Cruzó la frontera huyendo de la pólvora con la que aterraban a los campesinos los guerrilleros, los paramilitares y los soldados. Sin embargo, pólvora trajo en su voz.
Su voz traspasa el río San Miguel y se escucha con fuerza al otro lado, donde cultivos y un fuerte conflicto se confunden con el
calor y la selva. José Álvarez, más conocido en el mundo de la música guascarrilera como Johan Díaz, canta siempre de espaldas a la frontera de su país, Colombia.
Su vida hoy transcurre en Puerto Nuevo (Sucumbíos), a menos de cincuenta metros del límite. En el otro lado, Puerto Asís, nació, cantó desde que tenía doce años por unos centavos y casi fue famoso. Solo está separado por un río. Sin embargo, él no quiere regresar la mirada a lo que pasó, prefiere observar de frente al Ecuador, donde posee, después de muchos esfuerzos, la visa de refugiado.
Ya son seis años en que hace de todo para sobrevivir: “bolear machete, vender cerdos, ser albañil en una escuela”, y aunque su sueño “era conquistar los escenarios, romper corazones y ser admirado”, de a poco construye su vida otra vez.
El canto es la mejor terapia para recomenzar, para curar esas heridas que dejó el amor, un año en la cárcel y dos hermanos asesinados. A uno de ellos, músico como él, “le pegaron una ‘plomacera’ frente a su propia familia cuando se bajaba de un taxi”.
Volver a La Carmelita, su caserío, cree “sería un error. Tendría muchas preguntas que responder al Ejército, pensarían que soy de inteligencia. Los que regresamos después de un tiempo ya no somos los mismos…”.
Es que algo cambió en la vida de José o Johan, quizá por las cartas que nunca envió a su familia o la nostalgia de esa vida que tuvo. Lo que permaneció siempre como una huella es la pasión que siente por la música.
“Hacíamos música protesta y le dábamos duro a todos los presidentes. Cantábamos el tema ‘Glifosato’, con eso le digo todo…”
Desde hace algunos meses reunió a Pablo Solardi, (ebanista), Luciano Rojas (cantinero) y Pedro Coveña (operador de la planta de agua) y conformaron el grupo Los Inquietos de la Frontera. Con ellos se reúne luego del trabajo y la comida, a las dos y media de la tarde, en una cantina que está frente al río San Miguel, a practicar algunos temas.
Canciones como la de Los Alegres Caucanitos, quienes “por este atrevimiento” pagaron con tres años de cárcel en el Gobierno del ex presidente Julio César Turbay. Va así: “Alerta campesinos llegaron los gamonales/ Nos pelaron la coquita y a trabajar como animales/ Vámonos donde Turbay a que nos de un arma de fuego/ Porque ahora matar a otro por 20 pesos, ya vale huevo”.
Luego interpretan Grito de Libertad, tema que fue presentado en uno de los gabinetes itinerantes del mandatario Rafael Correa.
Eso fue algo nuevo en la vida de José. Antes “hacíamos música protesta y le dábamos duro a todos los presidentes, nunca en su honor. Cantábamos el tema Glifosato, con eso le digo todo… Ahora, si le fallan al Ecuador, usted tenga la seguridad que le vamos a dar igual a Correa”.
La vida de José, de 1994 a 2001, fue otra. Formó con otros integrantes y su hermano la agrupación “Los Alegres del Cuembí”, que con el tema Lamentos de un Jornalero, se convirtieron en un referente de Puerto Asís. Representaron tan bien a la región, que lograron tres veces el premio Cimarrón de Oro, uno de los máximos galardones de la música popular colombiana.
En ese entonces adquirió “una casita y una finquita”, en la que sembró plátano, arroz y por qué no decirlo, coca “como todos los campesinos de por ahí”. Por su casa pasaron las autodefensas, el ejército y la guerrilla, y a todos “les di un vaso de agua”. Sin embargo, en 2001, al sospechar que había colaborado con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), fue acusado de rebelión y pasó un año en la cárcel.
Suena la canción: “Si siembro coca será porque me toca/ Aunque decirlo ahora suene muy mal/ Y sí es por culpa de que el arroz no vale nada/ Lo mismo pasa con el plátano y el mais (maíz)”. Haber cultivado coca no le causa vergüenza. Sí, haberle fallado a su familia cuando “me las di de picaflor y tomatrago”.
Un poco de silencio entre canciones. El ruido se calla entonces en Puerto Nuevo. Los Inquietos de la Frontera entonan y sus voces llegan, otra vez, hasta el otro lado del río. Las penas, con fortuna, se irán con el agua.