en la Universidad Central del Ecuador (UCE), donde es maestro de baile y tiene a cargo a 72 alumnos, 32 en el grupo de la danza de la UCE y 40 en la facultad de Filosofía.

“Cambiar el estilo a las danzas ecuatorianas sería como cambiarme el nombre o negar
las raíces de mi padre”

No lo hace por dinero, de hecho ni siquiera recibe un sueldo. Su trabajo es silencioso, casi imperceptible para las autoridades, a pesar de que forma desde hace tres años a uno de los grupos juveniles más reconocidos de danzas andinas. Sus alumnos hace dos semanas obtuvieron el segundo lugar en el Festival de Música Folklórica de Calderón y se ubicaron, por dos años consecutivos, entre los cuatro primeros lugares del concurso nacional La Piña de Oro, en Milagro.

Pocos saben, que a pesar de sus triunfos, aún trabaja como minador los miércoles y los viernes en la nueva Estación de Transferencia n.° 2 Poroto Huayco. Que se levanta desde la madrugada y termina su jornada muy por la noche. Que sueña después de 23 años de labor, en alejarse definitivamente de la estación: “Porque desde que era niño siempre fue igual. Unos trabajan, otros se llevan el dinero. Hay intereses de por medio. Yo pertenecí al Comité de Vigilancia y por cualquier idea diferente podía ser un enemigo. Ahora solo voy por ayudar a mi mamá…”

Jorge parece aprovechar cada momento. Lee un libro cerca de la pileta de la Universidad Central mientras espera a sus dirigidos. En sus clases es paciente. Tiene estructuradas cada una de las coreografías, que son inspiradas por la música que escucha los fines de semana y sus visitas a los pueblos campesinos – indígenas de la Sierra ecuatoriana.

No intenta ser estético en su baile. Trata de encontrar la expresión más pura de los pueblos originarios, “cambiar el estilo a las danzas ecuatorianas sería como cambiarme el nombre o negar las raíces de mi padre, que creció cerca de Latacunga y que bailaba en las fiestas tradicionales”.

Su alumno y amigo, Jorge Llumiquinga, es estudiante del Instituto Nacional de Danza. Él, a pesar de que fue formado con un método diferente, aprecia de Jorge su entrega y su forma de bailar: “Mantiene ese sentimiento popular de la gente y lo hace desde el corazón.  Pero siempre le digo que me enerva su extrema humildad. Ha trabajado para el reconocimiento de otros…”.

Es que si sus enemigos han sido el tiempo y las condiciones difíciles en las que creció en Zámbiza, hoy Jorge Chicaza prefiere no confrontarse con nadie. Más bien intenta dedicarle todo su esfuerzo a imaginar, a sentir que el baile milenario le traspasa el cuerpo. A volar por un momento, hasta en esos días en que es contador y minador.
Galo Betancourt
gbetancourt@telegrafo.com.ec
Reportero

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