Tomada de la edición impresa del 04 de agosto del 2008

FOTO: Paul Navarrete

Francisca Romeo

Francisca Romeo: El cine como un bálsamo

Datos

El pasaporte de Francisca dice que es ecuatoriana y quizás de algunas partes del mundo. Nació en Cuba en 1967. Ahí se enamoraron el activista de izquierda Víctor Romeo (mitad chileno, mitad francés) y Pilar Bustos (mitad chilena, mitad ecuatoriana), sus padres. Luego vivió en Chile.

Llegó al Ecuador cuando la dictadura asumió el poder. Fue a Nicaragua, Francia, y otra vez regresó a este país. Es madre de dos hijos. Su historia fue parte del documental de su ex esposo, Juan Martín Cueva, “El lugar donde se juntan los polos”, importante producción documental ecuatoriana.

La fundación Chulpicine tiene varios proyectos además del festival. También realiza trabajos educativos a través del cine junto a movimientos, organizaciones, colegios y escuelas. Este año, en el marco de una muestra educativa, se presentará la película “La leyenda de la Nahuala”.

El festival tiene el propósito de llegar con cine a las ocho administraciones zonales del Distrito Metropolitano de Quito. Hasta el momento se ha cubierto la mayor parte de ellas. Todos los años se realizan funciones que llegan hasta parroquias rurales como Nanegalito. Este año estarán en San José de Minas.

En 2006, Francisca realizó un papel en la cinta ecuatoriana “Esas no son penas”, dirigida por Anahí Hoeneisen y Daniel Andrade. La película ha sido catalogada como un retrato de grupo que explora las contradicciones femeninas, y tuvo una buena acogida de la crítica y el público nacional.

Esta ciudadana del mundo encontró en el cine una herramienta para alimentar espiritualmente a los niños, y sanar a la gente del mal de la ignorancia.

 
Ese 11 de septiembre de 1973 su mundo se rompió. Solo quedaron pedazos de esa vida que fue suya. Esa vida, que aunque sin saberlo, le daría sentido a cada uno de sus actos.


A Francisca Romeo no le pudieron quitar esa cierta ternura que conserva en sus ojos. Es algo que no pudo destruir ni ese 11 de septiembre, cuando fue bombardeado el Palacio de la Moneda.


Para esa fecha, que permanece como cicatriz en la memoria de muchos chilenos, Francisca tenía seis años y ya había caminado por decenas de calles junto a su mamá, la artista plástica Pilar Bustos, quien pintaba murales en los barrios más pobres de Santiago, como parte de un proyecto cultural del gobierno de la Unidad Popular.


De esas obras recuerda poco. Sí, del sabor de la leche condensada del que disfrutaron los niños y niñas, por la carestía de dulces en el gobierno de Salvador Allende. Sí, “de un país en efervescencia, con ilusiones, en el que viví los mejores momentos cuando niña. Donde fui parte de todos los barrios que visitaba mi mamá, ahí jugaba, mañanas, tardes, los músicos tocaban y nosotros éramos felices”.


Nació en una familia de artistas y descubrió en la afición de sus padres, que fue el cine, una ventana a lo que quería expresar. También un medio para cambiar el mundo “¿Por qué no cambiar el mundo con el cine?”.


Su propósito puede sonar anacrónico, pero eso poco le importa: “las nuevas generaciones sintieron que el trabajo cultural de los años sesenta y setenta estuvo muy ligado al partidismo. Por eso asusta esa forma de labor. Hoy, sobre todo en el cine, la mayoría de artistas se consideran apolíticos”.

"Creo que se le puede bajar la guardia a una sociedad, si partimos desde la mirada de los niños"


Pancha, como la conocen sus amigos, luego de terminar sus estudios de cine en La Sorbona de París, se propuso con un grupo de realizadores instaurar el festival Encuentros del Otro Cine (EDOC), que hoy, a decir del documentalista chileno Patricio Guzmán, “es uno de mejores festivales de Sudamérica”.


A pesar del éxito que tuvo EDOC desde su primera edición en 2002, Francisca no encontró su camino ahí. Después de realizar muestras itinerantes para Ochoymedio y con la convicción de que “se le puede bajar la guardia a una sociedad, si partimos desde la mirada de los niños”, formó la más grande ilusión de su vida: “Chulpicine”.


Este festival itinerante está dedicado desde hace siete años a llegar con funciones de cine independiente a niños, niñas y adolescentes de las ocho administraciones zonales del Distrito Metropolitano de Quito. Los neumáticos gastados de su carro trooper de los años ochenta dicen algo más del proyecto, en el que ahora trabajan de manera permanente cuatro personas, y 16 o 17, durante la muestra que se realiza todos los años en agosto.


Su proyecto, según dice un análisis, ha llegado aproximadamente a 38.000 niños, niñas y jóvenes y a casi todos los rincones de la ciudad. En algunos de ellos se vio cine por primera vez.  También, ha cambiado la forma de pensar de algunos adultos, como los que vieron en 2002 la película Billy Elliot en una cancha del Centro Cultural de Sangolquí.


Pancha recuerda que en un principio sintieron angustia por Billy. “Se va a hacer homosexual”, afirmaron al saber que su meta era el ballet. Pero luego al verlo bailar con toda la pasión se preguntaron: ¿por qué no le dejan hacer lo que quiere? Finalmente, cuando Billy realizó su sueño en un escenario contuvieron las ganas de llorar.


Ese día Pancha sintió que su trabajo tenía sentido, a pesar de que Chulpicine no tiene un presupuesto fijo y cada tanto es amenazado por la idea de que puede desaparecer. Sintió que había recogido sus experiencias de niña junto a su madre  “en una ciudad poco permeable donde existen barrios pobres, que en realidad no existen en la mente de los que viven en lugares residenciales”.


Por eso, cuando se vea a Quito desde el aire y se dirija la mirada hacia las laderas, donde predomina el gris del bloque de hormigón armado, entonces seguramente se tratará de un sitio por el que Chulpicine ya pasó. Y sino, lo más probable es que ya esté en la mira de Francisca.

Galo Betancourt
gbetancourt@telegrafo.com.ec
Reportero

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