Casi cien años sin una cédula que certificara su existencia, no le impidieron a esta longeva matrona encontrar la esencia de la vida en el placer de las cosas sencillas.
No recuerda exactamente cuándo nació. ¿Cédula? Nunca. ¿Sufragio?, peor. Siete hijos que no inscribió. Es que a la vida, parece decir Orfelina Ermita Vivero con la suya, no le imprime sentido el papel. Y ya son 95 años sobre el verdor de su tierra esmeraldeña.
Tiene dificultad para escuchar. “Deben hablarle muy cerca y duro para que pueda contestar”, explican sus hijos, nietos, amigos y vecinos. En su conversación, suave y pausada, a veces se detiene para preguntar de qué está hablando, pero mantiene una idea: “no tengo cédula, dicen que hace falta”.
“El día que decidió, al fin, obtenerla; se convirtió en una de las mujeres más famosas del cantón San Lorenzo, y un ejemplo para muchos”, asegura, convencida, Alba, una de sus hijas.
Fue el dos de agosto, un sábado de calor. A Orfelina la peinaron para la foto. En un moño recogieron su corto cabello, blanco y rizado. La engalanaron con su vestido favorito, cruzado con rayas verdes y moteado de flores amarillas. Además, por supuesto, un collar y aretes de ‘mullos’ multicolores.
Al salir de su casa, sus pasos eran lentos, los más de 30 grados en el aire tropical hacían estragos en su caminata. Llevaba un pañuelo blanco para limpiar el sudor de su frente y de sus manos. Una de sus hijas llevaba una silla para que descansara en la brigada de cedulación del Registro Civil.
Después de tres horas de espera, sonreía por fin frente a la cámara. Apenas mostró sus encías y clic, la foto estuvo lista. Unos dedos arrugados, temblorosos, marcaron con tinta sobre el papel oficial, el signo de una existencia que no necesitó de oficialidad para ser y crecer. Pero no firmó, “nunca aprendí a hacerlo”, dice. En menos de cinco minutos, con su cédula en mano, se “sabe” según las estadísticas que está viva y que es ciudadana ecuatoriana.
Mientras personal del Ejército y del Registro Civil sentaban a Orfelina en una silla y le entregaban su cédula, una de sus hijas, María Juana Ortiz, comentaba sonriente: “no perderé la oportunidad de verla sufragar en los próximos comicios”.
Ese día, la vieja matrona se convirtió en toda una estrella: cámaras fotográficas, de televisión y hasta funcionarios del Gobierno se acercaron para abrazarla. Pero el relámpago de la fama dura, como se sabe, quince minutos. Luego hay que regresar al hogar.
Debido a sus dificultades para caminar en las calles de tierra y piedra, Orfelina y su hija toman un pequeño ‘taxi pirata’ que, por un dólar, traslada a la nueva ciudadana hacia el barrio “El Carmen”, entre las calles Santiago y Bogotá, detrás de la “cancha vieja”.
“El día que decidió, al fin, obtener su cédula; se convirtió en una de las mujeres más famosas del cantón San Lorenzo”
En su casa de paredes cariadas, por cuyos huecos se filtra el viento, todos quieren ver la cédula. Orfelina solo quiere sentarse y tomar algo para refrescarse.
Ya en casa, se apodera de su bastón de madera y se acerca a ‘sus santos’, que se encuentran en un pequeño altar, tras la puerta, sobre una mesa cubierta con un mantel. Sobre ella hay varias estampitas, entre las que resaltan la de la Virgen de Las Lajas (Ipiales-Colombia), La Merced, San Antonio y San Martín.
La piel de la matrona, dicen sus hijas, es sana porque se alimentaba bien cuando joven. Ahora extraña la comida de monte (guantas, tigrillos y armadillo). A veces “quiero comer rico, pero ya no hay, solo pollo, pollo y verde”, se queja, mientras recuerda que en la selva de Esmeraldas y en el manglar se encontraba de todo.
El que sí dejó secuelas en su salud fue el trabajo en la minería artesanal. Ahora debe soportar agudos dolores en sus extremidades, algunos retorcijones en el estómago, y ha perdido la vista de su ojo izquierdo.
Pero sus dolencias no limitan su alegría. Cuando hay ‘encocado’, se come todo. Cuando hay que bailar al son de la marimba, al pulso de un tambor fragoroso o, incluso, del reggaeton que de vez en cuando le enseña su nieta, se apoya en su bastón de madera gastada. Esa es la esencia verdadera de la vida, sin papeleos. La vida, al margen del “registro oficial”.