Alguna vez anduvo lanzando piedras y cocteles molotov. Hoy sigue disparando, pero palabras e ideas, hacia la conciencia de sus estudiantes. Sus clases son rituales memorables.
La universidad Central de Quito está cercada por policías, y adentro, un puñado de estudiantes levanta una manifestación en contra de la dictadura de Guillermo Rodríguez Lara.
Pese a que las puertas están bloqueadas, los manifestantes salen en estampida. Los uniformados los reciben a golpes. Toletes contra piedras y palos. Bombas molotov contra lacrimógenas. Ruido y desesperación.
Luis Pazmiño, de 21 años y estudiante de Ingeniería Química, observa la revuelta como si fuera en cámara lenta. Mira fijamente a un policía, que dispara una bomba lacrimógena. El proyectil rebota en una pared e impacta en las costillas de uno de los protestantes. El muchacho lanza un grito de dolor y se desploma al instante. Pazmiño corre en su auxilio. Se adentra en una cortina de gas y llega hasta su compañero caído. Cinco gendarmes arremeten en su contra, pero logra cargar a su ‘camarada’ hasta una clínica cercana.
Con la boca llena de sangre se enorgullece de su hazaña. “Me dejaron huir para que me lleve al herido”, cuenta, ‘modestamente’, a un curioso.
Aquella tarde de 1976 es solo un recuerdo para Pazmiño, que ahora vive de forma tranquila. A sus 53 años, lo único que conserva de esa época son los ideales y el cabello largo, decolorado por el tiempo.
No pudo concluir sus estudios en la Universidad Central por su espíritu revolucionario. “Uno de los directivos robaba que daba miedo. Dos amigos y yo organizamos una huelga para que lo destituyeran, pero todos se atemorizaron por las notas. Nos expulsaron”, comenta, nostalgia en la sonrisa.
Bajito y regordete, se dedica a dar clases de literatura en un colegio particular de Guayaquil, ciudad a la que llegó hace 20 años para trabajar como jefe de sistemas de una compañía de cosméticos. “La computación estaba recién llegada a la capital, por eso me metí a estudiar Ingeniería en Sistemas, en la Politécnica del Ejército”. Pero no acabó, un aire de puerto se interpuso.
Cuando llegó a Guayaquil, en 1986, las cosas no fueron fáciles. “Vine recomendado directo a trabajar, pero no conocía a nadie”, dice con la vista perdida en una pila de libros arrumados en un rincón de su lóbrego, estrecho departamento.
“He visto la pobreza extrema, pero también la libertad. Creo en ella. Sobre todo para amar”
Se inscribió en la Universidad de Guayaquil para estudiar literatura, atendiendo a su auténtica vocación -no más ciencias exactas, se dijo, eso no es la vida-. En su viejo terruño había dejado a alguna gente con la que hablaba de política. Recuerda a un muchacho tímido e inteligente, con ideas revolucionarias. Resultó ser Fernando Abril, miembro de una facción subversiva creada a raíz de la masacre de Aztra, y encarcelado, luego, por el asesinato del empresario José Briz López. “Nunca me lo imaginé tan radical”. También menciona a ‘Sayonara’ -cuyo nombre prefiere obviar-, miembro de Alfaro Vive Carajo, acribillada junto a su esposo en un operativo de represión.
Da un largo sorbo a su cigarrillo y cuenta que de niño tuvo la oportunidad de leer en abundancia, gracias a que su padre trabajaba en una trasnacional de mudanzas y constantemente le traía revistas, cómics y libros. Se creía Tarzán y colgaba sogas en las vigas de su casa.
Y desde esos días fue un aventurero. Ya en el colegio, recorrió el país a mochila. “Durante mis viajes conocí la pobreza extrema, pero también la libertad. Creo en ella. Sobre todo para amar”. Por eso define al matrimonio como “una institución creada para negar la naturaleza polígama del ser humano”.
Cuando enseña abre una brecha entre sus conceptos vitales y sus alumnos. Debe alejar sus creencias sociales para no influenciarlos. Sin embargo, no puede evitar contagiar su amor por las letras.
Como educador se distancia de la tradición. Gracias a ello, se ganó el apodo de ‘capitán’, como aquel poco ortodoxo profesor de literatura de la película “La sociedad de los poetas muertos”, interpretado por Robin Williams.
Todas las mañanas Luis, el capitán Pazmiño, viaja con sus alumnos por el mundo de Troya, por el infierno de Dante y por Macondo. “Ya no sé hacer otra cosa”, comenta y entierra lo que queda de su cigarrillo en el cenicero.
Sus clases son de interacción. El capitán cuenta historias y los alumnos las asimilan. Opinan. Hacen preguntas. Se sienten protagonistas. Hasta se entusiasman. Sobre todo se entusiasman. Como él, que al llegar a su casa y poner a rodar alguna buena canción de rock añejo, planea el próximo golpe de timón.