En Guayaquil transformó su vida. Convertido en actor, pronto se graduará de sociólogo. No quiere que lo llamen humilde, ni pobre, porque se considera rico en intelecto.
Hay en Roosevelt cierto aire de vanidad que no llega a la arrogancia. Pero es un negro recio, de voz definida, profunda, sin afectaciones. A veces esa voz retumba y es como si no hubiera nadie más en la habitación, a pesar de que el lugar esté atestado de cuerpos; su voz se impone, viaja por encima de las demás y las relega a la categoría de murmullos. Su rostro pequeño funciona armónicamente con su cuerpo; contiene sin escándalos sus 54 años con su necesaria dosis de arrugas. Sus ojos son vivaces y bien abiertos; usa lentes, lleva el cabello rapado y barba pequeña. Es un rostro agradable, que devuelve las expresiones, y donde los rasgos de actor se vislumbran sin esfuerzos.
El tiempo lo ha refinado. Ha pasado un montón de aventuras con nervios templados. Desde las verdes colinas de su natal Esmeraldas, atravesando playas interminables y pueblos profundos de ríos cercanos contenidos en la selva de su memoria.
A los cinco años su abuela paterna lo llevó al campo. Era un pueblo muy lindo, que dice querer mucho, llamado Male, situado entre Viche y Quinindé, a orillas del río Quinindé. Allí estuvo tres años jugando con la vegetación. “Mi infancia en ese pueblo fue chévere y muy rica. Vivía feliz porque tenía una abuela que me quería y me daba mucha ternura. Mi padre ya vivía en Guayaquil. Luego mi madre también se vino y mi padre mandó por mi abuela; ella cargó conmigo para acá”, recuerda nostálgico.
“Ojalá no naufraguemos y encontremos eco en el Estado para no abandonar las causas nobles”
El padre tenía una tienda de abarrotes en el Mercado Sur y Roosevelt ayudaba de vez en cuando. Era un muchacho inquieto que un día decidió irse a betunar zapatos con unos amigos; por supuesto, a escondidas. Aquello terminó mal porque se fue de puñete con otro compañero de betún y el papá del muchacho, que era policía, lo metió preso. Andaba por los once años. Su padre, que tenía otro compromiso en Pedro Carbo y a veces se ausentaba, lo sacó de la prisión y lo llevó a vivir con él es ese cantón. Allí permaneció hasta los 14. Cuando regresó, el padre puso una tienda cerca del mercado Pedro Pablo Gómez y le dijo que ese negocio sería suyo en el futuro. Eso quedó en nada. A los 19 años montó una envasadora que progresó porque su hermano Ernesto ganó la lotería. “Pero me hostigué y me embarqué en otra aventura. Me fui junto a otros compañeros a invadir unos terrenos en la vía Juan Tanca Marengo”. Así empezó otra etapa en su vida errabunda. Luego de eso se arrimó por el Guasmo y se asentó en lo que actualmente es la cooperativa La Florida. “Pero como siempre he tenido inquieto el espíritu, un día apareció una señora con sus tres hijos, llorando. No tenía dónde vivir. Le dije: ‘Este terreno es mío, pero ya no es mío, porque ahora es suyo, y salí de La Florida y empecé mi vida de actor con el grupo de teatro El Juglar”. Abandonó todo y se dedicó por entero al arte. Era 1979.
Días aquellos en que le pagaban las risas con sueldos para reír. Su rostro cambia y payasea con los recuerdos, lo asume con su humor de negro y se reconoce feliz. Pero inmediatamente ataca con mordacidad. “Eran tiempos de mucha ignorancia frente a lo que significaba teatro permanente en la ciudad”. Acepta de frente que con Guayaquil Superstar logró vivir, con dignidad, de su trabajo. “Esa obra levantó el autoestima en nosotros; fue como inyectarnos una dosis de bronca y de coraje, porque hasta entonces no podíamos vivir del teatro”. Diez años después abandonó El Juglar y se arriesgó con lo que llama Palenque, un movimiento político donde la idea central era el pueblo por el pueblo, que se deshizo por falta de experiencia. “Luego estuve en el proceso social Afroamérica Siglo 21, donde trabajábamos con la gente afroecuatoriana”.
También eso lo dejó para crear Fundesha, Fundación para el Desarrollo Social Humano, donde todavía se encuentra. Explica que es un trabajo en las comunidades más deprimidas. Funciona sin recursos financieros y con aportes personales. Nada de racismo ni segregación: en esos lugares también viven cholos, indígenas y mestizos. “Ojalá no naufraguemos y encontremos eco en el Estado, para no abandonar las causas nobles”, expresa, otra vez, frontal. “Todos debemos meter mano para trabajar por los que menos ventajas tienen, porque a todos debe interesarnos que la gente se eduque y viva bien”. Y ahí está. A la caza de sus utopías, con humor, pero sin rendirse.