Tomada de la edición impresa del 17 de septiembre del 2008

FOTO: Amaury Martínez

Agni Castro.

Agni Castro: Calor de campamento

Datos


Agni Castro Pita nació el 16 de diciembre de 1948, en Guayaquil. Desde joven le interesó el arte, especialmente la música, así como la posibilidad de interactuar con personas de distintas culturas y sociedades. Sus años en el Acnur le han dado la oportunidad de aquello.

 

A principios de los setenta estudió, en el Instituto de Estudios sobre Desarrollo de la Sorbona de París, mecanismos de desarrollo y planificación. “París era un sitio muy interesante para vivir. Siempre sentí que era una ciudad muy receptiva con los latinoamericanos. Era, además, una época muy intensa”.

 

A finales de la misma década realizó un doctorado en Geografía Humana y realizó diplomados en Relaciones Internacionales y Desarrollo y Cooperación, en la misma universidad. Con todo ese bagaje entró al Acnur, “pero el aprendizaje más importante lo obtuve en los campamentos de refugiados”.

 

Desde que se vinculó al Acnur, ha viajado sobre todo por Centroamérica, trabajando en Guatemala, Honduras, México y Costa Rica. También integró la delegación del Acnur en Buenos Aires, Argentina, del 2000 al 2002, y la de Bogotá, Colombia, desde 2005 hasta 2006.

 

En Guatemala tuvo ir a las comunidades a las que algunos refugiados debían regresar. Había casos de una misma familia, desmembrada tras la salida de los hermanos hacia México, mientras otros se habían quedado para cuidar a los padres ancianos. Algunos se resistían al retorno de sus familiares.

En la selva centroamericana conoció a gente que había perdido todo y aun así compartía su comida con él, en agradecimiento a la lucidez de su humanidad.


Agni estaciona los ojos en quién sabe qué latitud de una memoria a la vez íntima y plural: la suya y la de los refugiados latinoamericanos. Cicatrices hay, pero también ejemplos de la humanidad más cierta.

Recuerda que alguna vez, en la agreste selva guatemalteca, le tocó ver  el arribo –en helicóptero- de un grupo de embajadores de la Unión Europea, con impolutas guayaberas adquiridas para la ocasión, y los rostros enrojecidos. “Hablo de la Guatemala profunda”, precisa, “a donde solo se llega en mula o a caballo después de dos días”.

Reunión con la comunidad; los delegados proponen construir una escuela. “Queremos discutirlo un poco entre nosotros”, contesta la gente. Los ancianos presiden aquella asamblea improvisada sobre polvo y hojas como de papiro calcinado. Después de una hora, dicen estar agradecidos, pero declinan la oferta. Una mezcla de  sorpresa y disgusto estropea el rostro de los forasteros. Increpan: cómo es posible que el pueblo se dé el lujo de decir que no. El más anciano levanta el relampagueo de unos ojos indígenas. “Mire señor”, comienza, “en esta comunidad, las mujeres son las que cortan la leña, cuidan las gallinas y los cerdos. Los hombres salen a trabajar a los cultivos, y los niños son los que traen el agua; porque la primera fuente de acceso a ella está a una hora en bajada por la pendiente, por recovecos estrechos. Como son niños pequeños, tardan en regresar. Hacen dos trayectos en el día; dígame usted, ¿a qué hora van a ir a la escuela?... constrúyanos mejor unos pozos de agua”. Agni sonríe mientras desgrana lento, palabra a palabra, aquella anécdota. “Prefiero contarla así”, explica, “ porque así habló ese indio viejo. Los indígenas hablan con pausas. Con pausas cargadas de sabiduría”.

“Cambiamos de sitio, a veces de lengua, pero siempre nos encontramos con los mismos”

La selva no lo intimidó nunca. Tampoco el ambiente académico más exigente: a la Sorbona llegó después de sus estudios de Agronomía en la Universidad de Guayaquil, buscando hacer una maestría en Sociología Rural. Tardó poco en convencerse de que lo suyo estaba, definitivamente, en las Ciencias Políticas. Y eso estudió.  Y allí se quedó. Entre 1972 y 1985 pudo percibir el cambio de la sociedad francesa: un hálito de Mayo del 68 aún por los meandros parisinos, el Centro Pompidou, el Presidente Pompidou, luego Giscard d´ Estaing y la transición a Mitterrand; hasta que ingresó a la ONU a trabajar con refugiados.

Y trabajo sobraba, eran años de guerra civil en Centroamérica. Se instaló de inmediato en un campamento de exiliados salvadoreños en Honduras, cerca de la frontera, apenas a unos kilómetros del río Lempa. Y recuerda -aún con los ojos imantados en su extravío- a un hombre que cuando se enteró de su nacionalidad, se acercaba cada noche a su tienda, guitarra en mano y guarecido bajo un sombrero amplio,  a tocar canciones de Julio Jaramillo. “Algo completamente surrealista… en un pueblo perdido… el teléfono más cercano quedaba a tres horas, cuando funcionaba”, recuerda, pulgar e índice junto a la cabeza, como un auricular.

Agni, quien ha estudiado música desde la infancia, acompañaba al hombre con un acordeón aporreado por el trajín y el clima. Con ese mismo instrumento enseñaba villancicos a los niños en tiempos de Navidad. “El 24, columpiándome en mi hamaca, oía a los niños en su oficio religioso; y, a cuatrocientos metros, los tiros al aire de los soldados que también celebraban”. Habla con pausas. Con pausas cargadas de sabiduría.

Continúa revisando su periplo: De Honduras salió a comienzos del 87. Se fue a Costa Rica a trabajar con refugiados nicaragüenses. Después pasó a Guatemala, a realizar un trabajo orientado a las posibilidades de retorno de los refugiados guatemaltecos en México. Recuerda que algunos de los poblados que visitó en este último país ya estaban captados por el calor del zapatismo. Luego Colombia, desgarrada. A todos lados fue, vio, pero no le interesaba vencer, sino remediar: “Donde vamos, cambiamos de sitio, a veces de lengua, nos enfrentamos a distintas fisionomías, pero siempre nos encontramos con los mismos”.

Desde hace dos años está al frente de la oficina de Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, en España. Ahora intenta ayudar, sobre todo, a inmigrantes africanos, esos que lanzan sus papeles al agua durante sus travesías, para que las autoridades no sepan a qué país deportarlos. Cambió el nimbo de mosquitos de los campamentos por una oficina. El acordeón por una corbata. Quizá es solo una pausa en su febril aventura de selvas secretas. Una pausa, claro, cargada de memoria. 
Fabián Darío Mosquera
fmosquera@telegrafo.com.ec
Coordinador

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