En las idas y vueltas de la vida, Segovita (Miguel Sogovia) descubrió que su opción eran la playa, la música y la libertad. Su vida es un mapa de canciones y romances.
Año 1985. El cantautor Miguel Segovia, o Segovita, comía “un choclito” en el malecón de Salinas. Dos chicas colombianas caminaban por ahí y como buen “bacán y galán (pero educado)” que es, les preguntó: ¿cómo se llama el perrito que pasean?”. “El milagro” de que contesten, se dio, una de ellas dijo: “se llama Gigí”, con un acento que sonó a llamado al altar, irresistible para alguien “tan bobo, tan fresco, tan metafísico…” como él.
Prefiere no recordar el nombre de su primera mujer, aquella que contestó un piropo en la Península. Pero rememora su vida en Bogotá (de 1986 a 1994) en donde dejó la guitarra, uno que otro vicio y una cierta fama en agrupaciones como Los Zanahorias y Una Vía, para convertirse en un maestro de construcción común y corriente y el esposo responsable de una jurista colombiana, que trabajaba para el Estado.
Ya por los años noventa, en un restaurante de Girardot, un animador ofreció a cualquier músico improvisado participar en la velada. Segovita no pudo resistirse. Tomó la guitarra después de unos cuatro años de no componer y encantó con su voz.
En el momento de los aplausos “se tragó” las palabras que un día le soltó a Pepe Parra, manager de Una Vía, su grupo, en 1981: “Me tienes hasta aquí, yo para ser famoso y chiro, prefiero lavar tuercas, andar sucio pero con plata. Se acabó tu huevada…”.
Ese concierto improvisado en Girardot fue el indicio de que recobraría el camino que había dejado. En 1994, Segovita regresó luego de su primer divorcio a su barrio, la Atarazana, donde un día despertó siendo músico. Cuando tenía 15 años, Jimmy Vargas, su pana, le prestó una noche su guitarra y se propuso aprender una canción de tres notas (La – mi - sol). “El man llegó en la mañana y me escuchó. Vea eso, dijo, naciste para tocar”.
“Si llevas un tamborcito, una guitarra y una mochila, puedes caber en cualquier casa”
En el verano de 1995, cuando la guerra con el Perú asustaba a los ecuatorianos, Segovita cerró el comedor Sazón Latina, con el que intentaba recomenzar su vida luego de su divorcio. Y se decidió por la vida en la playa: “en calma, en paz, intentando ser un poco más perezoso”. Comprendió que “si llevas un tamborcito, una guitarra y una mochila, puedes caber en cualquier casa. En cambio, si traes cocina y lavadora, la cosa se complica…”.
Al segundo trago en la parrillada Los Helechos, de Salinas, anunció su regreso a los escenarios y la formación de su banda, Los Muebles Finos (por lo acabados). Fue el momento para cambiar esa frase de “sucio pero con plata” por “chiro pero artista”.
De Salinas partió a Montañita por una llamada de Roy, el dueño del bar Hachís. No le asustó el anuncio sobrepuesto en una tabla de surf y la batería de mala muerte que le dieron la bienvenida. De 2000 a 2003 presentó conciertos todas las noches en “Montaña”. Ese fue su hogar, ahí creó canciones, éxitos del underground como: Ladrón HP; Ecuador como, como.com, como, ¿cómo?; Cállate ignorante... Todos temas símbolo de parte de la generación joven guayaquileña, admiradora de su espíritu y su visceralidad.
Luego de su segundo matrimonio, que duró un año y que “solo fue la unión del hambre y la necesidad”, conoció a María Verónica, su actual esposa, que en ese momento era una estudiante de Acuicultura, 23 años menor que él, y que gustaba de su música: “Nunca falta una ciega”, dice.
Por el anuncio de que Verónica esperaba un bebé (su hijo Miguel), el 14 de diciembre de 2003, tras años de ausencia regresó a su natal Guayaquil. El retorno lo celebró en un mítico concierto en el bar Piraña, con un lleno rotundo y un público que coreó sus canciones. No hubo promoción ni mucho menos, pero ya había ganado tantos fans en Montañita, que no le hacía falta publicidad. También se reencontró con Héctor Napolitano, un viejo amigo de la adolescencia, a quien hasta hoy acompaña en los coros, güiro y pandereta en sus conciertos.
Alguna gente cree que Segovita vive bajo la sombra del Viejo Napo. Eso a ellos no les importa… son casi hermanos. Tanto, que decidieron hace poco construir sus casas en el kilómetro 16, cerca de la Penitenciaría. En el lugar “donde comíamos fritada y vacilábamos a las peroles, ahí fuimos cautivados por el eslogan de la urbanización que decía: Vive como aniñado y paga como chiro”.
A la hora de escoger el modelo de la casa, Segovita confiesa: “Napo pidió la casa más grande y la más cara, y yo la más pequeña y la más barata”. Quizá porque su equipaje nunca pesa demasiado y puede caber sin problema en cualquier parte.