Con la magia de su cajón oscuro ha retratado parejas dulzonas, empleados de banco y niños sobre un caballo de madera. En fin, el ajetreo de un puerto que es su casa.
Las palomas arrullan la tarde, emperchadas en las ramas de los árboles del parque Centenario. Los transeúntes aligeran el paso para llegar a sus citas, mientras otros, cobijados por la sombra del follaje, descansan animando su plática. Debajo de la oscura tela de su cámara de cajón, se siente a sus anchas. Es como si, atrincherado en ésa, “su” oscuridad, manejara el control de las cosas y las imágenes. El mundo es, bajo esas condiciones, una matriz en espera de alumbrar personas, objetos, la existencia misma.
Rubén Darío Vásconez abandonó muy pronto su natal Bahía de Caráquez y se decidió a afincarse en Guayaquil. Aunque la palabra sedentarismo nunca fue parte de su diccionario particular. Siempre le agradó viajar, movilizarse de un lugar a otro.
Desde sus primeros años le dieron una enorme curiosidad los daguerrotipos que veía colgados en las paredes de su casa y en las de sus familiares. Les adjudicaba un gran contenido de magia; y deseaba con sus fuerzas mejores ser parte de dichos secretos y llegar a compartirlos. Además, su padre y su tío también fueron fotógrafos y desde que Rubén Darío cumplió quince años decidieron enseñarle el oficio de capturar imágenes. Emprendió un éxodo largo y pasaba solo entre 3 y 5 días en cada pueblo que visitaba. Así, emprendió una zigzagueante ruta que cruzó varias veces el mapa del país. Primero con su padre y luego solo, su vida era una cadena de subir a los carros, llegar a un nuevo punto y luego a otro y a otro. Los requerían en matrimonios, quinceañeras, compromisos de toda índole. Primero fueron con sus pertrechos y su cajón de película a Chone, luego a Manta, Portoviejo, luego a Pedernales, Jama, Cojimíes, Muisne, y de ahí a cruzar la cordillera hasta Quito y otras ciudades de los Andes. El negocio prosperaba como nunca. “Le dí la vuelta a la República”, afirma y cubre con la mano una gran extensión de terreno imaginario. “Y cuando ya me asenté en Guayaquil, también me movía, pues de Ayacucho y Coronel, donde quedaba mi primera casa, me cambié 4 veces hasta que al fin fui a dar a Durán”.
“La fotografía sigue teniendo su aire de misterio y conserva para mí toda su magia”
En su cajón hay magia, pero no salen de él conejos como del sombrero de un prestidigitador, sino imágenes del universo. El caballito de madera que tiene para que los niños posen montados lo ha acompañado a lo largo de 58 años. Y la cámara de cajón que tiene es la última que piensa tener. “Es que antes utilizaba una cámara y luego la vendía para comprar otra”. Hasta ahora ha tenido 20, y esta última la conserva hace 27 años. “El fuelle y cada pieza funcionan perfectamente; solo ha sido cuestión de vestirla con nuevos cajones. A pesar de que se ha descontinuado, la prefiero por el tiempo que lleva conmigo”.
Ha visto sucederse técnica tras técnica en cuestión de fotografía. En los sesentas se introdujo la película Itek RS, que permitía el uso de químicos más baratos, por ejemplo zinc, sulfuro de cadmio y óxido de titanio, y ya no los costosos compuestos de plata.
De las múltiples anécdotas que ha vivido a lo largo de su dilatada carrera, recuerda con enorme gusto aquellas que lo hacen sonreír al transportarse a esos años. Por ejemplo, cuando requirió sus servicios un joven de color, mangas remangadas de su camisa blanca. Éste se enojó muchísimo cuando recibió sus fotos de manos de don Rubén Darío. Dijo: “ése no soy yo, y si no me hace otras fotos entonces no le pago”. El fotógrafo iba a arrojar los negativos, pero en ese instante el peculiar cliente lo detuvo y dijo: “ése sí soy yo, démelas”. Y se fue, satisfecho, con aquellas fotos en que aparecía blanca su piel, blanco su cabello, blanco todo menos su camisa, que aparecía oscura.
Por estos tiempos, hay escasez de papel mate para las fotos en blanco y negro. Solamente hay papel brillante, que se utiliza para las fotografías en color. Esto le trae complicaciones, porque hay clientes que específicamente le llevan instrucciones en ese sentido: desean fotos en blanco y negro.
Aunque parezca mentira, hay muchos turistas que desean tomarse fotos en el parque; quién sabe si como añoranza o como rasgo esnobista.
“Pero para mí, la fotografía sigue teniendo su aire de misterio y conserva toda su magia”, suspira profundamente. Los añosos nudillos hacen que sus manos se encorven, cansadas. Tuvo recientemente una caída en un pozo cerca de su casa en Durán, lo que lo mantiene con un cabestrillo. Igual sigue mirándolo todo guarecido bajo la tela oscura de su cajón. No hay lugar donde se sienta mejor.