Tomada de la edición impresa del 20 de agosto del 2008

FOTO: Ricardo Bohórquez

Manuel Cupertino Veliz Guadamud.

Manuel Cupertino Véliz Guadamud: El curador de mordidas

Datos


Nació en el recinto El Porvenir a unos
pocos kilómetros de Alejo Lascano. Hoy cumple 55 años. Sus padres fueron Carlos Antonio Veliz y Pascuala Guadamud. Está casado con Leonarda Rivera y procrearon siete hijos. Tienen 26 nietos; actualmente cuidan y viven con tres de ellos.

 

Es el último curandero de mordeduras de culebras que habita por el sector. “Todos han muerto”, dice. Su padre le enseñó los secretos y empezó en este oficio cuando tenía diez años. No recuerda la cantidad de gente que ha curado. No cobra por sus servicios, lo deja a la voluntad del atendido.

 

La culebra más común que se encuentra por donde vive es la Equis, le sigue la Verruguienta, llamada así porque tiene el cuero áspero y color verdoso. Considera que la más peligrosa es la culebra De Sol, porque hay que realizar el tratamiento antes de que llegue la noche.


Una vez lo mordió una culebra y lo llevaron a Portoviejo porque estaba tan débil que no podía curarse a sí mismo. Ya no trabaja en el campo porque tiene problemas en su hígado. Actualmente, sobrevive como guardián de los materiales de un puente que están construyendo cerca de su casa.

En los alrededores de su pueblo él es la única posibilidad para sobrevivir luego del ataque de una culebra. En la naturaleza encuentra los montes que le sirven para sanar.


Cuando le preguntan cómo se curan las mordeduras de culebra, Cupertino, como lo conocen por los alrededores de la parroquia Alejo Lascano, del cantón Paján en Manabí, responde discreto: “con montes vegetales nomás”. Su voz se arrastra quieta por la tarde con el dejo  montubio en primer lugar y cierra cualquier posibilidad de interpretación. Ante la insistencia por conocer su técnica, en un arranque de locuacidad explica: “hay que sacar los colmillos, quemar la mordedura, darle bebida al paciente, es decir aguardiente o puro, hacerle baños, emplastos, todo”, esa es su prescripción. El tratamiento dura tres días y Cupertino es insistente y muy enfático en señalar que por ninguna razón se lo debe interrumpir. Aquellos casos en que el paciente no cumple con lo dispuesto por él, casi siempre terminan en muerte.

La casa de Cupertino está a 12 minutos en auto desde Alejo Lascano.   Se llega por un camino de piedra y polvo, algunos lo llaman carretera, pero aquello es una ilusión. La construcción de caña se levanta sobre el lado izquierdo y podría pasar como una postal campesina adornada con ruidos de pájaros y animales domésticos. Está rodeada por vegetación y delante hay unos cordeles donde cuelgan algunas prendas de vestir.

En el diálogo lo acompañan su esposa Leonarda y algunos chiquillos que se intrigan ante la cámara del fotógrafo. Piensa que el destino es un elemento que siempre entra en juego cuando la vida está de por medio; en Cupertino hablan sus 55 años. Su rostro trasmite tranquilidad, lleva barba rala y las canas blanquean su cara apacible. Cualquier pregunta la responde sin inmutarse. Las uñas de sus pulgares son largas y va descalzo. La piel de sus pies se ha endurecido de tanto andar por montes y caminos olvidados.

“Estaba todo apanelado, hinchado y con la lengua moradita, no veía y ni la ropa le entraba... Luego de una hora se recuperó”
La expresión: “el veneno corre rápido”, es un dicho muy conocido entre los campesinos. Leonarda la usa para explicar que siempre es mejor la prontitud cuando alguien es mordido por una culebra. “El veneno se entripa, le coge el pasmo y se murió”, asegura. “Aunque a veces he curado mordidas que tienen hasta seis días”, dice Cupertino, “no es recomendable esperar tanto y siempre depende de el tiempo”. La explicación se refiere a las fases lunares. Él cree que curar en menguante es mucho más fácil, que en cuarto creciente.

“He curado harta gente”, revela. Alguno también se murió porque no cumplió con el tratamiento tal como lo manda. Para él, la culebra De Sol se lleva el premio como la más complicada al momento de curar su mordedura, no es muy famosa, pero es efectiva. “Si usted no le da con la contra, antes que caiga el sol se va”, acompaña su expresión con una mímica que indica “sin solución”. Ése es un sello de Cupertino. En los gestos pasivos de su cara hay información, maneja un lenguaje que a veces resulta más elocuente que las palabras.

Dicen los que lo conocen que empezó en las andanzas culebreras a los diez años. Quizás por eso no recuerda cuántos ha sanado con el arte que le enseñó su padre. “La malicia no la ha creado el mundo sino Dios”, refiere. Todo se aprende de la naturaleza y en ella se encuentran los montes que sirven y son útiles para curar. Para ilustrar su oficio cuenta la historia de un tipo que llegó de El Guavito, que no se quiso quedar los tres días para el tratamiento, por el apuro solo se tomó una bebida para atenuar los efectos del veneno. Se marchó a Lascano donde se encontró con unos amigos y se puso a beber para celebrar su prisa. En la noche regresó moribundo a la casa de Cupertino. No hubo nada qué hacer. Llamó a la familia y dijo: “ese hombre se muere porque se muere, solo Dios lo puede salvar”.  Su esposa agrega: “nadie de la familia lo vino a ver, nosotros fuimos madre y padre para él, se orinaba y yo lo cambiaba, yo lloraba y lo acompañaba en su soledad”.

Relata que cuando vivía en Colimes le llevaron un mordido de Daule con todo arreglado para el entierro, incluso hasta la caja. “Estaba apanelado, hinchado y con la lengua moradita, no veía y ni la ropa le entraba”, cuenta. Hizo vapores con cuatro litros de puro y lo bañó, luego de una hora empezó su recuperación. “Dios hizo todo, uno no es el que cura”, dice seguro y señala hacia arriba en busca de aprobación por lo hablado.
Francisco Santana
fsantana@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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