Tomada de la edición impresa del 16 de septiembre del 2008

FOTO: Alejandro Reinoso

Jorge Parra.

Jorge Parra: El lenguaje en el cuerpo

Coreógrafo y bailarín, es la cara ‘oculta’ de Sarao; el talento tras bastidores de un colectivo que modificó el modo de hacer danza y teatro en el puerto.


Los tendones, ese haz de fibras que es el puente de músculos y huesos, reciben una orden y de pronto se tensan. Y enseguida se relajan.
Como si llevaran un lenguaje que se hace de movimientos y de signos, las manos y el vientre, los ojos, el cuello, los muslos… todo lo que huela y sea cuerpo, materia, se moviliza, se contrae, se contorsiona. Jorge Parra hace hablar a su cuerpo.

En sus movimientos –hay que verlo- el cuerpo adquiere -o más bien rompe- límites comunes y se vuelve un amasijo donde puede convivir todo:  cuando se encoge, casi se enrosca; cuando se expande, casi vuela.

Allí, en esas tablas que gimen cuando él las zarandea al ritmo que le plazca o que su montaje exija; en esa penumbra que solo rasgan luces tenues, cuidadosamente estudiadas para seguir la fuerza del movimiento; en ese cuarto descascarado donde entrena y entrena para descubrir las infinitas expresividades de su torso o de sus extremidades, el coreógrafo más versátil de los últimos 20 años ‘habla’ con una locuacidad que no se repetirá fuera de ese hábitat, el suyo desde hace 25 años.

En agosto pasado los cumplió. No fue fácil, y él lo celebra: “todas las épocas y todos los aprendizajes son duros. Y es mejor que así sea”, dice, como quien tiene ya procesado el abc de la vida, en una mañana gris, mientras se acodera en una de las pocas sillas de un escenario oscuro y vacío, el de Sarao, la compañía de danza y teatro que ha visto crecer y a la que le ha dado, en dos décadas, junto a su compañero y socio, Lucho Mueckay, un estatus de prestigio. No fue fácil, y lo reafirma: “yo me divorcié de mi familia hace 23 años cuando decidí que esto era mi vida”.

Y lo fue. Desde aquella mañana que marcó la bisagra de sus sueños (antes fue vendedor en una agencia de viajes) no midió sacrificios, ni miró atrás para ver a sus ‘muertos’.

Haya o no nacido la vocación en sus años infantiles –bailaba en grupos de folclor escolares-; se haya o no nutrido de su juventud deportiva –era campeón de 400 metros, corría, competía, en salto alto y largo- el solo tenía, y tiene, la conciencia de saber que su abecedario está en el cuerpo.

Allí reside lo que quiere decir y decirse; expresar sin obviedades; mostrar sin “los manerismos afectados del bailarín clásico”.

“Uno es capaz de conseguir su destino, lo que quiera, lo que le dé gana. Por eso no creo en el deterioro; no existe...”
Por eso busca nuevas formas siempre, forzando al cuerpo, pero no para exagerar posturas, sino para llevar al límite su proceso evolutivo, su capacidad de complexión y expresividad. Incorpora entonces todas las técnicas que le parecen útiles (yoga y pilates, por ejemplo), hurga en ellas y descubre que al escudriñarlas puede ser innovador y a la vez clásico; rupturista y a la par neutro. Pero siempre “fuerte, con rigor, con herramientas que son la base pero que no impiden o limitan la creatividad”.

Esa creatividad lo llevó a montar, y a veces protagonizar, obras que han cimentado un reconocimiento que Sarao lo ha labrado a pulso.

Desde aquel “Jolgorio”, que precedió al “Caos”, pasando por las recordadas coreografías para Schuberth Ganchoso, o Signos Retrospectivos (Premio  Salón de Julio, 1994) , Carpe Diem, Observadores Nocturnos (Premio Nacional de Danza) y varias más, Parra ha logrado un idioma corporal que es rico en matices y sin embargo minimalista: sus montajes y movimientos son la antítesis de los barroquismos torrenciales que parecen propios de los creadores del trópico, o de la excesiva ‘estilización’ de quienes no rompen jamás las estructuras formales.

En él nada hay demás, pero tampoco de menos. Ese modo conservador y a la vez rupturista de ver la expresividad se lo debe a sus maestros, sobre todo a Philipe Binish, a su paso por El Juglar, a sus años de aprendizaje inicial.

Pero es algo más que un bailarín y un actor. Empresario, descubrió esa faceta cuando se asoció con Mueckay y levantaron Sarao. Él es la cara pública del grupo -dice risueño- yo soy de perfil bajo. “Él busca que, como dice, se ‘cacareen’ bien los premios. Yo no, me da un poco de resistencia algo así, aunque entiendo que debe hacerse”.

¿Tímido otra vez? Tal vez, asiente. Pero él descree de esa prensa, “que todo lo faranduliza: arte, deporte, política”; que no los ve ni tiene idea de cómo reflejar el proceso formativo que han logrado. Que deja entrar allí “a cualquiera: bailarines que no lo son, artistas que tampoco, actores que no actúan”.

Y como si estuviera en el escenario, ese donde no hay timidez que lo anule, tensa todo el cuerpo y reafirma: “nuestro mérito no es haber hecho de Lucho una estrella, ni siquiera haber montado 11 festivales de teatro: nuestro mérito es el proceso formativo.... Y mi éxito es trabajar duro. Durísimo”.

Tal vez por eso, a 25 años del principio, no ve ni de lejos el fin: “Uno es capaz de conseguir su destino... Por eso no creo en el deterioro, no está en mi agenda, no existe. No es que no envejezca, es que la danza no tiene que ver con cuánto yo pueda, o no, bailar”. Sino, claro, en cuanto él pueda expresar. En ese lenguaje que no es solo del cuerpo. Por eso, jamás dirá ‘hasta aquí’. Jamás claudicará, guerrero al fin.
Rubén Montoya Vega

Director

Otros



Rss
Weather Image 28 ° Guayaquil, Ecuador Weather Image 11 ° Quito, Ecuador Ver más Powered By The Weather Channel