Un día llegó a Bucay y no se fue más. Cultivado en la tradición ferroviaria, sesenta años después, comparte la historia que le tocó. Su voz es la de un erudito en el tema.
Es de una época donde no había carreteras. Pertenece a una ‘raza’ que vivió la gloria y también el deterioro del ferrocarril ecuatoriano. En su memoria se agolpan los recuerdos de un periodo que el tiempo ha suprimido de la memoria colectiva; la vida que se fue con prisa por esos rieles que transportaban felicidad; compañeros que se le adelantaron en el último viaje sin maquinista; la alegría que agoniza en cada vagón que duerme un sueño de vergüenza. Todo se le antoja lejano. La dicha se esfumó. Lo acompaña la nostalgia y alguna sonrisa caprichosa de un humor atrasado.
Sentado en una silla de plástico, a la puerta de su casa en Bucay, se larga en un recorrido -que bien valdría un documental- por los caprichos de una historia que retrata uno de los rostros del Ecuador; cuando el ferrocarril era el rey y la vida sin él no era posible. “Ingresé a trabajar a los 17 años. Era meritorio y practicaba como fogonero de patio en busca de una oportunidad para quedarme fijo”. La voz de Don Heri -así lo saludan todos- está habitada por sus 79 años, es gruesa, pero amable; es una voz sin distancias, que invita a acercarse. En los inicios reemplazaba a los que salían de vacaciones. Un día se presentó a un examen para fogoneros y maquinistas; y al fin consiguió su sueño, porque según él, los que nacían junto a las vías del tren, siempre anhelaban hacer sonar el silbato que anunciaba su llegada.
Empezó como fogonero en julio de 1946. El 11 de mayo de 1957 se convirtió en maquinista de carrera. Los ascensos eran mediante cursos y exámenes que se rendían ante un tribunal competente asignado por la gerencia. Era personal calificado y Don Heri dice que los puestos no se ocupaban por palanca, ni por influencias, ya que el reglamento de tránsito ferroviario es muy estricto.
“Ahora parece un pueblo fantasma, como muchos otros por donde antes pasaba el ferrocarril... están abandonados”
“Yo vine del colegio en Riobamba. Bucay era una población pequeña; un campamento ferroviario donde todo giraba en torno al ferrocarril. Vivíamos bien en esos tiempos. Cuando cayó en decadencia las cosas se pusieron bastante malas”. Refiere que se acostumbró a la vida en Bucay porque estaba cerca de Huigra, su pueblo natal. Ahí vivían sus padres. La gente no deseaba estar en Bucay porque había paludismo y renunciaban con facilidad, pero acepta que era la mina del puro (aguardiente). “En cambio Huigra era un paraíso. Los médicos recomendaban a sus pacientes que fueran a recuperarse ahí. Ahora parece un pueblo fantasma, como muchos otros por donde antes pasaba el ferrocarril... están abandonados”.
En el sosegado celeste se sus ojos se fija la tristeza, cuando relata que el convoy que salía de Durán con 24 carros se dividía en Bucay para siete trenes, porque en la montaña había una gradiente del 5%. Entonces las locomotoras de vapor tenían capacidad para jalar 160.000 libras. Cuando llegaron las de diesel, que eran más potentes, jalaban 180.000 libras.
Su comercial favorito era el de Tropical. Ahí el tren pasaba por la Nariz del Diablo. Con una nostalgia que hace daño, Don Heri recuerda que realizaba todos los días ese trayecto en la máquina 58. Era un viaje largo, pero los pasajeros viajaban entretenidos admirando los hermosos paisajes; los extranjeros siempre tomaban fotos y muchos filmaban.
Desde la bajada de Lican, cerca de Riobamba, se podían observar los volcanes Tungurahua y Chimborazo completamente despejados. “Yo no sé por qué al ferrocarril lo dejaron a un lado”, se pregunta entristecido. “El tramo de Bucay a Durán ningún motivo dio, estaba trabajando bien con locomotoras de 42 toneladas, hechas en Durán en un 80%. La 11 y la 14 eran como manejar un automóvil y jalar diez coches de pasajeros. Una belleza, pero así es la vida”.
Conocedor de todas las rutas, horarios y frecuencias, reconoce que no hay palabras para explicar su desconsuelo porque el ferrocarril no trabaja más. Cuando camina entre los durmientes envejecidos, con el monte ocultando esos hierros que saben la historia, lo invade la desazón. Rememora la época de cuando se movilizaban hasta 30 trenes diarios mediante órdenes telegráficas en clave morse; y la gasolina en Quito no podía fallar (el tren era el único que la llevaba). En fin, cuando la vida del Ecuador pasaba por el humo del ferrocarril.