Desde hace décadas el clan Cruz se ha dedicado a fabricar monigotes para la quema de fin de año. José es un artesano que, con talento y amor por lo que hace, honra su herencia.
El sol se enarbola a sí mismo como un pendón de fuego: la calle 6 de Marzo es un larguísimo taller donde el calor trabaja fundiendo el alquitrán en el pavimento. La cansina ruta guía los pasos hasta la intersección con Maldonado. Allí cambia la cosa y se desarrolla un frenético bullir de gente que va y viene con madera, cartón, papel y pintura. Es el taller del Chino Cruz, que es como lo conoce casi todo el mundo.
Una serie de monigotes a medio hacer se acomoda de pie en la acera, en inmóvil procesión. Los hay de distintos tamaños y de las más variadas formas; están espaciados para dar lugar al enjambre de trabajo de los que se dedican a pintarlos y darles el mejor acabado posible. Desde los diez años, José se recuerda dedicando gran parte de su tiempo a observar a sus mayores mientras trabajaban en la fabricación de muñecos para el fin de año.
“Fue en una de las primeras presidencias de Velasco Ibarra; mi abuelo no hizo un muñeco de aserrín como todo el mundo, sino de madera e incluso lo fabricó con la boca móvil para que simulara hablar”. Desde allí han sido cuatro generaciones dedicadas a trabajar con las manos.
La familia opera en distintos puntos: las intersecciones de 6 de Marzo con Calicuchima, Santa Elena; en 4 de Noviembre y Guerrero Martínez, “e incluso un primo se fue a Colombia y ha llevado hasta allá su trabajo y está haciendo muñecos y enseñando a fabricarlos”.
No se contentó con una sola ocupación y, con el entrenamiento debido, se convirtió en maestro soldador y en fabricante de marionetas de madera, alambre y felpa. “Por eso nos consideramos artesanos y artistas al mismo tiempo”, afirma José, lápiz sobre el lóbulo de la oreja derecha.
Hay gente de empresas que llevan la fotografía del jefe para que el monigote salga lo más parecido al modelo. Cuenta José que una vez, un señor de cierta edad se apareció en el taller y le dijo: “Ése soy yo; ¿quién lo mandó a hacer?”. Obviamente, el secreto de confesión pudo más y José no llegó a delatar a su cliente.
De un lado a otro del taller, su calmada voz anuncia el camino a seguir. Y el suyo no es un mudo clamor en el desierto; hay dibujantes, pintores, escultores y encoladores que se mueven sincronizadamente, cada uno en lo suyo. “¡Maestro de maestros!”, grita un vecino al pasar, y saluda con la mano en alto a José.
“La inteligencia y el saber se
deben unir a la habilidad
con las manos”
En el taller se trabaja todo el año. “Muchos piensan que solo hacemos monigotes de año viejo; pero, ya sea con cerámica, fibra, cartón, papel o madera, también fabricamos escenografías para eventos, carros alegóricos, trenes en forma de gusanos para parques de diversiones, juegos infantiles, etcétera”. Recuerda como si fuera hoy las veces que empresarios lo han llamado para que animara los números y les diera vida a los trucos de varios castillos del terror y museos de cera. Ahora se encuentra empeñado en fabricar las estructuras de una torre Eiffel, un Coliseo Romano y una Gran Pagoda para un colegio de la ciudad en el que comenzarán pronto las jornadas deportivas.
Recorre con la vista los rectángulos en papel kodak que cubren parte de las paredes del taller. Ahí está el muñeco de King Kong, de 8 metros, que hizo para un circo que se contactó con él. Más allá, uno de los carruseles que ha creado. También unos muñecos con la figura de Don Buca, de la época en la que era alcalde. “Unos hombres irrumpieron en el taller y nos quitaron unos muñecos y destruyeron los demás... quizá porque habíamos tenido muchos pedidos”.
Así, entre yeso y madera, no han sido pocos los que le han sugerido armar cursos de cómo hacer monigotes, muñecos y marionetas.
En cuanto a los “años viejos”, demora tres días en darle acabado a uno de regular tamaño; los más grandes le toman una semana.
“Esto es una fiesta todos los años”, dice señalando la 6 de Marzo. “Tenemos auspiciantes que nos ayudan con el costo de los decorados y premios, y el permiso municipal para exhibir los muñecos”. Todos venden los suyos. José saca parlantes para amenizar la víspera del fin de año; y al fin quema incluso los moldes. Vienen turistas de muchos lugares. Hijos de ecuatorianos que viven en el exterior y nunca vieron este espectáculo. Un español le dijo alguna vez que se parecen a las fallas valencianas. Él sentencia, simplemente, con su máxima: “La inteligencia y el saber se deben unir a la habilidad con las manos”.