En su negocio siempre está encendida la “radio bemba” y los atletas del fútbol callejero encuentran cómo subyugar la sed. Una postal legendaria de la vida de barrio.
Un celaje de amable bermellón sirve de fondo en lo alto. Permite ver algo de sí a través de la celosía de los almendros, las acacias y los mangos. “Coja ticket”, dice Marco, y uno que otro reciente visitante de su negocio se queda perplejo y no atina a dónde dirigir la mirada. Alguno observa los números digitales del decodificador de cable del televisor que hay en el local, esperando que cambien. La vieja clientela sonríe, pues sabe que es una broma de Marco cuando se halla ante tanta gente en su tienda, y no sabe a quién atender primero. Efectivamente, hablar con él es como querer bailar con la quinceañera; todos esperan su turno, disciplinadamente, para llevar la compra a sus hogares.
Hace treinta años que radica en Guayaquil. Recuerda que primero trabajaba en la bahía, como comerciante. Tantas horas permanecía fuera de su casa, que escuchaba con frecuencia los reclamos de los que en ese entonces eran sus pequeños hijos; se quejaban de que no almorzaban ni merendaban juntos y le decían que deseaban estar más tiempo con él. Fue por ello que consultó con Eva, su esposa, y juntos decidieron mantener una despensa. “Empezamos con algo pequeño; pero le pusimos fe con mi señora y ahora estamos viendo los resultados”.
“El secreto del éxito”, dice mientras juega con un bolígrafo entre sus manos, “es mantener bien surtido el negocio y atender personalmente a la gente. Uno va conociendo a las personas, y haciéndose consciente de sus necesidades; así sabe uno qué pedir a los distribuidores”. Poco a poco fue creciendo y, al cabo de un tiempo, se supo en condición de diversificar su línea. Es así como, al darse cuenta de que muchos clientes le pedían que les alquilara el teléfono para llamadas a convencionales y a celulares, se propuso armar la infraestructura para colocar una serie de cabinas. Además, implementó seis ordenadores, dos impresoras y un escáner para lo que desde hace dos años es su cybercafé.
No se entendería el barrio sin la presencia de su negocio. “He visto crecer a la gente; conozco a casi todos desde que han sido chiquitos”, narra, oscuros ojos vivaces como noche de jolgorio. Mantiene una excelente relación con sus vecinos; a veces procura hidratantes para los pequeños que juegan fútbol los martes y jueves en la cancha que queda cruzando la calle, y hasta muy avanzada la noche. Lo conocen de otras barriadas; y gente que se ha cambiado de casa a otras zonas de la ciudad, con cualquier excusa regresa a su negocio. “En época de elecciones sucede, por ejemplo, que me visitan los amigos, porque prefiero decirles así más que clientes”. Le sucede no solamente con los clientes, sino con los distribuidores, ya que por su ganada fama de cumplido, es sujeto de crédito. “Hemos vuelto, por lo menos entre nosotros, a los tiempos en que se confiaba en la palabra dada”. Y cada 31 de diciembre, antes o después de quemar los monigotes llenos de camaretas y otros explosivos, a la mesa que dispone fuera de su local acuden en tropel los vecinos que, compren algo o no, van a desearle un próspero año nuevo.
“Hemos vuelto, por lo menos entre nosotros, a los tiempos en que se confiaba en la palabra dada”
Es buen ojo avizor. Por la estratégica ubicación de su tienda, ha sido más de una vez la voz de alerta en casos de sospechosas visitas a su barrio.
A menudo, las compras de algún cliente son más largas de lo que supone; procede entonces a sacar las cuentas en su infaltable cuaderno a cuadros, mordiéndose el labio inferior como estudiante que se aplica durante un examen difícil.
La brisa ulula, los rostros se refrescan a la sombra del mango. La pródiga naturaleza parece contagiarse del ajetreo en la esquina de la tienda de Marco: ya son cada vez más los clientes que han tenido una sorpresa al caer cerca de sus pies algún mango maduro que se ha desprendido de su rama. “Así es la vida”, dice rascando su ensortijado cabello. “¡Hay donde, para la siguiente, lo agarre bien bañado¡”; y se desternilla de la risa. “Es que aquí nos movemos a tutiplén”.
Así, flanqueada por la cancha de fútbol y por la vía que da a la avenida 25 de Julio, se vuelve a poblar la despensa de Marco. Señoras van por los ingredientes que faltan para la comida, niños por una bebida o golosina mientras sus padres hacen “vida de barrio” cruzando con el propietario de la tienda las últimas novedades. No le queda más remedio que poner orden y, una vez más, “pedir ticket”. La suya es, definitivamente, la esquina del movimiento.