Tomada de la edición impresa del 29 de agosto del 2008

FOTO: Alejandro Reinoso

Enrique Estuardo ÁLvarez.

Enrique Estuardo Álvarez : La persistencia del trazo

Datos


Nacido el 12 de diciembre de 1964, Enrique Estuardo Álvarez ha expuesto su obra en Ecuador, Estados Unidos, México, España, Perú, China, Polonia, Egipto, Japón, Suecia, Puerto Rico y Cuba. Además ha sido incluido en publicaciones sobre arte contemporáneo, en el país y el extranjero.

 

De su vida como arquitecto le quedan muchas experiencias, así como el trabajo para el Banco de la Vivienda y el Instituto de Patrimonio Cultural. Intervino en la rehabilitación de iglesias como El Sagrario y San Agustín,   lo que le sirvió para su obra, que a veces incluye iconografía religiosa.

 

La decisión de estudiar arte, que estuvo aplazada durante mucho tiempo, debió tomarla en unas cuantas horas. 24 horas después de hablar con el Director Académico de la Facultad debía matricularse. Esa noche no durmió pensándolo. “Voy a ver si es que puedo, pensé, porque hasta ahora no lo sé”.

 

Su opción, dentro del arte contemporáneo, está por la forma. Siempre parte de la pintura, la creación de la imagen y de ahí el resto. Su primera exposición importante fue en México, ya trabajando una serie de cuadros, que envió al concurso del Museo de la Academia San Carlos.

 

Ha ganado premios y distinciones dentro y fuera del Ecuador, como el Northeast Hispanic Catholic Center, en Nueva York; y distinciones en el Salón de Julio y el de Octubre. En el 2002 fue condecorado con la medalla Dr. Vicente Rocafuerte, al mérito artístico, por el Congreso.

A pesar de que su técnica fue advertida por muchos desde que era niño, se demoró en dedicarse de lleno a la pintura. De cualquier forma, el Ecuador se lo ha agradecido.


Tenía 10 años cuando hizo su primera exposición. Un poco antes había enviado un dibujo a un concurso provincial, organizado por la Casa de la Cultura, núcleo de Cotopaxi.  El dibujo era tan elaborado que dudaron de su autoría. “Hasta yo hubiera dudado, porque era un trabajo bien depurado”, explica Enrique Estuardo Álvarez, artista radicado en Quito, pero que nació en Salcedo (un pueblo de sus aproximaciones, donde su madre era maestra rural), se crió en Latacunga y los fines de semana viajaba a Quito. ¿Qué hacer para salir de la duda? El día de la premiación colocaron un caballete en el estrado y lo llamaron a que dibujara. Hizo un retrato del Presidente del Núcleo de la Casa de la Cultura y a todos dejó con la boca abierta. Ya estaban entregados los premios del concurso, por lo que se creó un nuevo premio en ese momento para él: Primer premio especial y una muestra. Eso fue todo, el resto era camino para recorrer.

Mucho tiempo después quizás pensaría en ese momento, cuando en el 2000 se mantuvo durante algunos meses con el peor de sus temores: no poder pintar. Una operación para extraerle el apéndice y un accidente de tránsito lo inmovilizaron por casi 6 meses. Enrique Estuardo recuerda cuando le sacaron el yeso. “Ahí me di el baño, pues no tenía fuerza en los brazos y no podía levantarlo”, cuenta. Era el brazo con el que buscaba el arte, con el que escribe, el derecho. La rehabilitación tomó su tiempo y pudo volver al ruedo, con un clavo uniendo sus huesos, sin temor y con certezas.

Enriquestuardo Álvarez es el nombre con el que firma sus obras y exposiciones. Él es un artista que se inició de manera empírica, elaborando cuadros (que denominaría La Fiesta Popular, su primera ‘etapa’) en su año sabático, luego de pasarse meses y meses construyendo bordillos, aceras y muros de contención para el Municipio de Quito. En secundaria se pasaba dibujando, haciendo caricaturas de profesores y compañeros. Lo impulsaron, tuvo dos exposiciones colegiales, de las que guarda algunos de esos “ejercicios”, como les dice ahora. Luego vino la arquitectura como estudio y profesión. “Pensaba que no podía llegar lejos con el arte. Creía que había gente que podía ser mucho mejor. Después no es que me diera cuenta que podía trascender, sino que tuve la necesidad de este ejercicio espiritual”, comenta. El arrepentimiento y la frustración. La vida un tanto infeliz. La comezón estaba ahí e iba desarrollándose con estudios, cuadros que realizaba con curiosidad y diversas exposiciones que iba haciendo; así como la participación en bienales de arte en el país, como el rezagado, el del extremo.

 “Pensaba que no podía llegar lejos con el arte. Después tuve necesidad de este ejercicio espiritual”

Viene después el cambio y la decisión. En 1994 presentó un proyecto a una fundación de Cotopaxi para la rehabilitación integral del río Machángara. Era un proyecto arquitectónico que unificaba algunas disciplinas, incluyendo manifestaciones artísticas. Para nutrirse de más elementos consiguió una beca de la OEA para ir a México y estudiar arte urbano. Viajó. En la entrevista con el Director Académico de la UNAM, revisaron las obras que había llevado, tan solo para mostrar que no era ningún improvisado (al menos no del todo). “¿Vas por arte urbano? Pero yo veo que vas por la pintura. Te puedes cambiar, no hay problema con lo que hayas aplicado”, le dijeron. Fue suficiente. Dos años y un poco más de estudio en México significaron una Maestría en Artes Visuales, exposiciones en diferentes países, bienales y una obra que recibió cobertura en la prensa mexicana.

Retornó al Ecuador a buscar elementos, formas para mantenerse en el arte. Estuvo a punto de recular, de volver a la arquitectura porque de algo había que vivir. No pintaba, recorría la ciudad para encontrarse con ella, con lo que para él significa, quizás para descubrir algo que le permitiera seguir haciendo una obra y no claudicar. Había persistido el arte a pesar de las malas decisiones pasadas. Y esta vez le iba a sonreír la posibilidad. En 1998 recibe el premio Grant, de la Fundación Pollock the Krasner, de Nueva York, y el aliciente económico y espiritual para continuar.

Hoy, después de varios concursos, premios y exposiciones, Álvarez se complace con un arte para los caminantes y conductores. La instalación Quilago todavía está expuesta en 8 kilómetros a lo largo de la Autopista General Rumiñahui, en Quito. Rostros de mujeres en grandes vallas, iluminados, arte para la carretera. Uno más de los logros de ese niño que se pasaba dibujando, tanto, que en el primer grado tuvieron que sacarlo de clases, para que “madurara”, pues vivía sin prestar atención, pensando en el próximo trazo. Parece que nunca maduró.
Eduardo Varas
evaras@telegrafo.com.ec
Retratista

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