Tomada de la edición impresa del 18 de septiembre del 2008

FOTO: Alejandro Reinoso

Carlos Ríos.

Carlos Ríos Roux: Los anhelos del pibe

Datos


Nació el 21 de mayo de 1949. Se nacionalizó ecuatoriano cuando se graduó de Arquitecto. “No lo hice para jugar, lo hice para ejercer la profesión”, aclara. Está casado desde hace 33 años con Patricia Touma. Tienen 4 hijas: Ana María -la madre de sus dos nietas-, Blanca, Carla y Paula.


El fútbol no sólo le dio la posibilidad de conocer un país al cual está ligado emocionalmente, también le dio la posibilidad de conocer a Patriciasu esposa. La madre de ella era dirigente de Liga y su padre fue el médico del equipo. “Cuando firmé el contrato para jugar no leí las letras chicas…” bromea.

 

No abandonó de golpe el fútbol. Hizo los cursos necesarios para ser técnico y mantuvo el vínculo con la Liga durante 4 años, dirigiendo las divisiones inferiores. En ocasiones le tocó ser el técnico interino cuando el equipo lo necesitó, y cuando Sócrates fue el DT, Ríos se convirtió en el asesor.


Ha trabajado en  comunidades indígenas, sobre todo del Puyo, en un proceso mancomunado de distintos frentes: autoridades, representantes sociales y organismos internacionales. Fue, además, parte del equipo de reconstrucción de los daños que se ocasionaron por el terremoto de 1987.

Actualmente es el Coordinador del Área Técnica de la Facultad de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. También es el Coordinador de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Intercultural de las Nacionalidades y Pueblos Indígenas, Amawtay Wasi. 

Una enfermedad lo alejó del fútbol, su primera pasión, pero eso le dio el impulso necesario para hacer algo por aquellos que no tenían nada. Pasó de goleador a arquitecto.


La infancia fue como un oráculo que atinó con su destino: recuerda tener entre 7 u 8 años, recorrer algún sector de Salto, donde nació, y buscar una cancha para jugar un partidito de fútbol. Sus días, además, ya desde entonces, están ligados a la construcción de casas para los que no tenían una, y eso era muy común en Salto, una zona pobre del Uruguay. Lo que ocurre es que para localizar la cancha, se caía de vez en cuando en los terrenos de una iglesia regentada por sacerdotes italianos, quienes les permitían el juego a Carlos y sus amigos con una condición: ayudarlos a levantar viviendas para los más pobres.

Entonces hay memoria, y luego decisión. El niño se convierte en jugador profesional, primero en las menores del Peñarol, el equipo insigne de Uruguay, después en el equipo titular, como centro delantero que debía reemplazar a un monstruo: Alberto Spencer, que por una lesión  no estaba en el equipo. Lo hizo bien, pero “el puesto era de él”, dice Carlos Ríos, ya en Quito, casi 40 años después. Esa época juvenil y la niñez sirvieron de formación al pibe, le  ayudaron a gestar el carácter que se requería para ser futbolista. “Entre la emoción y la violencia de los barrios populares se va forjando un ego para jugar de visitante”, dice. Es por recomendación del mismo Spencer y de Polo Carrera -otro monstruo venerable del fútbol ecuatoriano-, que llega a Liga Deportiva Universitaria, en 1969. Tenía 19 años y una carrera por delante.

“Entre la emoción y la violencia de los barrios populares se va forjando un ego para jugar de visitante”
Algo pasa en el camino. Juega de los 19 a los 22 en Liga y luego pasa al Deportivo Quito. Un año, aproximadamente, permanece en las filas del equipo “chulla”, hasta un enfrentamiento con Nacional. Mete dos goles aquel día. “Ya venía expectorando sangre y después del partido me sentí muy mal. A la noche tenía un gran dolor en la espalda y en el chequeo los doctores me diagnosticaron una embolia pulmonar”.

Desde ahí debió hacerse asiduo consumidor de anticoagulantes, aunque apenas hace 4 años supo con certeza qué tenía: el síndrome antifosfolípido. Pero en ese instante lejano la rabia y la preocupación entraron a la escena, pues debía dejar de lado su fuente de ingresos, tenía que buscar algo más para vivir. Sin embargo, no decayó su espíritu y lo intentó una vez más. A los 26 años firma con Liga de Portoviejo y juega un partido contra su antiguo equipo: la Liga. Mete un gol, es un profesional ante todo. En el entrenamiento posterior llega la desgracia completa, cuando alguien lo lesiona. “Una rotura de meniscos y nada más…”, musita.

Carlos Ríos está obligado a empezar de cero. Deja de lado las heridas de guerra, las fracturas, las costillas rotas, las cicatrices del deporte y revalida su título de bachiller y entra a estudiar Arquitectura a la Universidad Central del Ecuador, recordando la dinámica que encontró cuando llegó al país: “La Liga era un equipo que estaba formado por un 80% de estudiantes o personas relacionadas con la Universidad. Eran estudiantes de Medicina, Administración, Arquitectura, etc.”. Es en la Arquitectura que halla una nueva razón de ser, ligada, obviamente, a sus inicios: “Provengo de un grupo social con carencias, así que fue algo natural lo que hice. El fútbol es un deporte popular, que te da un vínculo con el pueblo, se transforma en un compromiso con la gente, en algo que roza lo ideológico”. El objetivo de Carlos era aprender y desarrollar las herramientas requeridas para dedicar su vida a la investigación de técnicas constructivas de bajo costo.

Su trabajo le ha significado premios y reconocimientos en el país y en el extranjero. Entre ellos, uno otorgado por el Pacto Andino (actual Comunidad Andina), en 1987, gracias a las construcciones en madera. Ha buscado, además, crear sistemas que involucran el uso de pómez y distintos tipos de caña, “con la idea de potenciar los recursos locales. No se ha tratado de ofrecer ‘recetas’ para un lugar en particular, sino de fortalecer lo de cada lugar”. De esa manera, Carlos, por su cuenta y de la mano de diversos profesionales, ha buscado mejoras en las comunidades en las que ha intervenido, especialmente de la Amazonía y de la Sierra. El goleador transformado en arquitecto sabe que el partido no termina todavía. Y su dignidad le impide, a pesar de cualquier lesión, pedir el cambio.
Eduardo Varas
evaras@telegrafo.com.ec
Retratista

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