Con la perseverancia de quien considera su oficio un apostolado, llega cada semana a San Carlos a ofrecer sus palabras como un bálsamo. Y muchas son las familias que se lo han agradecido.
No habla latín, no usa sotana y mucho menos le recogen ofrendas; no ha leído la Summa Teológica, aguarda paciente la tonsura del tiempo y su nombre recuerda vagamente a alguno de los césares de la decadencia de la Roma imperial. Sin embargo, tiene tantos o más fieles oyentes que cualquier párroco en ese recodo agreste de la provincia del Guayas, donde la gente suele acostarse con un padre nuestro y levantarse con un avemaría.
Desanda el camino lentamente, como en solitaria procesión, y recuerda que, la primera vez que llegó al pueblo, allá por el 2006, fue, para él, como un fulgor en la oscuridad. Casi sin pedir permiso, sin más prólogo que la de una fe compartida a rajatabla y el deseo de mostrarse tal cual era, irrumpió recitando en plena iglesia de San Jacinto: “Se está por empezar la zafra en La Troncal , ingenio que en la ocasión necesitaba peones. En eso dentró Julián, mozo apreciado de tuítos, sírvale un trago al parcero. Gracias, amigo, no tomo...”. Pocos imaginaban, a la sazón, que el protagonista de aquel poema, diletante y arrepentido, era él mismo, ni más, ni menos.
Su presentación, así, cruda y descarnada, haciendo “chillar” las palabras, como diría Octavio Paz, sedujo a más de uno, incluso a aquellos que, sorprendidos, veían en aquel hombre una especie de predicador impostor, advenedizo. ¿Quién se creía éste que, conjugando versos, “llanto y pataleo”, casi, casi había eclipsado al padrecito Jacinto, siempre tan acertado en sus sermones? ¿De dónde había llegado y qué se proponía haciendo todo ese drama de su vida pasada?
Poco tiempo después lo comprendieron y supieron que su llegada a la parroquia San Carlos, en Naranjal, tierra próspera y bananera, pero que estaba postrada espiritualmente, hundida en la ciénaga del abandono y la inopia moral, fue como una bendición dada muy a tiempo.
“¿Quién se creía éste que, conjugando versos, ‘llanto y pataleo’, casi, casi había eclipsado al padrecito Jacinto?”
El hermano Tarquino, como suelen decirle, asegura que, lejos de ser un ejemplo para todos, solo hace lo que puede y siempre, tensando su último músculo, se da fuerzas para volver al pueblo desde La Troncal -en la provincia del Cañar- en su maltrecho Trooper, todos los martes, y no dejar inconcluso lo que un día comenzó con tanto entusiasmo y convicción: el alivio espiritual de un gran sector del pueblo sancarleño.
Por ello hace hincapié en la necesidad de intensificar su estrategia para con ellos: inducirlos a que asistan, durante tres días, a los retiros espirituales que organiza el Movimiento Laico Juan XXIII en algunas ciudades del país. Allí, compartiendo vivencias con otras personas -delincuentes, madres solteras, alcohólicos, prostitutas, sacerdotes, profesionales, homosexuales, pobres y ricos-; descifrando angustias existenciales, reivindicando dioses de carne y hueso, conminando a Dios a que se manifieste sin hostias de por medio, pueden hallar la solución a sus problemas siempre y cuando adopten para sí la consigna de dar amor, entrega y sacrificio.
Muchas familias que habían perdido su norte hoy se han reencontrado con él y viven una vida sencilla, pero apegada a los mandamientos de Dios. Lo saben los Quevedo, los Angulo, los Chávez, los Galeano y él, más que nadie, que llegó a morder el polvo humedecido por el alcohol, lo sabe. Restaurar a muchas de ellas ha sido su mayor anhelo, pues afirma que “una familia feliz hace a una sociedad más justa”.
Confiesa que, humano y falible como todos, a veces ha estado a punto de renunciar a su misión, ya que pese a que la mayor parte de la comunidad reconoce su labor como reclutador y guía espiritual del Movimiento, no siempre hay la condigna respuesta al que cree su apostolado ni a esa vida de sacrificio cotidiano.
Asegura que la gente no persevera, flaquea y vuelve a caer.
El hermano Tarquino lo entiende, pero no quisiera, como el Santo de Asís, tener algún día que dejar al lobo en su madriguera y partir con lágrimas y desconsuelos.
Por eso, este martes, como todos los martes, haciendo uso de su magisterio escolar, volverá a la iglesia al caer la tarde y volverá a decir, como siempre lo hace: “Con Cristo, todo; sin Cristo, nada”.