Su aporte a la música nacional es el resultado de tres décadas de experimentar sin venderse. Su casa está hecha de folclor, blues y “rocanrol”. Un hijo de la energía.
Larga la uña del pulgar, esmaltada de negro. Alrededor de la muñeca, como un denario de procesión –una procesión, siempre, hacia el altar de la música-, el añoso tatuaje. Es la garra de un águila que no caza moscas: Hugo Idrovo no se anda con vainas. Empuña su última presa: un vaso de aguardiente anisado. En uno de esos antiguos departamentos levantados al pie del río Guayas, a la entrada del cerro, regodea sus palabras en el gozo de haber vuelto, una vez más, al puerto en el que descubrió que estaba contagiado de trovaduría, por allá por los setenta, y su guitarra se convirtió en patria.
Lo acompaña su esposa Rocío, eje cardinal de su vida. “Incluso en momentos en que no fue que rompí un plato, sino que lancé toitita la vajilla al suelo”, sonríe, al tiempo que levanta el vaso a la altura de la frente. A pesar de ser una leyenda de la música urbana del Ecuador, es un tipo ligero. El suyo es un trato cercano, pero alejado de la amabilidad postiza, casi sobreactuada, de ciertos personajes públicos. Una leyenda sin aspavientos.
“Lo que estoy haciendo ahora es continuar con esa especie de exorcismo que tengo con la historia”, comenta, sin dejar palidecer su sonrisa. Se refiere al libro que prepara, sobre la presencia de una base norteamericana en Galápagos, durante la Segunda Guerra Mundial. Galápagos, la isla que es parte de su entraña, y cuya memoria colectiva espera exhumar, como quien desempolva un fósil, ahora que es Director Regional de Cultura del archipiélago. Allí decidió, junto a Rocío, construir una casa desde donde poder ver, a las seis de la tarde, la tumba de sal y agua en que se entierra “ese sol espeso”.
“De pelao agarraba mi raqueta de bádminton y la convertía en guitarra”
Una de las cosas que más le llaman la atención del galapagueño, es lo que hace con el lenguaje: “se trata de una tierra que fue un poco colonizada por serranos, pero es gente de mar, que habla con acento costeño. Tú escuchas cosas como ‘darashme pashando el pan, pue’”. Asegura tener claro el objetivo de su nuevo oficio: que el isleño se apodere de su tradición, que entienda su lugar en el mundo y en la historia. Es drástico: “¡no me vengan a hablar de supuestos conservacionistas, que toman sus decisiones en oficinas con vista al Guayas o a la cordillera andina, sin pensar verdaderamente en la realidad cultural y social de la isla!”. Advierte, sin embargo, que su nueva vida de funcionario no es, de ninguna manera, un síntoma de domesticación frente al sistema. En los últimos años, ¿más tranquilo? Sí. ¿Anquilosado? Nunca. Hay ‘rocanrol’ para rato.
El delirante itinerario que lo convirtió en una de las cifras más altas de la nueva canción ecuatoriana lo ha narrado, ya, varias veces: su infancia como un sembrío de canciones que su padre, piloto de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, traía en diversos elepés. Blues, rock, salsa. Las vacaciones en Manglaralto, paladeando apenas desde lejos los boleros y los éxitos de la rockola que salían de las tabernas, y acompañando a la banda del pueblo a cuanto funeral había. Las primeras composiciones, a los quince, pendiente siempre de los Corvets y los Apóstoles. El Urdesa School, el Abdón Calderón y el Javier. La pintura. La arquitectura. La poesía de Carrera Andrade y la narrativa de Pablo Palacio. Salir a probar suerte, como pisando lumbre, a Perú, Nueva York y Europa. Volver. Partir otra vez. 1983, Guápulo, Alvear, Napo, Gilbert, Cobo y Promesas Temporales. La familia, la energía. La vocación, siempre allí, con el fulgor de una certeza.
“De pelao agarraba mi raqueta de bádminton y la convertía en guitarra, y ponía a mis hermanos a darle con un par de esferográficos a un veladorcito de metal que teníamos… Claro, yo cantaba, entre comillas, mis canciones”. Se queda de repente en silencio, frente a una pared tachonada por las crestas de luz artificial que invaden, como filibusteros, la noche del Santa Ana. Entonces sentencia: “la vida te da pequeños atisbos, pa poder asomarte a tu futuro”.
Y fue un futuro que costó. Nadie daba un centavo por alguien que tuviera algo propio que decir. Pero la lucha al final dio réditos. No con entrevistas para shows de farándula, por supuesto, ni con mansiones lustradas con resabio por empleados miles. Más bien, con respeto. El profesado por los colegas -como los cubanos, que lo han oído varias veces-, pero sobre todo, por aquellos mortales de a pie que abrazaron el ardor de sus palabras, y deseándole salud, levantaron un trago a la altura de la frente.