Tomada de la edición impresa del 05 de septiembre del 2008

Donato Sanchez.

Marcelino Donato Sánchez: Un trajín a flor de agua

Datos


Nació en Alejo Lascano, parroquia rural del cantón Paján, Manabí, un 17 de enero hace 66 años. Es soltero, sin embargo, tiene cuatro hijos. Calcula que tiene once nietos. Lo reconocen como el experto en hacer pozos en la zona, pero también se dedica a la agricultura. Posee un terreno donde siembra maíz y arroz.


Vive a diez minutos de camino de Alejo Lascano. También ha vivido en el recinto El Porvenir. Por una jornada de trabajo agrícola (07:00 a 13:00) le pagan 5 dólares. Cuando hace un pozo cobra 14 dólares al día. En promedio se tarda cuatro días en terminar uno. Los ayudantes reciben entre 8 y 10 dólares.


La profundidad de los pozos varía. Lo normal es que tengan 6 metros con el cono, más el fundido de la base con ladrillos y cemento. Algunos no se acaban nunca. El agua puede surgir desde las montañas, o de una filtración subterránea que tenga conexión con un río. Los hay de venas gruesas y finas.


En sus excavaciones solo ha encontrado agua. Nunca desenterró ni un minúsculo pedazo de oro. Afirma que por aproximadamente 60 dólares, cualquiera puede tener un pozo que le quedará para la eternidad. “A fin de cuentas es más barato que el agua potable”, dice con suspicacia.


Acepta que el lugar donde más difícil se le ha hecho construir un pozo es en un poblado llamado La Teresa, cerca de Peripa. De esa experiencia salió fortalecido. “Nunca encontré agua por más que metí barra con fuerza. Allí es pura cancagua, tierra dura, con capas de rocas”, recuerda sonriente.

Con la sabiduría del monte en sus manos y la experiencia del trabajo cotidiano, se especializó en descubrir los lugares donde se encuentra la fuente que llena la vida y calma la sed.


El camino trae un hombre solo. Llega temprano en la mañana. Sus pasos son parsimoniosos. Es una calma que invita a la relajación. La mañana limpia se asoma a un día soleado. El hombre avanza por el sendero que lleva a la plantación de maní, va esquivando las pequeñas matas. A la distancia su figura se recorta contra el paisaje en el campo de Alejo Lascano, Manabí. La montaña se destaca imponente en un cielo celeste sin nubes y con cada paso, Marcelino Donato, se empequeñece mientras se dirige hacia uno de los últimos pozos que ha cavado.

Es uno de los poceros del pueblo. Dicen que hay algunos, pero Donato -como lo conocen todos-, es el experto. El de mayor experiencia por esa zona del sur manabita. Se acerca despacio a la casa donde lo esperan algunos compañeros de faena. El día despierto está poblado por ruidos de gallinas, de ladridos lejanos y por cantos de pájaros. Donato se abandona a las palabras con la sabiduría del hombre del campo. Se sabe útil. Se reconoce importante en su labor.

“Siempre he trabajado haciendo pozos, aunque en el campo no se puede vivir de una sola cosa”, dice directo. En Alejo Lascano no hay agua potable. Las opciones son el río, la lluvia, que cuando llega lo inunda todo, o construir un pozo. Alguna vez quisieron hacer una planta de agua, pero como si fuera una fábula maldita todo quedó en nada. “Hicieron un pozo de 90 metros, pero nunca terminaron las instalaciones y no funcionó. La construcción está abandonada”, remata señalando hacia el pueblo.

 “Hicieron un pozo de 90 metros, pero nunca funcionó... La construcción está abandonada”

A los 25 años empezó a construir pozos, ahora tiene 66 y no piensa detenerse. El primero que lo llenó de gloria lo hizo donde su suegra. Como si fuera el recuento de una leyenda, donde aventureros van en busca de un tesoro, aparecen las perlas que la vida le ha regalado. La imaginación es el arma que le ayuda a saber en donde se puede hacer un pozo. “Para encontrar la fuente del agua hay que tener un poco de malicia, nada más”, relata. “Porque a veces sale y a veces no sale, por más experto que sea uno. Si hasta los profesionales fallan también”. Sus palabras tienen el peso de la certeza apoyada en la experiencia. Como muchos campesinos, su hablar es sencillo y descomplicado.

Por los alrededores del pueblo, Donato se ubica bien. Cuando lo contratan de otras zonas los cerros son su socorro. Reconoce que todos los cerros tienen vertientes. El proceso de construcción empieza con determinar la zona donde se hará el pozo. Se marca un cuadro entre 1.30 y 1.50 metros, según decida el dueño. “Después se pica con una barra de hierro, y  a la media vara de profundidad se plomea para levantar una pared porque la tierra se cuartea; luego se avanza hasta que se llega a flor del agua, se arma la base para enladrillar, que por lo general lo hace otra persona”, explica Donato, haciendo simple lo complicado.

La realidad es que tiene que cavar con la barra 8, 10, 12 y hasta 15 metros. “Es duro cuando el hombre tiene que entrar a esas profundidades y casi no hay oxígeno”, dice uno de sus vecinos. Él agrega que le ha tocado pozos en los que a los tres metros ya no hay oxígeno. “No puede coger respiración uno. Hay que salir, mojarse la cabeza y vuelta entrar. El frío también lo perjudica a uno, acurrulla. A veces hasta las costillas me duelen”.Sin embargo, ha llegado hasta 20 metros de profundidad.

Es costumbre que el dueño del terreno decida dónde quiere el pozo. Algunos son necios y no escuchan la voz de la experiencia, que habla en Donato. Sin embargo, hace su trabajo con dedicación y encuentre agua o no, igual cobra su día. El saber le ha enseñado que en tierra muy arenosa no se debe cavar porque cede mucho. Tampoco se recomienda cuando el suelo es muy amarillo, porque luego de unos metros normalmente aparecen las rocas.

Hay quienes tienen su método para determinar dónde puede haber agua, desde amuletos hasta objetos rastreadores, pero, los que conocen el trabajo de Donato, dicen que él solo usa su análisis para encontrar el mejor lugar donde cavar. Él relata que nadie le enseñó ningún secreto. Aprendió viendo a otros. Pero sabe que los pozos se hacen entre noviembre y diciembre, porque en invierno el agua sube mucho. La cantidad al año varía, en ocasiones puede construir cinco, o ninguno. Rastrea en su memoria. “He hecho unos 200”. Firme la voz. Quieta la mirada.
Francisco Santana
fsantana@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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