Tomada de la edición impresa del 02 de septiembre del 2008

FOTO: AMAURY MARTINEZ / EL TELÉGRAFO

Rosa María Velíz Cruz de Farfán: La matriarca de 100 años

Datos

Rosa Véliz nació el 30 de agosto de 1908 en el barrio del Astillero, donde vivió toda su niñez. Sus padres, Ignacio Véliz y Margarita Cruz, la criaron junto a sus ocho hermanos. Afirma haber llevado una infancia regular, “porque el pobre vive regular”. Solo estudió la primaria debido a que la época “no era adecuada”. 


Doña Rosa tuvo cinco hijos: Teresa, Julieta Domitila, Alberto Jerónimo, Alfredo Nicolás y Sonia. De ellos, los únicos que continúan con vida son Alberto y Sonia. El luto que más le dolió fue el de Teresa, quien pereció a los 4 años, víctima de una varicela mal curada.
“Alberto se enojó mucho”, dice resignada.


De todos los moradores ilustres que vivieron en el barrio Cuba, formó una amistad con la familia Menéndez Gilbert. “Los Estrada eran los más apáticos”, comenta con signos de rechazo. El pasado viernes celebró sus 100 años en el salón de eventos de la Casa Rosada. Asistieron sus 45 sobrinos.

Un siglo de vida labrado sobre su rostro, y sobre su memoria. Desde 1908 doña Rosa ha observado Guayaquil, las tradiciones hoy extintas de su querido barrio Cuba.

 
Leves rayos de sol iluminan su cara tatuada de arrugas. Su cuerpo huesudo permanece inmóvil, ante el fluir de vehículos en la Av. Domingo Comín, que observa desde una ventana. Desdentada, de ojos lagañosos y manos siempre juntas sobre el regazo, Rosa María Véliz, de 100 años, asegura no pertenecer a la generación en la que vive. Usa su silla de ruedas como un vehículo que la acerca hacia el pasado al que pertenece, aquel en donde la trombosis no le impide moverse, en donde su cabello no es blanco y su piel no es parte de su esqueleto.


Aquel definido rectángulo que dibuja el exterior como un cuadro más de su casa, le revela el imperdonable paso del tiempo. Afuera, su querido barrio Cuba ha cambiado. Ya no es aquel de cuando llegó, hace 83 años, ni aquel de cuando vio nacer a sus cinco hijos, cuatro nietos, ocho bisnietos y cinco tataranietos.


Incluso su morada ha cambiado. Las paredes ya no son de caña guadúa, ahora son una mezcla de madera y cemento. Pero los recuerdos siguen ahí, atrapados entre los muros que la alojaron desde que se enamoró de su esposo, Alberto Farfán (+), y juntos se abrieron un espacio entre las enmarañadas ramas de manglar que, en 1925, copaban el sector.


Con voz débil intenta describir el ambiente que se vivía cuando llegó al longevo barrio. Asegura que había tres o cuatro casas asentadas sobre porciones de tierra lodosa. “Todas parecían pequeñas islas, diminutas Cubas en los límites de Guayaquil y el río Guayas”, cuenta con palabras que se interrumpen a fin de darle tiempo para respirar.


Su sonido se extingue a la vez que se acaricia el cráneo. Verifica la firmeza del moño que aprisiona su cabellera y continúa su relato. “Antes había un cubano que traía mercadería del puerto y, como vivía aquí, todos decían que este sector era Cuba”. No puede continuar. La extenuante articulación de vocablos agota su energía. Permanece callada.

"Eramos prósperos. Incluso mi mamá regalaba juguetes a los niños pobres en cada Navidad”


Alberto Farfán, su hijo mayor, toma la posta del relato vital de la matriarca del barrio Cuba, la única de los fundadores que aún no se embarca junto al barquero siniestro. Regordete y vivaz, cuenta que su mamá veía las tradiciones por la ventana.


“Salía de casa muy poco, porque a mi papá no le gustaba”, comenta al recordar las celebraciones populares, concursos de palo encebado, carreras de ensacados y los ‘peloteos’ que cerraban las calles a la fuerza.


Menciona a Alberto Farfán, su padre, como un hombre recto y que se dedicaba al oficio tradicional del barrio. “Era comerciante de ganado y trabajaba en el camal, aquí a dos cuadras”, cuenta inflando el pecho orgulloso, porque don Alberto mantuvo a la familia viviendo en abundancias. “Éramos prósperos. Incluso mi mamá regalaba juguetes a los niños pobres en cada Navidad”.

El rostro de doña Rosa se llena de penumbras. Sus ojos se vuelven acuosos. Un fantasma del pasado invade su memoria. Lágrimas gruesas y sinceras aún lamentan ese fatídico día en que, a sus 68 años, su esposo sufrió un infarto y ella se vistió de luto.


Julieta Farfán, de 48 años, aparece para menguar la tristeza de su abuela. Acomoda la almohada que le protege la espalda del frío metálico de la silla de ruedas y le susurra palabras que la tranquilizan. “Yo la cuido desde que le dio la trombosis”, dice sonriendo y tarareando un vals.


“A ella le encantan los valses, preferentemente los peruanos”, asegura, y menciona las grandes fiestas que se han vivido en esa casa vieja, ubicada entre Chambers y Limbert. De aquellas celebraciones refiere continuas amanecidas, porque el jolgorio duraba –por lo menos- tres días. Al son de orquestas en vivo y con la sangre embebida de coñac, toda la familia bailaba. “Cuando la noche estaba a punto de terminar, se ponían los valses y mi abuela los disfrutaba con pasión”, cuenta Julieta, y describe a su abuela de ese entonces. Era gorda, de mediana estatura, siempre usaba vestidos largos y portaba joyas “de oro antiguo”.


Ocultas en un armario, los Farfán guardan sus imágenes de antaño. Fotografías monocromáticas e impresas en un papel amarillento y gastado por el tiempo, muestran a la doña Rosa de hace setenta años, cuando era robusta y tenía el cabello oscuro. De cuando la casa era de caña y la calle en la que vivía aún se llamaba avenida Cuba.

Luis Alfredo Medina  
lmedina@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil

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