Como el soñador de navíos de las novelas de Mutis, ha vivido al calor de la fragua de su taller, ubicado en el barrio del Astillero. Artesano de hélices, campanas y memoria.
La hora es transparente salvo uno que otro pájaro que se descuelga del cielo. Sin que nadie sepa de dónde, un zumbido como de panales inmensos se escucha en las cercanías de la estación Astillero de la Metrovía. En la fachada de su taller, ubicado en la calle Eloy Alfaro, puede leerse un letrero: Talleres Unidos Cevallos. “El taller existe desde hace mucho; mi padre lo empezó antes de que se fundara el equipo de mi alma, Barcelona”. Allí, en pleno barrio del Astillero, el solar inicial fue aumentando de tamaño a raíz de la compra de los terrenos vecinos hasta poseer sus actuales dimensiones.
Al fin se descubre el origen del zumbido interminable: son los hornos alimentados con diesel prestos para la fragua que prepara don Víctor. Él, tocado con su gorra deportiva y apoyado en su bastón, se mueve de un lado a otro dando instrucciones o preguntando cómo va cada maniobra. Su espalda de 84 años es el recio torrente que sirve de eje a cada uno de sus movimientos. “Más que guayaquileño, puedo decir que soy del Astillero. He conocido a los habitantes de cada casa hasta la calle El Oro, que era donde moría la ciudad”. Allí funcionaba el depósito de los tranvías. Salía la línea Alfaro-Hospital, hace muchísimos años.
De joven fabricaba jeeps y ametralladoras de juguete con un amigo, imitando los modelos de las revistas. Mandaba a hacer las ruedas a una tornería. El resultado fue bueno y tuvo muchos pedidos. “Hubo un tiempo en que me dediqué a vivir la vida”. Pero después fue a los Estados Unidos, donde obtuvo un First class machinist certificade debido a su labor como matricero.
“Todos nos conocíamos en el barrio”. Burlonamente, trae los años en que utilizaba las instalaciones del Club Emelec, incluso la piscina. “Ellos creían que yo era de Emelec y no sabían que mi equipo ha sido siempre Barcelona”. También iban a la plaza España, a jugar “sacatripas”. En los tiempos de enamorar a las chicas, el punto era frente a la Empresa Eléctrica.
“El taller existe desde hace mucho; mi padre lo empezó antes de que se fundara el equipo de mi alma, Barcelona”
“En 1936, mi padre compró un carro en 8.000 sucres y yo aprendí a conducir desde los 14 años”, recuerda al tiempo que su mirada y la llama se funden en un plural espejo de íntima resonancia. Dentro del horno se puede adivinar la presencia de miles de diablillos que danzan envueltos en las flamas de su crecida marea de metal líquido.
El fuego hace que el taller entero eleve su temperatura. Esta fragua en pleno Astillero es atendida por los operarios con sus mandiles de asbesto y sendos cascos. Llega el momento de la fundición: hay que hacer el bronce para las hélices. El metal viene en lingotes y también en forma de alambres. Ahí están el aluminio, el manganeso, el hierro, el zinc a 1000 grados centígrados aproximadamente, convertidos en ámbar luminoso. La llamarada cambia de color según los metales que se añadan: pasa del verde al azul y de éste al amarillo.
Los pedidos vienen de puertos ecuatorianos como Esmeraldas y extranjeros como Buenaventura (Colombia) y varios del Perú. “Por modestia no le voy a decir lo que dicen, pero opinan que somos los mejores”.
“Antes necesitábamos diez o doce operarios; ahora nos basta con cinco, incluido mi nieto, también llamado Víctor”. Es que todo se ha mecanizado. Obtuvo un préstamo bancario y visitó de nuevo los Estados Unidos, para traer maquinaria. Él mismo la ensamblaba en Brooklyn y luego alquilaba una mula del puerto para llevar a su taller todo el material, como esas enormes bocas humeantes de contenido iridiscente: los crisoles de 600 kilos de capacidad que continúan ardiendo. “Así se quedarán por un día entero hasta que se enfríen. Después se quita la mácula, que es como la nata de impurezas del bronce”.
“Me enseñaron a ser buen pagador, honesto y a no empeñar nada; ahora yo transmito lo mismo a los más jóvenes de mi familia”. Hablando de familia, sus colaboradores se sienten unidos a don Víctor por lazos más fuertes que los del trabajo. “Hay que festejar la fundición con una parrillada”, dice ante el contento de todos al tiempo que destapa otra cerveza; “la vitamina no puede faltar tampoco”.