Hace más de una década comenzó con un programa radial que se ha convertido en un referente para los jóvenes. Hoy es una madre rockera, con un estremecedor gusto por la vida.
“Lo esencial es invisible a los ojos” es una frase que tomó Mayra Benalcázar de El Principito y la dedicó a su hijo Martín, de tres años, para toda su vida. En ninguna fotografía de su pasado, de esas que guarda en un baúl, ella parece ser la misma. Y si es verdad que una cámara puede captar el alma, entonces, Mayra ha sido muchas personas. Y ninguna se parece a la otra, todas tienen una esencia diferente, que se siente pero no se ve, que es invisible a los ojos.
Su departamento es pequeño, pero guarda su historia y la de su programa radial, Prohibido Prohibir, en vigencia desde hace 15 años como una alternativa, no solo para escuchar música, sino para enfrentarse al mundo.Pero a pesar de todas susmetamorfosis, todavía es una rockera, en el sentido más amplio de la palabra, y una defensora de los derechos humanos, que le da la espalda al poder y sus abusos.
Su espacio es el ejemplo de aquello. Es una puerta abierta para las bandas del underground nacional, que pertenecen a géneros cuestionados como el heavy metal, el gótico, el black, entre otros. ”Prohibido Prohibir”, un lema que aunque ahora se siente como propio, en realidad le perteneció al movimiento estudiantil de mayo de 1968, cuando la juventud francesa se reveló ante el sistema.
El nombre del programa que parece no establecer barreras, en realidad sí tiene un límite, que para Mayra “es el respeto a la vida y la no agresión al otro”. Decidió, por eso, “establecer reservas a grupos que promocionan una paliza o una violación…”.
En un extremo de la entrada de su departamento permanecen biblias de diversas religiones: “que con el tiempo me enseñaron que hay reglas planetarias como no lastimar a los demás, así seas católico o protestante, siempre será lo mismo”
Otra “regla planetaria” es proyectar vibra positiva, en su caso dirigida a sus oyentes, a los que apoya al aire y fuera de él, bajo la enseñanza del libro del Talmud: “salvar a uno es salvar a la humanidad entera”.
Sin embargo, ni todo ese conocimiento espiritual, pudo con una mañana del 2000, cuando un chico llamó al programa desde el centro comercial Caracol (norte de Quito) y le dijo “ya no quiero estar más aquí”. Colgó el teléfono sin esperar una respuesta. Escuchó una canción. Subió al último piso del edificio. Y se lanzó sin que nadie pudiera interponerse.
Ese suicidio es un pendiente eterno en la vida de Mayra Benalcázar. Un día tras otro, ha tratado de responderse “¿Cómo pude detener esa muerte?”, “¿Qué le habría dicho si no hubiera colgado?”.
“Cuando sucedió el incendio en The Factory, fui una mediadora y no aparecí en mi casa en dos semanas”
La muerte apareció otra vez cuando sus tres mejores amigos fallecieron, separados solo por lapsos de tres meses. Intentando superar esas pérdidas entendió que ella y su grupo estaban inmersos “en un círculo a lo James Dean. Vive rápido y muere joven…”.
No se arrepiente de algunos excesos en su camino y cree que cuando hable con su hijo sobre estos temas, tendrá una perspectiva más amplia.
Su papel de madre es lo que más le llena y a veces le crea conflictos: “Yo he llegado a sentir que soy una mala mamá. Porque ya no solo cuentan mis necesidades sino las de un chiquito. A mí me apasiona la defensa de los espacios y cuando sucedió el incendio en The Factory, fui una mediadora y no aparecí en mi casa en dos semanas. La caridad comienza por el hogar, dice mi mamá. Y mi niño está con otras personas. Eso te crea un conflicto, de si estoy haciendo bien o mal”.
Pero por su entrega y nivel de compromiso, por decisión unánime, diferentes tribus urbanas de Quito, enemistadas a veces entre sí, la nombraron representante en el proyecto de defensa a la música nacional.
Ese fue un reconocimiento pequeño, casi insignificante, a su labor de activista y promotora de música independiente, que ha ido dejando huella itinerante en diferentes espacios. Un homenaje, a esa adolescente que fue, y que salía a las calles a protestar por la desaparición de los hermanos Restrepo. A esa madre rockera, que ahora es, y que lucha todos los días desde su trinchera, la radio.
Mayra Benalcazar lleva en su pecho tatuada una hoja que parece estar suspendida para siempre en el aire, como recuerdo del sobrenombre que su padre le otorgó de niña, “wayra pamushka”, que significa, “La traída por el viento”. Seguro que nadie más que él, la pudo describir mejor.