Hace décadas comenzó su peregrinaje por las sendas de los libros y el mundo. Su arrojo lo ubicó en un lugar de privilegio para catar la literatura en castellano.
Son muchos años los que lleva enviando a destino impreso sus investigaciones y sus versos y, más aún, los que ha recorrido en su tránsito por la trabajosa vía de la palabra escrita. Se remonta a los cinco años de edad y recuerda como si fueran ayer los días en que aprendió a leer y a escribir. Aquella tarde en que fijó de una vez para siempre los complicadísimos trazos de su rúbrica.
El suyo es uno de aquellos nombres que no se pueden reconocer sin uno de sus elementos: nombre, apellidos paterno y materno. Todos lo conocen como Rodrigo Pesantes Rodas. Su identificación, como el continuo tamborileo de sus dedos sobre la superficie del escritorio en el que se encuentra sentado.
Sus recuerdos primeros son de una residencia intermitente entre Azogues y Cuenca. Vivió también en Quito por una breve temporada, en la que inició sus estudios universitarios. Hasta que, a los 19 años, decidió ir a tierras bajas, y adoptó como su ciudad a Guayaquil.
Ya como Doctor en Letras, tuvo un paréntesis de seis años en los Estados Unidos. Allá dictó cursos de posgrado en la carrera de Filología en el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Columbia. La invitación se la hizo Francisco García Lorca, el hermano del poeta andaluz. Se relacionó con el poeta cubano en el exilio Eugenio Florit. Se dio el inmenso gusto de dar a conocer a poetas de nuestro medio como Hugo Mayo, Miguel Ángel Zambrano, Aurora Estrada, César Dávila Andrade y Jorge Carrera Andrade. “Me produjo gran sorpresa que las voces que más pegaron fueron las de Carrera y Mayo; el uno que maneja una lógica estética, el otro vanguardista”. Fruto de esa experiencia fue el libro que escribió a continuación: “Siete poetas del Ecuador”, que tuvo gran difusión en diversos centros académicos norteamericanos.
Una de las cosas que ha mantenido es su espíritu aventurero. Los viajes, al igual que los libros, le han permitido conocer y recorrer el mundo. En Hunter College, hizo muy buenas migas con Nicanor Parra, José Olivio Jiménez y el crítico Enrique Ojeda.
“Me lancé sin saber inglés, sin contactos y pude ubicarme primero, por cuestión de sobrevivencia, y segundo, por mi sed de culturas ajenas”. Así, en su propia lengua, emprendió camino y le dio pecho al futuro.
Me lancé sin saber inglés, sin contactos, y pude ubicarme
por mi sed de culturas ajenas”
Rememora cuando después de su curso, visitaba la librería de Las Americas Publishing Company, dirigida por Gaitán Ormaza. “Una vez me dijo que regresara al día siguiente, pues el poeta Carrera visitaría el local”. En efecto, así se inició una amistad de largos años. Fueron muchos cursos y congresos internacionales en los que coincidieron.
De los Estados Unidos dio el salto y atravesó el Atlántico en 1970. Aunque tuvo un empleo en la embajada ecuatoriana en España, lo hizo transitorio y renunció porque su vocación de librepensador era incompatible con el régimen franquista. Luego dio conferencias en Barcelona, Sevilla, Madrid y Pamplona. El destino le dio tres noticias inesperadas. Primero, Alfonso Barrera Valverde le ofreció un puesto en el cuerpo diplomático en Estados Unidos; segundo, también lo llamaron para ocupar la cátedra en Minneápolis, Minnesota. Pero la tercera noticia anuló a las otras: no tomó ninguno de los empleos porque regresó al Ecuador a presenciar los últimos momentos de su madre.
Cataloga de fructífera su estadía en España. Conoció a poetas como Vicente Aleixandre, Gloria Fuertes y la biógrafa Carmen Conde. Hizo amistad con voces que estaban en el inri de la lista de poetas maltratados por el fascismo. México ha sido, también, una de sus debilidades de peregrino: ha estado varias veces desde que ganó en 1996 el premio Vasconcelos, del Frente de Afirmación Hispanista.
Al retornar al Ecuador, cayó en la cuenta de que se había convertido en un ser extraño en su tierra. Fue un duro golpe, pues no solamente perdió los contratos que le habían ofrecido, sino sus contactos personales. “Poco a poco se van perdiendo las huellas, por urgencias cotidianas y la distancia”. Debido a una recomendación médica, decidió vivir en la península de Santa Elena, donde enseñó en colegios. Cuando se sintió repuesto, estuvo de nuevo en la ciudad y ganó por concurso la cátedra universitaria en la Universidad de Guayaquil. Se desempeña desde entonces en las asignaturas de Literatura Ecuatoriana y Estilística.
Cuando no está en clases, visita a gente con la que disfruta del placer de la conversación. Entonces, café de por medio, se sienta y, siempre fiel a su tic nervioso, sigue tamborileando con los dedos.