Una mujer espiritual que no pasa sus días entre velas, rezos o manifestaciones sobrenaturales. Busca, tan solo, el ‘despertar de la conciencia’, de la luz que es energía.
Luz, iluminación y conocimiento, tres términos que para María Amparo están ligados desde siempre. “Todo es luz”, asegura con firmeza, de la mano de la curiosidad que ha motivado desafíos, mentales y físicos, así como un deseo de reflexión sobre la humanidad, y, sobre todo, en cómo conseguir una buena vida. Cuenta lo que ha hecho y reconoce que ha conseguido lo que ha querido. Por ejemplo, al término de su bachillerato, en Francia, regresó al Ecuador y estudió filosofía en la Universidad Católica de Quito, por eso que denomina pasión por las corrientes del saber. “Fue por mi amor a la verdad, lo que proponían los griegos. Fue a través de esa filosofía que conocí el pensamiento humano antes de ser cruzado por el dolor”, cuenta, sentada en la sala de su casa, en Cumbayá, uno de los valles que circundan Quito. Luego estudiaría otras cosas, como fotografía y cine, la luz de por medio.
Ese deseo de encontrar algo más la movió desde muy joven: “la realidad, como aparecía, nunca me bastó. Me parecía que era un juego de imágenes”, asegura.
Era el movimiento lo que le interesaba de niña, cuando la energía se traducía en mover el cuerpo y hacerlo funcionar. Eso le dejó la certeza de que la danza significaba el camino a seguir en esa etapa y la practicó en su niñez y adolescencia. “Aprendí a reconocer mi cuerpo con esa disciplina”, cuenta. De la danza clásica, pasó a la contemporánea.
Su vida ha sido un eterno retorno al país, desde las diferentes ubicaciones a las que partió buscando las experiencias, ese ‘algo’ que siempre se mantuvo como recopilación de conocimientos, hasta que en 1997 obtuvo el que considera el más grande, mientras permanecía en Estados Unidos, junto a sus tres hijos, estudiando medicina oriental. Pero vamos por partes: antes, la curiosidad por la luz se manifestó en trabajos en los que la iluminación y el contacto con otros eran condición necesaria. Por cierto tiempo fue presentadora de noticias en Gamavisión. Delante de las cámaras, recibiendo la luz de los reflectores que la iluminaban completamente, intentó la misión de informar, de extender hechos a quienes la observaban. “Al inicio fue difícil, porque sabes que hay miles que te ven por la televisión, pero luego te acostumbras, ves a la cámara y si bien reconoces que hay más personas detrás de ella, te calmas, vences el miedo”, confiesa. Ese fue el primer acercamiento de lo que luego serían años de trabajo en lo audiovisual.
“Siempre fue importante para mí abrirme al otro. Es otra manera de conocerme a mí misma”
Habla cuatro idiomas, todos evidencia de su traslado por distintos países europeos, hacia donde viajó por estudio, trabajo o para vivir otras cosas. En Londres fue productora para la cadena italiana RAI, encargada de sostener la realización de proyectos para la televisión. Fue responsable del montaje de un documental que reflejaba la realidad de la migración brasileña y marroquí en París; más allá de la denuncia, era el momento de experimentar otras culturas. Eso fue en 1984, y el trabajo se llamó “Bolsillos llenos de sueños”. Laussane y Roma fueron destinos a los que, por estudios, también viajó.
Pero llegó, como decíamos, el instante del cambio definitivo. Mamá de Stéfano, de 20; Oliver, de 19, y Alexander, de 15 años, María Amparo sintió que todo ese conocimiento, esta iluminación sobre la humanidad le resultaba insuficiente. “Los conceptos de la economía, la ciencia y la política no me bastaban para explicar la condición humana”. Así llega a Estados Unidos, donde además de experimentar la medicina oriental, se entrega a un conocimiento espiritual. “En 1997 se produce mi ‘despertar’. Ahí mi conciencia empieza a ver las cosas como son, se liberó... porque estamos viviendo sujetos, congelados, no entendemos nada; pero al despertarnos somos amor, es decir, Luz”. Desde 1999 mantiene grupos de meditación en Quito y Guayaquil. Inicialmente con un promedio de asistentes que iba de 40 a 60; con el tiempo, el número se redujo de 15 a 20, quienes ahora trabajan una nueva espiritualidad, una vez por mes en ambas ciudades.
“Siempre fue importante para mí abrirme al otro. Porque representaba otra manera de conocerme a mí misma. Las diferentes culturas son también diferentes opciones del ser”, afirma, y así se asimila como alguien sin prejuicios, que ha aprovechado sus experiencias para ‘ser ella’ y que ahora busca que otros tengan ese deseo. Algunas pensarán que es superchería, pero en los ojos de Amparo ha anidado una luz que –ella lo sabe- alimenta ahora una trajinada vida.