Tomada de la edición impresa del 16 de agosto del 2008

FOTO: Ricardo Bohórquez

Luis Medina Muñiz, tiene 51 años. Nació en San Jacinto, un pequeño poblado en el sur de Manabí, el 19 de agosto de 1957.

Luis Medina Muñiz: Madera como canto puro

Datos

Tiene 51 años. Nació en San Jacinto, un pequeño poblado en el sur de Manabí, el 19 de agosto de 1957. Es hijo de Segundo Belisario Medina Marcillo, quién falleció cuando Luis tenía dos años, y de Angélica Muñiz Caña. Estudió hasta sexto grado de la escuela, pero no terminó.

Es el último de nueve hermanos. Está unido con Irma Ramona Alay Ponce, tiene cuatro hijas y dos nietos. Vive hace 15 años en la parroquia Sixto Durán Ballén, que antes era llamada Las Pajitas. Se afincó ahí porque en San Jacinto no había electricidad, ni caminos y se sufría más.

Sus primeros cristos eran de 40 centímetros, no se atrevía a hacerlos más grandes. Ahora hace figuras de hasta dos metros. Unas de sus últimas obras es un Cristo de 80 centímetros, confeccionado en una sola pieza de madera de la que se desprenden la cruz, el manto y cinco ángeles.

Hizo el servicio militar en la Escuela de Artillería Mariscal Sucre de Quito. Ingresó con intenciones de hacer una carrera militar, pero dice que, lastimosamente, le tocó vivir la guerra con Perú en 1981 y luego de esa experiencia lo único que deseaba era encerrarse en casa con su familia.

Campesino. Sin saber nada de arte y con estudios hasta sexto grado de escuela, decidió buscar una opción creativa que no lo mantuviera atado a la pena ni al abandono.

 
A los quince años decidió dejar el machete y aventurarse tallando figuras. Recuerda que empezó con piedras que recogía en los ríos, llamada cancagua. Hacía muñecos y adornos que siempre mantenía dentro de frascos sumergidos en agua, porque el contacto con el aire los dañaba; luego cambió las piedras por balsa. Sus manos pequeñas se mueven, rápidas y ágiles, cuando se enfrentan a la madera; parecen cantar cuando las herramientas esculpen imágenes de cristos y santos que adornan iglesias y casas de aquellos que reconocen con admiración y beneplácito el trabajo de Luis.

Él no lo aprecia así. Con humildad y serena voz dice directo: “cuando empecé no tenía las herramientas adecuadas, además me faltaba conocimiento y los cristos me quedaban feos”. La charla transcurre en el patio de su casa, en la parroquia rural Sixto Durán Ballén. Un punto en el sur de Manabí que antes era conocido como recinto Las Pajitas. Debajo de un árbol de cerezo está su mesa taller. Ahí acomete con decisión la talla. Por los rincones se encuentran esparcidos trozos de madera nueva, herramientas envejecidas, un ventilador apagado, estampas religiosas, papeles amarillos, virutas y polvo de aserrín que se ha quedado necio y sirve de testigo cuando Luis habla de su trabajo, que más que eso, es una pasión que lo trastorna.

El oficio lo ha vuelto virtuoso. Reconoce que los trabajos iniciales no lo dejaban conforme y siempre los remodelaba o los tiraba a la basura. Fue rectificando y ahora dice que le parecen buenos. Para entender sus palabras hay que viajar hasta sus días de niño perdido en el campo. Hasta su historia de ser el último de nueve hermanos mantenidos por su madre, porque su padre murió cuando tenía dos años y ni siquiera lo recuerda. Hasta su realidad sin estudios de ninguna cuestión artística. Hasta la verdad de su abandono escolar en sexto grado. Hasta sus años de adolescente agricultor macheteando monte, rumiando miedos y volviendo a su hogar sin electricidad, ni agua potable y pocas esperanzas de encontrar una vida medianamente justa. En ese viaje por sus recuerdos aparecen los motivos que lo hicieron rebelarse, abandonar el machete e inventarse una vida propia. Lo resume preciso: “ya no quiero saber nada de eso. Me fue muy mal con el machete. Se sufría bastante, se ganaba muy poco y no veía ningún futuro en eso”.

“Ya no quiero saber nada de eso. Me fue mal con el machete. Se sufría bastante, se ganaba muy poco y no veía ningún futuro”


El amor por la talla le nació sin apuros y le gustó demasiado. Sin embargo admite que un tiempo viajó a Guayaquil para rebuscarse la vida  con alguna mejor opción y abandonó sus sueños con la madera. Luego del servicio militar volvió al pueblo en donde nació, San Jacinto. Ahí conoció a Irma Alay Ponce, su compañera, dejó la soltería y se dedicó por completo a la talla. Tenía 22 años.

En esa época de temores y aprendizaje hasta fabricaba los pinceles con su propio cabello. Todavía conserva esas reliquias que lo ayudaron a ganarse sus primeros sucres. Le encanta su labor y recalca: “Soy muy sincero en decir que hasta ahora no he visto a nadie tallando una obra”. Es un gusto que le surgió de la nada. Quizás el secreto sea que cuando empieza a trabajar uno de sus santos se encomienda a él para que lo guíe. Dice ser creyente y para ratificar su expresión se arrima a un San Judas Tadeo, que escucha la conversación desde una mesa del patio.

Su madera predilecta es cedro de castilla, auque algunas de sus obras están talladas en corazón de pechiche. Sostiene que nunca trabaja con el blanco de la madera, solo puro corazón para mayor seguridad de que las polillas no la dañen. En estos días el trabajo es escaso. Cuando no tiene ningún encargo se dedica por su cuenta a realizar las figuras de santos más conocidas y con mejores posibilidades de venderse. “Trabajo una virgen y me voy sin rumbo con ella al hombro. La dejo a tres plazos, a dos, o las fío. Las coloco como sea. He hecho obras  que se han ido a España, Italia y Estados Unidos”. Le gusta que conozcan su trabajo en otras partes.

Nadie le enseñó nada sobre su arte. “No sé si algún día un verdadero maestro me diga: ‘aquí hay un error’. Para mí sería un gusto, porque siempre se aprende de los que saben”.  Conclusión humilde y sin soberbia.
Francisco Santana
fsantana@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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