Su academia, a punta de esfuerzo, se hizo legendaria, cuando Urdesa era un barrio sin pavimento. Su enseñanza fue simplemente ponerle pasión a cada brazada.
Va atardeciendo a lentísimo paso de nube y el cielo se esmerila, adormilado. El agua tersa de la piscina es un tambor silente al tiempo que la luz pule el espejo de la superficie. De repente, a una señal de Pepe Ferretti, se despierta el movimiento. Todo parece saltar de un estado fotográfico y volcarse a la fluidez de un filme. Es entonces cuando los muchachos que aguardaban hasta hace un segundo en el borde abaldosado se sumergen para dar brazadas acompasadas en reñida competencia hasta la meta.
El infaltable cronómetro yace en las manos de Pepe, quien se ha configurado como un verdadero mentor de los chicos, y se detiene al llegar el primero de ellos. Hay que dar instrucciones para que otras manos apoyen la jornada y estén al tanto del tiempo obtenido por los demás competidores. “Tenemos que seguir trabajando”, anuncia a los que lo rodean. En la otra mano lleva un teléfono celular con el que tiende lazos o da indicaciones varias.
A unos pasos detrás de él, en un corcho bien organizado, mantiene las distintas marcas que se ofrecen como tiempo récord en los distintos estilos y distancias. “Es una manera de darnos el incentivo, y a la vez de estar actualizado, pues no es raro que se pretenda batir alguno y se lo logre”.
Diríase que en su mirada hay también un mundo de agua aprisionada. El color celeste de sus enormes ojos lo contempla todo detrás de sus lentes y evoca tiempos de cielos más claros y límpidos. Luego de que aprendió a nadar, en sus años de adolescente, dedicó muchas horas a practicar en la Piscina Olímpica. “Incluso me fugaba de clases para ir a nadar; entrené también en la piscina de Emelec con Abel Gilbert”. No importaban las condiciones que pusiera el clima como obstáculos. “Hacía un frío descomunal por el viento que viene del Estero Salado; pero igual veníamos cuando ya entrenábamos en el Tennis Club, y salíamos al anochecer”.
“Hacía un frío descomunal por el viento que viene del Estero Salado; pero igual veníamos, y salíamos al anochecer”
No todos los tiempos a los que se transporta han sido buenos. Cuando superó el récord sudamericano en 100 metros, estilo mariposa, no le duró mucho la alegría porque en esa misma noche, unas horas más tarde, el argentino Fanjul volvió a romperlo. Como su hazaña fue a las 10:00 y la del nadador gaucho a las 19:00, su récord no fue registrado, sino el de la noche. “Son cosas que suceden; pero me molestó mucho, por supuesto”.
Tiene, sin embargo, agradables recuerdos de su trayectoria. Urdesa era eso: la Urbanización del Salado y apenas había una que otra casa hasta que fue poblándose; siempre guardando su régimen residencial. Fue cuando decidió armar la academia de natación que tantas satisfacciones habría de darle a la postre. “Urdesa estaba llena de gente joven; era un barrio amistoso donde la gente venía con sus hijos a nadar y a pasar un buen rato”. Las relaciones que mantenía con los miembros de la academia y del club Ferretti eran las mejores. Incluso se armaba una fiesta de Navidad, donde se hacía una competencia en la que participaban padre, madre y dos hijos por cada familia. En la fiesta tocaban los Corvets, con el doctor Vallarino como vocalista, que también nadaba en el club. “Urdesa no estaba pavimentada; en invierno las lluvias hacían que pareciera que había dos piscinas: la de la academia y la que había en la avenida Víctor Emilio Estrada, que se anegaba”.
El club Ferretti rompió muchos récords nacionales. Hizo incluso varios viajes al exterior. Estuvo en Punta del Este (donde obtuvo 6 medallas) y en Daytona Beach (donde venció al “Big Five”, grupo de clubes formados por talentosos cubanos).
En cuanto a su club en Urdesa, refiere que “poco a poco la gente se fue casando y teniendo hijos; así que se cambiaban a otros sitios y se fue despoblando el barrio; perdió su característica residencial y se fue haciendo demasiado comercial”. Cerró el club y vendió las instalaciones hace 10 años, pero se mantiene activo a pesar del intransigente pasar del tiempo. Convocó a gente del mundo de la natación; y no tardaron en acudir muchos. Ahora se ocupa de entrenar a los más jóvenes.
Por hoy, termina el entrenamiento en la piscina del Tennis Club; los chicos emergen y todavía son uno solo con el agua. Después, paulatinamente el viento extiende sus dedos sobre la superficie de las aguas para inventar rizos y ondas en renglones parejos y la piscina de repente semeja una página de caligrafía Palmer.
La luz natural se pierde y el aroma del cloro se esfuma entre las sonrisas, satisfechas, semejantes a un puñado evanescente de rala espuma.