16 fueron las noches que pasó en la cárcel por protestar contra “el progreso”. En verdad, dice, fue por tener la lengua larga. Este veterinario no se queda con nada entre pecho y espalda.
Trabaja en su consultorio de veterinario en La Pradera, al sur de Guayaquil. No pudo seguir la vida de actor profesional, que le gusta mucho, porque según sus palabras, el teatro no da de comer. Confiesa que actuó muchas veces. Uno de sus papeles favoritos fue el de Jesús en la pasión de Cristo, incluso recorrió algunas ciudades con la compañía Vela-Rendón. En los avatares de la vida fue profesor de Arte Dramático en el colegio Ismael Pérez Pazmiño y perteneció a la sección de Artes de la Representación de La Casa de la Cultura del Guayas. “Ya no hago teatro”, dice sosegado. El amor al arte sigue en él, pero el tiempo le ha enseñado lo dura que puede ser la vida.
Considera que la suya ha sido común y corriente. Se casó, tuvo hijos. “Mi realización más bella fue tener a mis cinco hijos”, asegura. Estudió Medicina, se retiró por problemas económicos, trabajó como visitador médico. Entonces se decidió a estudiar Arte Dramático en la Facso, y luego, lo que sí le daría de comer: Medicina Veterinaria. “Amo los animales, vivo para ellos y de ellos”, admite. Se reconoce muy creyente y católico, aunque alguna vez estuvo a punto de bautizarse en la fe mormona, pero como fuma cigarrillo y toma café, y esas son cosas que no va a dejar, al final no lo hizo.
“Yo no vuelvo allá; bajo ningún punto de vista; prefiero morirme a volver a la prisión. Deberían ir ellos”
Hasta ahí, una vida tranquila. El punto de quiebre llegó el 14 de agosto del 2006. Lo cuenta un poco exaltado: “yo venía de La Floresta 2 haciendo un trabajo a domicilio. Vi la muchedumbre, protestando por el retiro de los buses debido a la Metrovía, y me acerqué. Me entrevistó alguien de Canal Uno y escuché a un paisanito junto a mí, que me dijo: ‘callaráste’. Le dije por qué me voy a callar, si soy un ciudadano y tengo derecho a la libertad de expresión. Y me dijo: ‘entonces hijueputa vas preso’. Esas fueron sus palabras textuales”. En medio de la refriega, admite, en una reacción natural, sacó la mano para pegarle al policía que lo insultó, pero otro policía que lo conocía, lo detuvo y le dijo: ‘cuidado doctor con mi coronel’. “Ahí veo al patuchito que tenía un poco de estrellas en la gorra”.
No quiere imaginarse lo que hubieran sido sus días en prisión si le pegaba al coronel Bolívar Obando, quien era jefe de la unidad de vigilancia sur. En el tiempo que estuvo preso vio y vivió muchos maltratos, pero cree que se salvó de lo que hubiera sido un calvario. “Ahí sí hubiera representado el papel de Cristo”, dice con humor, pero con firmeza.
En su escritorio, debajo de un vidrió hay algunas fotos de su familia. Su hija graduada en gestión empresarial, su nieto José Andrés, a quien considera su vida, también su hija menor, y una foto con la familia el día que salió de la cárcel. “Me tomé esta foto en el parque Centenario con mi familia para celebrar mi salida de prisión”, dice recordando un pequeño agasajo que le brindaron algunos amigos actores y donde le hicieron un bingo de solidaridad.
“Esos días en prisión representan la página más negra de mi vida”. La explicación es simple. Se cataloga como alguien justo y legal, pero que saboreó los sinsabores de la injusticia. Algo terrible. Dice que es un hombre derecho, que nunca había tenido un problema legal. “Simplemente por rendir unas declaraciones a la prensa, por decir lo que yo sentía y lo que los moradores de La Floresta también compartían, terminé así”. No era una bronca contra la Metrovía ni contra la modernización. Lo que pedían era el ingreso a la ciudadela de las líneas 57-1 y 57-2, ya que la 57-2 entraba por Urbasur y la asaltaban; en la 57-1, que iba hasta el final de La Floresta, la situación era parecida.
“Me arrastraron y me subieron a una camioneta de la policía cuando estaba afuera del jardín de infantes de La Floresta, no estaba ni siquiera en la calle por donde pasa la Metrovía, como consta en el peritaje que hizo el señor del sombrerito, Héctor Vanegas y Cortazar, donde se dijo que no había pruebas, ni que éramos terroristas, de lo que nos habían acusado”.
Si es encontrado culpable en el juicio que se le sigue podría ir a la cárcel hasta tres años. Pausadamente dice: “yo no vuelvo allá; bajo ningún punto de vista; prefiero morirme a volver a la prisión”, mastica las palabras con amargura. Iracundo suelta: “deberían ir ellos”.