Cuando niño, en el Teatro Sucre, escuchando a sus padres supo que la música iba siempre a darle forma a su espíritu. Hoy, habla a través de su vibráfono y su marimba.
En la Sala Experimental del Teatro Centro de Arte de Guayaquil, el do gangoso de un trombón choca en el aire con el sol entrecortado de una bandada de violines. Tose en re un contrabajo. La Orquesta Sinfónica Juvenil, cuando afina, parece un estridente avispero. Hoy se alista para interpretar “Raíces”, poema sinfónico de un joven compositor e intérprete ecuatoriano de marimba, pero que ha viajado desde Ucrania, dispuesto a revelar en vientos, cuerdas y metales lo que entiende por melancolía.
“Nostalgia, más bien, por la tierra que he dejado”, aclara Cristian Orozco, logrando doblegar por un momento la timidez que lo constriñe, mientras observa a los músicos que acompañarán su itinerario. Vista la vida como un oráculo, su destino se mostró, desde siempre, irrefutable: nació en Loja, capital musical del Ecuador, y creció en Quito junto a un padre compositor y una madre corista, pasando largas tardes entre los fraseos de piano del Teatro Sucre.
“Mi madre decía que yo solía, cuando niño, agarrar las tapas de las ollas para usarlas como platillos”; suelta una hirsuta carcajada, recordando las hendiduras que dejaban sus endiablados baquetazos. “La misma suerte corrió mi Supernintendo”.
“De niño agarraba las tapas de las ollas y las usaba como platillos. La misma suerte corrió mi Supernintendo”
Al cumplir seis años, ingresó al Conservatorio Nacional de Quito, siempre apuntando a ser percusionista. Dice que “lo mueve” cualquier género, con tal de que sea correctamente interpretado. El rock progresivo de Dream Theater (quizá por ello su pinta de “metalero”), el jazz en el que se improvisa casi a la deriva, los Beatles, y la honda música popular ecuatoriana. Pero desde los días en que su madre lo llevaba a las funciones del coro infantil que dirigía en el Sucre, y a las presentaciones orquestales del Conservatorio, supo que lo suyo era la música formal, académica.
“Me fue gustando, y frente a eso no se puede hacer nada. Uno no elige lo que le gusta…”. Una vez encauzado no pudo parar. Supo que un viaje de preparación era inminente. “Necesitaba una investigación de la música clásica más a fondo, desde una perspectiva europea”, recuerda, ahora más suelto, con el antebrazo sobre el respaldar de su butaca. Se decidió por Ucrania, hace un par de años, porque era la opción más factible económicamente. “Me fui solo con mis posibilidades… Aquí no había becas. El dinero vino de mis viejos… y estoy haciendo estos conciertitos para ayudarles, por lo menos con las matrículas”.
La ciudad de Odesa lo esperaba, con su puerto mirando hacia el Mar Negro, una arquitectura que, según dice, le “heló la mente”, un cuarto de 250 dólares al mes, y la oportunidad de ingresar en el Conservatorio de Nezhdanova. “Todo el bagaje que traía de Ecuador me sirvió para ser aceptado”. ¿Y el día a día? “Lo vivo como puedo, con cachuelos aquí y allá… a veces trabajo como músico extra en el Teatro de la Ópera, y con distintas orquestas”. ¿Y el idioma? “Pues hablo buen ruso… toca”. ¿Y las ucranianas? Sonrisa, candil la mirada. Pausa. Luego, la respuesta: “… lindísimas, lindas de verdad”. Con ellas, precisa, la timidez se deslíe.
Afirma, además, que componer fue su inquietud desde siempre, desde los años en que aporreaba la batería en conjuntos colegiales de rock, hasta hoy que ha logrado, después de seminarios con maestros de distintas latitudes, una sofisticada técnica para la marimba, el vibráfono y los timbales sinfónicos; así como una visión más aguda para la estructuración melódica y armónica.
Entre sus obras se cuentan trabajos para vibráfono y orquesta, marimba y orquesta, y ensambles para percusión. Raíces, la obra que ha venido a presentar a Guayaquil, surgió por el escozor que le produce el “estado de neocolonialismo en el que vivimos, queriendo ser gringos. Es un tirón de orejas para aquellos que no respetan su herencia”.
Algunos músicos de la Sinfónica se acercan, como en una romería, a estrechar su mano. Cristian sonríe y pronuncia alguna que otra palabra de aliento. “Solo falta una hora para el concierto”, dice, intentando explicar la ansiedad de los intérpretes. “Busco que el público sienta exactamente lo mismo que yo”. Hojea una partitura. Para él, no hay pulso más preciso que aquel lenguaje.