Tomada de la edición impresa del 09 de septiembre del 2008

FOTO: Alejandro Reinoso

Romulo Moya.

Rómulo Moya Peralta: Con la mano extendida

Datos


Nació el 27 de septiembre de 1964, en Tucumán, Argentina. Tiene un matrimonio de 25 años con María Eugenia Guzmán y dos hijas: Nuria, que es economista y vive en Nueva York, y Camila, que estudia Psicología en Argentina. Su vida ha sido constancia: lleva trabajando 26 de sus 43 años.


Sus padres también son arquitectos: Rolando Moya Tasquer y Evelia Peralta, quienes empezaron en la cátedra y han ganado mucho prestigio en Quito. En 1977 fundaron la revista Trama, dedicada a esta disciplina, que ha recibido reconocimientos fuera y dentro del país. Rómulo ahora es su director.


Es fotógrafo aficionado. Su pasión por el instante, por evidenciar momentos que sabe que no van a repetirse nunca más, lo ha llevado, desde los 15 años, a registrar fotográficamente su alrededor: espacios, personas, animales y plantas. Posee un importante banco de imágenes.


Empezó en el diseño como autodidacta. A los 16 años realizó, para una empresa de alfombras, su primer logotipo. De ahí en adelante ha realizado más de 200. Se define como un investigador minucioso: es autor de 8 libros de arquitectura y, además, ha diseñado más de 500.


La pasión por Ecuador lo ha llevado a representar al país en la revista Designboom, con artículos sobre diseño en general (desde arquitectura hasta moda). Más adelante, eso ha significado editar Ecuador Infinito, revista que “permite a las personas ver al Ecuador de otra manera... toda su belleza”.

En plena dictadura argentina, Quito se convirtió en su refugio. Entonces comprendió la importancia de la generosidad, el brillo del auténtico altruismo.


Había pasado ya dos años en Quito, junto a sus padres y sus hermanos menores y todavía extrañaba Argentina. Asumía su permanencia como algo temporal, quizás porque la historia ecuatoriana no empezaba todavía para él, o talvez porque no la había entendido del todo. “Quiero volver a Argentina”, decía cada tarde, pero un día eso cambió. Caminaba al colegio por el cruce entre la Avenida 10 de Agosto y Colón cuando reaccionó: “soy un inmigrante”, se dijo, recordando las conversaciones que escuchaba de sus padres y sus amigos, las que atendía con aplicación. Desde ese momento su vida cambió por completo. “Empecé a sentir un orgullo enorme de venir de otro lugar, vivir otra cultura y llegar a otro país a construir y a ayudar en algo”. No era, afirma, considerar su experiencia argentina como mejor a la ecuatoriana, sino diferente, y enriquecer su alrededor con esa diferencia. Allí nació otro Rómulo Moya Peralta.

Un par de años antes se había deslumbrado de otra manera. Llegó a Guayaquil luego de un viaje procedente de Lima (donde había llegado de Buenos Aires) con su mamá y sus tres hermanos menores. En el Puerto los esperaba su padre (que había salido dos meses antes para buscar el sitio en el que la familia se quedaría) y en carro los condujo hasta Quito. El camino que usó fue el que pasaba por Riobamba, y apenas amanecía, con los primeros rayos de sol, Rómulo se despertó y lo primero que observó fue una imagen que hasta ahora lo persigue. “Vi el Chimborazo. Era un día soleado, totalmente despejado. Era el 17 de septiembre de 1975”, dice. Tenía 11 años.

“Empecé a sentir un orgullo enorme de venir de otro lugar, vivir otra cultura y llegar a otro país a construir y a ayudar en algo”

Ese fue el inicio del amor, de la relación con un país distinto al suyo, basada en la generosidad. Palabra que se traduce en toda una experiencia positiva durante esos años lóbregos en su Argentina natal. La familia Moya-Peralta venía de Tucumán, ciudad universitaria, y en medio de las condiciones existentes, ciudad conflictiva. Nunca escaparon de momentos nefastos, prefirieron salir “por propia voluntad”. El viaje resultó inminente para septiembre del 75 y en esas circunstancias la solidaridad se convertiría en el germen de lo bueno, en medio de la desgracia. “Mis padres son extremadamente generosos y eso ha significado esfuerzos para toda la familia”. Así, durante la época de la dictadura argentina, el éxodo de sus compatriotas (todos profesionales universitarios) significó el paso por Quito, por su casa, como punto de enlace, para viajar a otro país y escapar de atrocidades en Argentina. “Recuerdo -precisa- a una cirujana que tenía un gran pulso y lo demostraba dibujando. ¡Nunca había visto a alguien dibujar de un solo trazo y sin mover las líneas! Nos hacía dibujos a nosotros. También recuerdo a un matemático puro que era árbitro de fútbol de primera división argentina. ¡Era impresionante! Me contaba lo que era vivir el partido desde adentro de la cancha, cosas así. Era el tipo que veía en la tele, leía sobre él en las revistas”.

Y ese contacto con intelectuales, extranjeros y ecuatorianos, termina dando sus frutos en el joven que estudiaría arquitectura, que en conversaciones con arquitectos reconocidos del exterior recibiría una lección más de desprendimiento de sus saberes, para contribuir en el desarrollo de otra persona. “Llegué a hablar 18 horas seguidas con uno de estos ‘maestros’ y sentí que se brindaba, que no había ninguna actitud más allá de la generosidad. No hay mejor manera de vivir que compartiendo lo que se sabe”. Asume que eso es lo que se manifiesta en su trabajo actual, como cabeza de la editorial Trama, un hito de la arquitectura y el diseño en el país. Fue como asumir de lleno el legado familiar: sus padres crearon la Bienal de Arquitectura de Quito. Él, por su parte, es autor del primer libro sobre la historia del diseño gráfico en Ecuador.

“La forma de apropiarme del lugar era hacer cosas que no se habían hecho y sentir al país como si fuese el mío. Y alegrarme con él y sentir el dolor con él. Porque son dos cosas que van de la mano”. Pero más han sido alegrías. Por su trabajo ha conseguido reconocimientos en el exterior que han ido relacionados con el nombre del país que considera su lugar, Ecuador… ese sitio al que quería volver cuando, ya viviendo en él, debía salir al extranjero por la razón que fuera. Viajaba, llevando consigo el viejo aroma de la segunda casa.
Eduardo Varas
evaras@telegrafo.com.ec
Retratista

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