Más de cinco décadas como asesor y extensionista lo convierten en una voz autorizada, pero él prefiere quedarse con un título que resume su vida: apasionado del café.
Un lecho de hojas muertas cruje cuando su bastón precede unos pasos lentos, medidos, cortos. Levanta los ojos y una mirada abarcadora cubre eso que él llama “mi hábitat”: un tropel de árboles desordenados donde cuelgan millones de pepitas rojas que algún día serán grano o esencia. De café.
Como vigías naturales, unos árboles inmensos de cedro, guaba, laurel les dan sombra, aunque hoy no hace falta: el cielo es un capote blanquecino y la antesala del mediodía solo se registra en los relojes. Aquí, en un cafetal cercano al recinto Las tres maravillas, en el cantón manabita Cascol, el silencio es tan profundo que solo lo rasga su voz: “Aquí crecí, aquí voy a morir. Mi hogar en verdad es esto: los campos del café”, dice claro y alto Cléber Morán, extensionista como le gusta definirse, un asesor que tiene casi 50 años trabajando oficialmente en los procesos de cultivo. Y unos pocos más en eso que él llama “el mundo del café”, lo que lo convierte en el técnico con mayor experiencia que tiene el país.
Después de casi 4 décadas en el Programa Nacional del Café y una en el Consejo Cafetalero Nacional (Cofenac), bien podría ser un doctor en serio, pero el título que más quiere es el de “práctico cafetalero”, obtenido hace 53 años, después de estudiar dos en la “tierra del mejor café del mundo: Colombia”.
Y lo quiere porque fue el primero (Chinchiná, Caldas, 1955) de una lista que incluye diplomas por 22 cursos, algunos internacionales y 16 menciones de honor a lo largo de una carrera que acabará cuando se acabe y no cuando un calendario le diga que, en los papeles, es hora del retiro. “La experiencia cuenta, usted sabe… Soy el asesor cafetalero con mayor antigüedad, pero eso en detalle: lo que importa es que le he dado mi vida al café”.
Cincuenta años se dice rápido para un hombre que acaba de virar la esquina de los 70, pero llegar hasta allí y seguir teniendo la pasión del primer día “requiere, oiga, muuuucho tiempo para contarlo”.
Cuenta Cléber. Cuenta sin más tiempo que el que falta para la sagrada hora del almuerzo -mediodía-, en medio de este cafetal que no es suyo, como ninguno lo fue, salvo cuando sentía propio el de su padre, que él cuidaba y administraba “allá por mil novecientos sesenta y tantos”.
“El campo es mi vida y los cafetales son mi obsesión. Voy donde me lleven. Donde haya viveros o semilleros de café ahí yo estoy...”
Cuenta que empezó en la zona de Andil (Jipijapa), productora de café desde hace décadas, donde su padre tenía 70 cuadras de “la pepa”, algo así como 50 hectáreas. De ahí viene la pasión, heredada por Cléver. A ningún otro heredero le gustaba tanto. “A ninguno como a mí, y eso que éramos muchos”.
¿Cuántos? Bueno, dice Cléber, “vivos quedamos como ocho, pero en total no tengo ni idea oiga, usted me hace pensar en lo que no es... pasa que mi papá era lo que llamamos ‘un reproductor’ jajajaja. Y yo tenía un tío que era peor”.
Claro, eran las épocas en que se agarraba a la mujer y “se la llevaban pa’l monte. Y cuando regresaban encintas decían que el pájaro Tintín se fue a orinar por allí y las preñó. Pero ahora ya es menos eso...”.
Él tuvo “solo dos por fuera”, aunque su esposa, con quien tuvo tres más, los quiere como si fueran sus hijos “porque los chicos no tienen la culpa de nada”. De allí le nacieron 10 nietos y ahora poco una biznieta, en Jipijapa, “donde moriré junto a Amabilia, mi compañera de toda mi vida”. Pero ni esos amores lo pueden retener en casa. Porque su vida es el campo: ese olor húmedo y amaderado, a ratos dulzón a ratos ácido; el presagio de la esencia del café pasado; el viento que mece suavemente los cafetales; la música de los pájaros que en la mañana despierta y en el anochecer acuna.
“Mi obsesión ha sido el campo y mi pasatiempo permanente los cafetales. Vengo a las ocho y me voy a las seis. Voy donde me lleven”, recalca, porque “donde haya vivero o semillero de café, ahí estoy. Son mi vida”.
Cientos son los agricultores que ha asesorado, miles las hectáreas que vio crecer, millones las pepas que pasaron por sus manos desde cuando las llevaba para el despulpe (limpieza), siendo el joven que era, arreando mulares agobiados por enormes sacas de café.
Y ha pasado, junto a los productores pequeños (la mayoría con dos, tres, cinco cuadras) los inviernos torrenciales, las sequías crueles, los vaivenes del precio del mercado internacional. Pero ninguna época, dice, como aquella en que el sucre murió. “El dólar nos pulverizó. Cosa que costaba 500 sucres pasaba a costar 5 dólares, creyendo que la gente del campo es tonta. No, no, los tontos ya murieron. Se multiplicaba 5 x 25.000 y era una pequeña fortuna. Fue una época muy dura”.
Pero ahora los tiempos parecen cambiar, más con el proyecto de aumentar los cafetales orgánicos, libres de tóxicos, para exportar un producto calificado. En ese proyecto anda, animado, “hasta que tenga que estirar la pata. Pero aquí señor, en el campo, que es y será mi vida”.