Heredó el taller y los conocimientos de su padre. Confeccionando cirios ornamentales,
sus manos honran el esfuerzo con el que hicieron una vida sus ancestros.
José afirma, hablando casi en monosílabos, que el taller quedará para alguno de sus sobrinos, para el que desee hacerse cargo. No tiene hijos, entonces la herencia pasará a las manos de uno de los retoños de su hermana Laura, mayor que él, y que vive en la casa de al lado. En la de José, a parte del taller, funciona una pequeña tienda llamada “Minimaxi Don Pepe”. Allí vive su madre, María Antonia Cruz, al cuidado de los dos hermanos. Las casas son el legado de su padre, Nicolás Ñacato, que falleció hace cuatro años y fue el artífice de un sistema para preparar las velas ornamentales, ya sea rodeadas de hojas, de cera, o con imágenes de vírgenes y santos. El sitio del trabajo sagrado es la cerería “San Antonio”.
50 años atrás, esto significó la salida de la familia de la pobreza extrema y llegar a vivir a Rumiñahui, al sur de la provincia de Pichincha; así como un medio de vida que se convirtió en orgullo para los Ñacato. ¿Por qué lo hace todavía? “Porque me gusta que no haya nadie detrás diciéndome qué debo hacer”, confiesa José. Había pasado la niñez con su papá metido en el taller, introduciendo la parafina en las ollas gigantes, que calentaba con leña hasta que perdía contextura y podía adquirir otras formas.
Luego la metían en los moldes de metal, en forma de las velas gigantes, y la dejaban descansar un día. A la mañana siguiente se iniciaba la decoración, con las hojas de colores o rostros religiosos. Aprendió el oficio observando. Lo disfrutaba. Pero esta no fue la primera decisión laboral en su vida. Una vez que salió del colegio, fue mecánico durante dos años, tiempo suficiente para cansarse y retornar al oficio de la familia. Tenía 18 años cuando decidió acompañar a su padre en el trabajo que les había dado de comer hasta ese momento.
“Continúo en este oficio porque me gusta que no haya nadie detrás diciéndome qué debo hacer”
Los tiempos no son los mismos. Todas esas celebraciones en los lugares circundantes, como El Tingo, Pifo y el mismo Sangolquí, cruzadas por las fiestas de San Pedro y San Pablo o del Corazón de Jesús, han disminuido. José rara vez se sienta en el taller, al menos no como hace cuatro años, cuando el negocio estaba en buen momento. Ahora son solo dos meses al año en los que el trabajo aumenta, en julio y noviembre. La demanda es tan fuerte que toda la familia interviene. Su hermana Laura, que lo hace para apoyarlo, tiene ciertos sentimientos encontrados, pues profesa la religión de los Testigos de Jehová y no es muy coherente que se encargue de artefactos que sirven para alabanza católica. Pero eso no es impedimento para ella. Está ayudando a la familia, así lo percibe, lo asegura.
La “empresa” familiar empezó hace muchos años, antes de llegar a Sangolquí, incluso. José todavía no nacía cuando su papá buscaba distintas maneras de llevar más alimentos a la mesa. Desde tener una tienda, hacer pan hasta dedicarse a la confección de casimires en la hacienda donde los Ñacato Cruz vivían. Un día empezó a hacer los moldes de madera (muchos de los que existen en el taller son todavía los que Nicolás hizo) y realizó los primeros experimentos para obtener velas con decoraciones religiosas. Vio la oportunidad y siguió adelante. En la época de oro del trabajo, incluso llegaron a tener tres empleados para alcanzar a hacer las velas.
¿Es difícil confeccionarlas? José sonríe, ha dejado la tienda para entrar al taller a través de un largo pasillo. Las paredes están negras por la acción de la madera que arde en el fogón. Enciende una pequeña hornilla en la que hay una diminuta olla con cera líquida, agarra una de las velas listas para decorar y el proceso se inicia. Pega las hojas de colores y listo.
Las creaciones de la cerería “San Antonio’ han llegado incluso a España. Orgulloso, José afirma que sobrevivieron el viaje sin ningún daño. Pero esa no ha sido la única trascendencia. El trabajo de Nicolás continúa en él, así como la imagen de aquella persona que llegó a Sangolquí, desde Brasil, y se acercó al taller para intentar convencer a Nicolás de que lo acompañe para que haga velas en otro país, para un matrimonio. “Mi papá le dijo que no, porque le querían dar solo un pasaje para él y no para mí, para ir con él. Decía que a lo mejor iba y no podía regresar”. Eso fue hace 5 años, Nicolás se apagaría un año después; pero su trabajo, se mantendría.