Surcando la ciudad, incansable, ha logrado sacar adelante su vida. Mujer de acción, padre y madre al mismo tiempo, deudora de la fe, el trabajo y el coraje.
Mantiene su auto como a una joya y, si de vez en cuando arranca hipando, se encarga de que al rato ruede ronroneando.
Desde que cumplió 17 años se inició en la jungla laboral y su campo de acción fue, durante mucho tiempo, la atención a los clientes mientras se acodaba en un escritorio taraceado. Como secretaria de sucesivas empresas, un manglar de rostros la cobijó con su sombra, despacho tras despacho.
Se calificaba por entonces como una todóloga. De su primer trabajo, como secretaria recepcionista de un amanuense en la Corte Superior de Justicia, Shirley desertó a los días de haber ingresado. Nunca le agradaron las gratuitas fintas amorosas que recibía de parte de sus superiores. “Eran muy babosos, así que me salí”, se transporta, con una mueca de disgusto, a esos tiempos. Su último puesto en relación de dependencia fue en la oficina del ingeniero Jorge Encalada. “Me iba muy bien; incluso hice amistad con los que eran mis jefes, hasta que debí renunciar porque tenía que darle todo mi tiempo a mi madre, que enfermó de gravedad”.
De repente, suspira profundamente. Sus años más felices fueron los que caminó de la mano de su novio y luego esposo, José Ricardo Garcés. Volvió a trabajar, una vez nacida su hija Adriana. Se cambió de casa desde el sur hasta el extremo opuesto de la ciudad, en los Samanes. Se dedicó al comercio, distribuyendo productos diversos de belleza a sus clientes, mujeres todas. “Las cremas, los exfoliantes, los perfumes y los cosméticos siempre han tenido buena salida”. Junto a su esposo, adquirió un vehículo y lo puso a trabajar como taxi, con un conductor. Tenían también quien les ayudara con la niña. Pero luego, lo del accidente.
“Mi mundo cambió del escritorio al volante; ahora me las veo. Es cuestión de querer y poder”
Recuerda nítidamente cuando acompañó a su hijita a dejar el diploma que obtuvo en la escuela a la lápida de su padre. El enviudar no estaba en los planes de Shirley. De repente se sumergió en una desolación que duró algo así como 3 meses, y que todavía mantiene sus rescoldos. “No quería saber nada; dejaba a la bebe en la escuela y regresaba a la casa solamente a llorar”, se ensombrece, lívida.
Decepcionada, regresó al hogar de sus padres y se disponía a sacar el carro de la cooperativa de taxis a la que pertenecía, pero el sargento Marcos Muñoz, que la gerencia, le recomendó que no lo hiciera. “Hizo que me fijara en que era una herramienta de trabajo”, gesticula a la vez que se le enciende una orquídea de esperanza en la mirada.
“Y así fue como me dije a mí misma: adelante, que hay que avanzar y tomar las riendas de mi vida; si no trabajo, ¿qué hago?”.
Había que seguir; y justo la primera carrera que hizo fue a Los Ceibos. Pensó: “en qué me metí, si no conozco las calles y me pierdo con tanta dirección”, pero después de llegar, y de retornar a la base que sirve de estación, sus compañeros le dieron ánimos y valor.
“Mi mundo cambió del escritorio al volante; ahora me las veo. Es cuestión de querer y poder”. Una jornada regular para Shirley significa, después de dejar a su pequeña Adriana en la escuela, estar atenta a los clientes fijos que se comunican con ella a través del celular y la radio. “Sé que debo terminar de pagar el carro; y cumplir con mi hija. Ella es muy sensata y no pide imposibles materiales”. Los domingos, después de las labores del hogar, va al cementerio con Adrianita. “Su papá nos dijo que si se ausentaba, nos cuidaría desde un lucero; y ella recuerda bien esas palabras”. Aunque en un momento pensó que su niña iba a fallar en los estudios, la pequeña siguió rindiendo, y actualmente es una de las mejores de su clase.
Ha corrido riesgos. Hace 8 días un carro se le acercó y de él se apearon dos individuos armados, que le arrebataron su laptop a una clienta y a ella, la radio con DVD que tenía en su flamante auto. A veces, el Chevrolet Corsa azul parece de mucho mayor tamaño, duplicado debido a su reflejo en el asfalto mojado por la garúa. Mientas se distancia rumbo a donde los carros se apiñan, sus faros parpadean, empequeñeciendo en su marcha hasta desaparecer.